Solo puedo pensar en una cosa que es segura: tengo que volver a tenerla.
Toda la mañana me ha estado evitando. Desaparece cuando salgo de la oficina de Lucien, y solo entra cuando estamos ambos. No entiendo realmente por qué actúa así. Ambos somos adultos, estoy seguro que podemos separar negocios y placer, sobre todo teniendo en cuenta la química que tuvimos. Hace mucho tiempo una mujer no me complacía de esa forma, ninguno podía quitar sus manos del otro, y sus gemidos y pequeños gritos, me hacían volar la cabeza.
Ella habla sucio durante el sexo. Muy sucio, y es realmente difícil que una mujer haga eso. Generalmente lo hacemos los hombres, y ellas solo gimen. No me gusta mucho, me gusta que expresen su placer, me gusta que si yo le digo que se lo voy a dar por el culo, ella me pida que la deje sin poder sentarse. Además, su cuerpo. Jesús, si en ropa se ve exquisita, sin ella se ve aún mejor.
—Te la tiraste —señala Lucien cuando vamos a almorzar al restaurante del hotel.
Claramente no es una pregunta, pero no muestro ninguna emoción en mi rostro.
—No sé de qué hablas.
Lucien bufa.
—Has estado toda la mañana comiéndotela con los ojos y ella evitándote —dice y coloca los codos en la mesa mirándome con expectación—. Lo hiciste y te gusto. ¿Cómo es? Me imagino que es salvaje…
—¿Por qué mierda te imaginarías eso? —espeto.
Se encoge de hombros.
—Quiero saber a lo que me enfrentaré cuando la tenga.
Arrugo el entrecejo, claramente molesto por sus palabras.
—No la vas a tener, no es un pedazo de carne —refuto.
Lucien se echa hacia atrás en su silla y suspira profundamente.
—No sabes las veces que le he imaginado montándome con ese espectacular culo.
Las imágenes de la noche anterior vuelven a mi mente. Y sí, si Lucien supiera lo hermosa que se ve montando, la forma en que te mira como si te estuviera domando, definitivamente le pediría matrimonio. Me di cuenta de que ella puede ser sumisa y salvaje a la vez. Que le encanta que le azote el culo y le apriete fuerte la garganta.
Mierda.
Me estoy poniendo jodidamente duro.
Maldita Sofía.
—Lo que debería preocuparte es que ese idiota no ha hecho los depósitos porque Sofía no me ha enviado ningún mensaje —digo.
Él asiente con una mueca.
—Lo sé. A mí tampoco —se queda unos segundos en silencio—. Sé que es culpa mía también. Pensé que ella haría bien el trabajo, pero al final lo hizo todo mal.
—Razón por la que no se mezcla negocios y placer —menciono.
Soy un hipócrita, claramente. Acabo mezclar negocios y placer, y lo volvería a hacer sin pensarlo. La diferencia es que yo sé que Sofía es excelente trabajadora. Que lo que sea que hagamos no va a afectar su rendimiento ni su concentración. Por otro lado, estoy seguro de que la razón por la que me evita es porque no quiere que yo piense que esto va a afectar su trabajo.
—No puedo creer que no hayas hecho nada con ella —dice Lucien.
No le voy a confirmar nada. Mi hermano no suele guardarse las cosas para él, y es bastante probable que incomode a Sofía. Es suficiente con que ella se aleje de mí sin que nadie más sepa, como para que esté incomodando mi hermano. Aquí es probable que no vuelva a pasar nada, nos vamos mañana, pero una vez que estemos en casa, no se va a escapar de mí.
—Supéralo de una vez —refunfuño.
Al volver del almuerzo, Sofía está sentada en el puesto de la secretaria de Lucien. Cuando nos escucha, levanta la mirada y nos sonríe. Parece mucho más tranquila que en la mañana, es decir, seguro que volveré a escuchar sus inteligentes comentarios.
—Justo iba a enviarles un mensaje —dice.
Se levanta para caminar hacia nosotros quedando en el medio. Levanta el iPad y nos muestra algo en la pantalla. Sin embargo, me desconcentro con el olor de su perfume y con la vista que tengo de sus tetas. No es que las vea en sí, sino más bien con el recuerdo de lo suaves y duras que se sintieron a mi tacto.
Mierda.
Nuevamente me estoy poniendo duro.
—Hizo el depósito —informa ella mostrando la lista con los dineros en las cuentas de los afectados—. ¿Organizo una reunión con los afectados para que les informen?
Asiento con la cabeza.
—Sí. Para mañana a las ocho —le digo. Ella asiente—. Luego, tú y yo nos iremos.
Sofía se tensa un poco y las comisuras de mis labios se levantan. Es claro el doble sentido, y ella lo entendió perfectamente. Lucien me mira enarcando una ceja.
—He llamado a varias postulantes para su puesto de secretaria que tienen buen curriculum —le dice ella a Lucien.
—Gracias, nena.
—Se las enviaré a su despacho a medida que vayan llegando.
Lucien niega con la cabeza.
—No confío en mi capacidad de decisión. Hazlo tú, y si está capacitada, la contratas.
—Quiere decir que no confía en que su pene tome la decisión —añado.
Sofía suelta una pequeña burla y mi hermano rueda los ojos. Ella comienza a preguntarle a Lucien en qué cosas debe poner énfasis, pero yo me distraigo cuando un correo de ese idiota aparece en el iPad.
Aún la espero en mi habitación. La invitación no tiene caducidad.
Ella mira hacia abajo y bufa cuando ve el correo, apartándolo de la pantalla de inicio.
—¿Ha enviado más de esas insinuaciones? —pregunto.
Sofía levanta los ojos hacia mí. Me quedo inmerso en esos cálidos ojos color avellana. Maldigo internamente cuando asiente con la cabeza.
Hijo de puta.
—Pero los he ignorado todos. No estoy interesada —dice tragando saliva, luego vuelve su mirada al iPad—. Además, sé por qué me invita.
—Para joder a Chris —responde Lucien.
—Sí. Además, no es mi tipo —dice moviendo la mano como si no importara.
—¿Cuál es tu tipo? ¿Alguien como yo? —pregunta Lucien levantando las cejas.
Sofía se ríe negando con la cabeza mientras vuelve a caminar hacia el escritorio.
—No, señor.
Lucien bufa y camina hacia su oficina. Me quedo atrás y observo a Sofía en el escritorio. La veo mirarme de reojo, y por la forma de su cuerpo, sé que está tensa. Ella no quiere que se vuelva a repetir, o al menos, su cerebro no quiere porque estoy seguro que su cuerpo ansía mi toque. Estoy seguro de que puede sentirme en él. No me contuve con ella, se lo hice duro y sin ningún tipo de contemplación. Le azoté el culo hasta que mi mano quedo completamente marcada.
Me acerco hacia el escritorio parándome frente a ella con los brazos cruzados.
—Me ha ignorado toda la mañana, señorita Guerrero.
Sofía levanta la cabeza dándome una sonrisa inocente.
—¿Qué dice? Por supuesto que no haría eso —responde—. Hago mi trabajo, ya que para eso me paga.
Enarco una ceja. Sigue con la misma expresión de inocencia en su rostro.
—Yo creo que es porque me tiene miedo —suelto.
Sofía achina los ojos mirándome como si eso le molestara notablemente. Podría ser, teniendo en cuenta la clase de mujer que es y que no se deja amedrentar por cualquiera. Ella sabe perfectamente que no me refiero a tenerme miedo porque sea su jefe, sino por lo que hicimos.
—Usted mismo es el que dice que no hay que mezclar negocios con placer —susurra con fuerza.
Está molesta.
—Pero no estamos mezclando. Usted dijo que eso no iba a afectar su desempeño y le creo.
Se levanta del escritorio apoyando ambas manos en él. Me mira con el ceño fruncido y con una determinación que estoy más que dispuesto a romper. Nunca he sido de los hombres que buscan romper a una mujer, aunque en algunos momentos me resultó fascinante. Sé que Sofía no es de aquellas mujeres que rompen fácilmente, y no creo que quiera que pase eso.
Me gusta el fuego que tiene en ella, incluso si tengo que avivarlo para quemarme un poco.
¡Ah, cómo me intriga esta mujer!
—Y también le dije que eso no iba a volver a repetirse. No soy tan estúpida como para poner mi carrera en juego —dice realmente molesta, como si no entendiera mi actitud—. Luego cuando ya no me quiera me va a desechar como cualquier cosa y mi carrera, por la que tanto me he esforzado, va a quedar pisoteada. Conozco a los hombres como usted, su hermano echó a su secretaria como si nada después de habérsela follado.
Agarra el iPad con tanta fuerza que sus nudillos están blancos. Nunca me había hablado así, por un momento estoy bastante sorprendido.
—Cuide esa boca, señorita Guerrero —espeto molesto.
—Guarde su pene en sus pantalones, señor Devereaux —escupe de vuelta.
Sale rápidamente sin que tenga posibilidad de agarrarla. Esa boca siempre me ha gustado, excepto ahora que me niega cosas que tanto yo, como ella quiere. Sé que es importante su carrera, vi su curriculum, pero eso no debiera verse afectada solo porque ambos cogemos. Sin embargo, sé que tiene razón, pero eso no me impide desearla.
Mi secretaria es obstinada, pero yo lo soy más.