Para más emoción pueden escuchar la canción "Rude boy" de Rihanna
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Estoy en mi habitación escondida como una niña pequeña.
Esta mierda de puerta ni siquiera tiene seguro, se abre con la tarjeta, pero es seguro que él puede conseguir una y entrar como si nada. ¡Dios! Me paso las manos por el pelo en una clara indicación de la ansiedad que estoy sintiendo en estos momentos, es decir, ¿qué es eso de que aún podía olerme en sus dedos? Es como si yo le hubiera dicho que todavía podía sentir su pene dentro de mí.
Lo que era cierto, pero ¡esas cosas no se le dicen a su subordinada!
Ese hombre me va a volver loca porque hoy estuvo todo el día mirándome de forma lasciva. Seguro que todos se dieron cuenta. Menos mal que ya nos vamos de aquí. He pasado mi vida tomando buenas decisiones, y ahora cometo el peor error de mi vida, es decir, lo disfrutado no me lo quita nadie, pero podría arruinar mi carrera.
Soy una simple empleada, ¿qué haría contra todo el poderío de Christian?
Mierda.
Me quito la blusa decidida a darme un baño de espumas y burbujas. Voy a poner en práctica todos esas mierdas con olor, y quizás una de ellas me relaje. Esperemos.
Me doy vuelta justo cuando la puerta se abre sobresaltándome.
¡Lo mato!
No, si no voy a conocer al hombre con el que trabajo todos los días.
—¿Me esperaba, señorita Guerrero? —pregunta el muy idiota mientras una sonrisa salvaje se abre paso por su rostro.
Claramente disfruta de verme en sujetador. No tiene caso taparme, si ya me vio hasta el alma.
—¿Qué hace aquí? ¿No conoce la privacidad? —pregunto colocando las manos en mis caderas—. Además, usted más que nadie sabe que no puede hacer uso de las llaves de sus huéspedes.
Christian me mira como si quisiera devorarme. Un gemido de frustración sale desde el fondo de mi garganta cuando comienza a caminar hacia mí de una forma tan depredadora que lamentablemente hizo que entre medio de mis piernas se humedeciera.
¡Diosito, no me abandones, por favor!
¿A quién engaño? Si él me tiene completamente abandonada. A merced de Christian.
—Pare —Levanto una mano y él se detiene.
Mi pecho sube y baja, porque por alguna razón, mi respiración se ha acelerado como si hubiera corrido una jodida maratón. Me tiraría por la ventana si no corriera el riesgo de quedar echa mierda en el piso. Muy poco elegante de mi parte morir así.
—¿Por qué? —pregunta.
Abro los ojos sin poder creerlo.
Este hombre, que maneja todo un imperio, me acaba de preguntar esto. No, los hombres tienen la realidad completamente desfasada. No hay otra explicación.
—¡¿Cómo que por qué?! —exclamo.
—No dejo de pensar en ti, Sofía…
—¡Basta! —grito desesperada.
¿No sabe que yo caigo fácil con esas frasecitas? Si parecen salidas de un libro con un bad boy. Soy presa fácil con estos hombres, lo reconozco. Y si Christian no se va en dos segundos, seguro que soy yo quién termina tirándose encima de él.
—No debemos… —digo y doy un paso atrás.
Christian claramente tiene otros planes, porque da un paso adelante, y su paso comparado con el mío son como tres. ¡Ay! Los hombre altos me excitan tanto. Además todavía tengo en mi mente la forma en que me manejó como si fuera un muñeca entre sus brazos. El sueño de toda mujer. Aunque una vez me toco estar con un hombre al que yo podía manejar.
Pero, así es el amor: CIEGO.
—Somos adultos, ¿no? —pregunta dando otro paso hasta mí.
Quedo atrapada en el gran ventanal, que gracias a dios está cerrado porque ya sabemos qué habría pasado. Después de todo, quizás el todopoderoso no me ha abandonado por completo, solo cuando se trata de Christian.
Mmm, un perverso. Le encanta que peque con mi jefecito.
¿Quién soy yo para ir en contra de la voluntad de Dios?
Soy su simple servidora.
—Sí —digo en voz baja al tenerlo tan cerca de mí.
Levanto la vista para encontrarme con sus ojos azules llenos de deseo y hambre. Trago saliva y él se inclina para poner su boca en mi oído. Su aliento caliente me hace estremecer y con la necesidad de agarrarme a algo, lo hago de su camisa. No vino con la chaqueta, claro, entre menos ropa mejor, ¿no?
—Entonces, somos perfectamente capaces de separar sexo y trabajo —susurra.
Me muerde el lóbulo del oído y luego besa mi cuello.
Ya.
No hace falta más.
Subo una de mis manos hasta su pelo y lo agarro con fuerza. Nuestros ojos se encuentran y sigo su atenta mirada cuando me muerdo el labio y sus ojos van hacia ellos. Traga saliva como si la vista lo desestabilizara, pero si sexo es lo que quería, sexo es lo que va a tener.
¡A la mierda los arrepentimientos!
Ni idiota voy a desperdiciar a este bomboncito cuando se me ha entregado en bandeja de plata.
—¿Viene aquí para que me lo folle? ¿Por qué no puede dejar de pensar en mí? —le pregunto empujándolo hacia la cama.
Christian me mira sorprendido, pero se nota que le encanta que le hable sucio. Lo descubrí anoche cuando me daba más fuerte cada vez que decía algo así.
—No vaya a enamorarse de mí. Dicen que el buen sexo enamora —digo con una media sonrisa arrogante—. Pero no se preocupe, jefe, le daré lo que tanto ansía.
Me subo sobre él y ataco su boca con la mía. Una de sus manos inmediatamente va hacia mi culo, y la otra hacia mi cuello. Nosotros no nos besamos, nos devoramos. Chocan nuestros dientes y nuestras lenguas se envuelven en un beso furioso, necesitado y sucio. Me dejo caer en su entrepierna y comienzo a moverme de forma lenta.
Su amigo ya está completamente despierto, dándome una exquisita fricción cada vez que hace contacto con mi centro. Sin separar nuestras bocas, llevo mi mano hacia su camisa y la abro con fuerza. Los botones saltan por todos lados.
—¡Joder, sí! —jadea Chris.
Sonrío y luego de morderle la mandíbula, bajo por su pecho. Paso mi lengua por su pezón y él cierra los ojos. Es el primer hombre que no salta cuando hago eso. La mayoría se sorprende e incluso no les gusta que se lo hagan porque sienten que eso es un movimiento para las mujeres.
Pero no mi jefe, él disfruta del sexo en su paquete completo.
Paso la lengua por la V de sus caderas mirándolo hacia arriba. Sus ojos están puestos en mí, nublados por el deseo. Se pasa la lengua por el labio de abajo en un gesto tan varonil que me obliga a apretar los muslos. Es tan erótico este hombre, que por mucho que me haya resistido a no mirarlo de otra forma, ahora que lo he probado, quiero más.
Contra mi voluntad, claramente.
Tengo el cerebro nublado por la calentura, así que cualquier decisión que tome en estos momentos es solo calentura.
Desabrocho su pantalón y tomo su erección en mis manos. Ni siquiera la alcanzo a abarcar toda y se me hace agua la boca. No se encuentran de este tamaño en todos lados, no señor. Paso mi lengua lentamente por toda su longitud y los muslos de Christian se tensan mientras echa la cabeza hacia atrás.
—¿Se siente bien? —pregunto en un ronroneo bajo.
Él levanta la cabeza y asiente. Una de sus manos está en mi cabello, enterrando sus dedos las hebras y tirando con dureza.
—Sabes perfectamente lo que haces, ¿verdad? —dice, aunque es más un hecho que una pregunta.
Solamente sonrío y vuelvo a pasar la lengua. Cuando llego a la punta, la succiono con mi boca, logrando que un gemido ronco salga de él. Me incita a más, porque no hay nada más erótico que el gemido de un hombre. Lejos de ser delicado, es masculino y animal. Con su mano me empuja más hacia abajo y le doy el gusto. Llego hasta la mitad de su m*****o, porque su grosor no me permite meter más.
Sin embargo, cuando me toca la coronilla de la garganta, gime. Al subir, paso ligeramente los dientes y Chris se estremece.
—Así, nena. Justo así —me alaga.
Lo tomo con mis dos manos y lo chupo con fuerza mientras lo masturbo con mis manos. Sus gruñidos y gemidos me incitan a seguir hasta que me aparte de golpe. Mi cuero cabelludo arde por la fuerza con que me sacó. Mi boca está llena de salida por los lado, un pequeño hilillo de salida cae sin que pueda detenerlo.
Christian se endereza y me besa. Así, sin importarle que alrededor de mi boca este llena de saliva. Es sucio, pero malditamente excitante.
—Ponte en cuatro, quiero ver ese culo —me ordena.
Me quito la ropa y me coloco como él quiere. Ahora estoy completamente desnuda, aunque él tiene la camisa abierta y los pantalones colgando de sus caderas. La vista es salvaje y me hace mojarme aún más si es que eso es posible. El primer azote me sobresalta, pero me hace gemir.
—Deberías tatuarte mi mano marcada en tu culo —dice volviendo a azotarme con fuerza.
Arde, pero arde rico.
—Eso es muy posesivo para decir, señor Devereaux —respondo—. No creo que le guste a otros hombres.
Miro por sobre mi hombro, él tiene el ceño fruncido. Si tuviera que adivinar, pareciera que no entiende por qué otros hombres me verían. Soy una mujer independiente, pero mentiría si dijera que no me excita la posesividad de los hombres. Como si por el hecho de tocarme, se sintieran los dueños de mi cuerpo.
—Sí. Quizás algún día.
—En sus sueños, probablemente.
Él sonríe y del bolsillo de su pantalón saca un condón que se pone lentamente bajo mi atenta mirada.
—Sé que estás desesperada porque te folle, pero primero voy a comerte.
No da más aviso que eso cuando siento su boca en mi entrepierna. Chupa como si estuviera endemoniado. Dejo caer mi cabeza en la cama, me estremezco con cada lamida y succión que le da a mi clítoris.
—¡Oh, Dios! —jadeo cuando el orgasmo comienza a recorrerme el cuerpo—. Tú sí que sabes usar la lengua.
—Igual que usted, señorita Guerrero.
Sonrío somnolienta. Pero él no me da chance a descansar enterrándose de golpe en mí. Hay ardor, pero como dije, es ese ardor rico. El que una quiere, que ansía que un pene produzca. Así que no me quejo, maldición, pido más.
—¡Más, Christian, más! —exijo.
—Mmm, tan exigente.
Mi jefe comienza a moverse dentro de mí de forma deliciosa. Tan deliciosa que en nada me tiene sucumbiendo nuevamente al orgasmo de forma dolorosa y arrolladora. ¿Le pido que pare? Por supuesto que no, es más, le pido más y él me lo da todo. La resistencia de este hombre es impresionante.
Lo monto, hacemos el misionero, me coge contra la pared, y cuando ya estoy desfalleciendo de tantos orgasmos, él se corre. Me agarro de sus hombros cuando se estremece gruñendo en mi oído. No me hace falta verme las tetas para saber que las dejó llena de chupones. Siento la piel tirante y mis pezones adoloridos por sus dientes.
—Dios, Christian —susurro.
Él me lleva hacia la cama dejándose caer a mi lado. Llevo mis manos por sobre mi cabeza y suspiro con fuerza.
—No solo es excelente en su trabajo, sino también en el sexo —me dice divertido—. Si hubiera venido en su curriculum, lo habríamos hecho mucho antes.
Me rio por su atrevimiento.
—Me gusta el misterio.
—Y te mueves como una diosa —vuelve a decir.
—Soy latina, nene. Me es natural, pero usted no lo sabe porque las chicas aquí son mucho más recatadas en el sexo —me enderezo y me apoyo en mi codo para observarlo. Sus ojos se encuentran con los míos—. Me olvidé de decirle que una vez que lo hacen con una latina, el sexo nunca vuelve a ser igual.
Le sonrío con arrogancia, porque no es el primer amante que me alaga. ¿Qué puedo decir? Tengo el ego alto.
—Puede que tenga razón, señorita guerrero —se endereza, agarra la parte de atrás de mi cabeza acercándome a él. Miro hacia abajo y ya está duro—. Supongo que tendremos que seguir realizándolo para poner a prueba ese dicho.