ANA —Tengo que irme —musito por lo bajo. —No —gruñe Kabil, sin soltarme. Mis piernas siguen rodeando su cuerpo, pero mis brazos no. —Regresa a mi lado, Ana, volvamos a empezar. —No puedo hacerlo —enfatizo. —Entonces no me dejarás alternativas, tendré que tomar lo que es mío con guerra y no te va a gustar, sabes que no pierdo. Tenso el cuerpo. —Esta guerra no tiene principio, no hay nada que puedas hacer que me haga olvidar lo que vi aquella noche, pero, sobre todo, nada me puede regresar lo que perdí. Kabil frunce el ceño como si las palabras le dolieran en la piel. Poco a poco me suelta. Al verme liberada, regreso nadando a la orilla del otro extremo, me impulso para subir, el agua chorrea de mi ropa, estoy dando un paso afuera cuando sus brazos me rodean por detrás. —M

