CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO

2270 Palabras

ANA El oxígeno no llega a mis pulmones, no me muevo ni un solo centímetro, los ojos de Kabil viajan directo a la hoja que sostengo en mis manos. —Creo que mejor los dejo solos —anuncia Caroll, dándome un beso en la mejilla—. Te lo advertimos Reagan y yo, ahora asume las consecuencias de tus actos. Mi prima sale, en cuanto las puertas se cierran, de tres zancadas, Kabil corta la distancia entre los dos, me arrebata la hoja y comienza a leer el contenido, tomando asiento. Bajo la vista, observo el hermoso anillo que adorna mi dedo y el corazón se me estruja. Los minutos pasan y su silencio es peor que cualquier sentencia. Poco a poco me acerco y me siento a su lado, respirando con profundidad. —Canadá —rechina los molares—. Todo este puto tiempo estuviste en Canadá. Deja la hoja

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