ANA El portón de hierro se abre lentamente, con un chirrido metálico que se cuela hasta mis huesos. Respiro hondo mientras el auto avanza por el camino empedrado que lleva a la mansión. El aire de la mañana se siente extraño, cargado, como si algo invisible flotara sobre cada piedra, sobre las paredes blancas que se alzan majestuosas y frías. Cuando cruzo el vestíbulo, el silencio me aplasta. No es la calma habitual de las casas grandes, es otra cosa: un ambiente espeso, sofocante, que me oprime el pecho y me hace tragar saliva con dificultad. Mis pasos resuenan en el mármol, pero ni siquiera ese sonido consigue aliviar el nudo en mi estómago. Es miedo, lo sé. Y emoción. Una mezcla retorcida que me eriza la piel. —Ana —mi nombre se desliza en el aire, ronco, profundo, demasiado cerca.

