CAPÍTULO SESENTA Y TRES

1889 Palabras

ANA Sigo sin poder respirar, el maldito vestido de novia me aplasta el pecho como si fuera una lápida, y aunque intento mantenerme erguida, cada fibra de mí se encoge con el peso insoportable de la decepción. Tengo el teléfono en la mano, pegado al oído, y el silencio de Kabil del otro lado es peor que cualquier palabra hiriente. Respiro profundo, cierro los ojos, y el dolor me atraviesa como una lanza que no deja de sangrar. —Kabil… tienes que venir —mi voz tiembla, pero trato de que suene estable, esperando que me elija—. Esta boda es más importante. Que el hospital se encargue de Marcela. Silencio. Solo logro escuchar su respiración contenida. —Lo prometiste —mi voz tiende de un hilo. —Dame una hora… solo una hora —responde al fin, y esas palabras son más crueles que cualquier se

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