Me gustaría decir que no recuerdo nada de la noche anterior, que no sé en qué habitación estoy, ni con quién estoy malditamente acostada. Pero la verdad es que lo sé muy bien, porque mi alta tolerancia al alcohol nunca me ha borrado la mente. Una bendición, o al menos eso es lo que creía hasta ahora. Miro hacia el lado y me encuentro cara a cara con el rostro de Christian.
De mi maldito jefe.
El alcohol no borra mi mente, pero sí que me hace cometer errores, aunque ninguno tan garrafal como este. Por increíble que sea, mi jefe no duerme con el ceño fruncido. Su rostro se ve en una calma impresionante que lo hace ver joven y demasiado guapo para su propio bien. Su respiración es lenta y regular, así que asumo que todavía está durmiendo.
Levanto lentamente las sábanas y, por supuesto, estoy desnuda.
¡Mierda, Sofía!
De todos los hombres que podría haber llevado a la habitación, tenía que ser mi maldito jefe. Esto claramente va a cambiar todas las cosas, si le conocí la anaconda que tiene entre las piernas, y que me condenen si no me hizo disfrutar como si fuera el primer pene que me comía. Porque obviamente hicimos de todo.
Muevo el cuerpo y siento cómo el dolor me paraliza.
A mi mente vienen las imágenes de cómo me azotó el culo y las cosas sucias que me dijo. La forma en que me hizo delirar de placer. Grité su nombre cada vez que me hizo llegar al orgasmo. Y claro que se acordó de que me gustaba que me agarraran del cuello. Christian era igual de duro en el sexo, como en los negocios.
Así que, ¡envídienme, perras!
La mano de Christian está sobre mi estómago como si me tuviera prisionera, además está demasiado cerca de mí. Aparto su mano de mi estómago con cuidado para no despertarlo. ¿Me iré sin que se dé cuenta? Claro que sí, tan estúpida no soy. Ni muerta me quedo aquí esperando a que se despierte. ¿Qué voy a decir? Gracias, jefe, por el sexo de anoche.
¡Ah!
Salgo de la cama lentamente. Me congelo cuándo él se mueve, así que me apresuro a salir rápidamente, pero nada sale como quiero porque él abre los ojos y se encuentra directamente con los míos. Hago una mueca y comienzo a buscar mis bragas para ponérmelas. Una vez lo hago, agarro mi ropa del suelo para correr hacia la puerta.
—¡Sofía! —me llama levantándose en la cama.
No alcanza a llegar a mí y abro la puerta, cruzando hacia la mía mientras la cierro de un portazo. Me apoyo en la puerta y respiro hondo.
—¡Sofía, abra la puerta!
¿Está loco?
¿Cómo mierda cree que voy a abrirle la puerta luego de lo que pasó entre nosotros? Necesito tiempo para superar esto y bajar a hacer mi trabajo.
—¡Nos vemos en la oficina de su hermano! —grito y me despego de la puerta, caminando hacia el baño.
Estoy segura de que tengo su olor impregnado en mi piel. Sin embargo, creo que cualquiera podría mirarme ahora y darse de que tuve una noche salvaje. Si mi mamá me viera ahora, seguro que me tira agua vendita por tener una hija tan caliente.
Lo siento, mamá. Pero no pensé en ti cuando tuve su pene hasta la garganta mientras me follaba la boca como si me odiara.
Dios…
Paso mis manos por mi rostro y luego me giro hacia el espejo del baño. Hago una mueca cuando veo la maraña de pelo que tengo. Y cómo no, si Christian hizo lo que quiso con él. Me lo tiró, enredo sus puños en él. No quiero ni pensar en lo difícil que va a ser peinarlo. Decido que es mejor peinarlo después de bañarme, y cuando estoy bajo el agua de la ducha, me echo mucha crema para desenredar los nudos.
No quiero salir calva del baño.
Después se burlarán de mí diciéndome pelona.
No. No puedo permitirlo.
Estoy lista.
Me he repetido eso unas diez veces, así que obligo a mis piernas a moverse. Abro la puerta con cuidado y lentitud. Quiero ver si Christian está, pero no veo a nadie. Agarro mi bolso y salgo de la habitación cerrando con lentamente en caso de que siga en su habitación. Camino más rápido que el corre caminos hacia el ascensor y suspiro cuando estoy dentro. Cojo el iPad para revisar si los depósitos se hicieron.
Nada.
Eso definitivamente no le va a gustar a mi jefecito.
Tengo el ceño fruncido cuando el ascensor se abre. De inmediato siento una corriente eléctrica que me recorre el cuerpo. Al levantar la cabeza me encuentro con esos ojos azules que me miran fijamente.
¡Sálvame, diosito! Yo también soy tu hija.
—Sofía —dice con la voz sin ningún tipo de expresión.
—El señor Hayes no ha hecho los depósitos correspondientes —suelto rápidamente antes de que diga cualquier cosa—. ¿Quiere que me comunique con él?
Me mira y no dice nada. De hecho, ni me muevo y él tiene que estirar la mano cuando las puertas del ascensor comienzan a cerrarse.
—Creo que debería salir del ascensor —comenta.
Asiento y le doy una pequeña sonrisa, caminando hacia él. Christian no se aparta de su lugar, por lo que quedo casi pegada a él. Obviamente, me muevo rápidamente hacia el lado cuando su olor llega a mi nariz.
—Mire, lo que pasó anoche fue efecto del alcohol. Quiero que tenga la certeza que no se va a volver a repetir y que nada va a cambiar —le dejo claro—. Eso definitivamente no va a afectar mi desempeño.
Christian me mira sin decir nada. ¿Justo ahora decide quedarse mudo? Aunque no sé qué espero que diga.
—Me acuerdo de todo —suelta.
Así, sin anestesia.
—Si, yo también. Pero quiero…
—Sé que eso no va a afectar su desempeño —dice y da un paso hacia mí—. Pero no puedo asegurarle que eso no cambie las cosas entre nosotros.
¿Qué?
Diosito, ¿te olvidaste de que soy tu hija, verdad?
Miro hacia arriba, fulminando con la mirada el techo como si Dios me fuera a ver. Tendré muy en cuenta este abandono. Cuando miro a Christian, él está frunciendo el ceño. Claro, si debo haberme visto como una loca.
—Lo mejor es que dejemos esto en el pasado —digo en voz baja.
No quiero que alguien escuche que me acosté con mi jefe. Él enarca una ceja y las comisuras de sus labios se levantan cuando lleva uno de sus dedos hacia la nariz y aspira de forma bastante ruidosa, como si quisiera hacer énfasis en eso.
—Aún puedo olerla en mis dedos, y saborearla en mi boca, señorita Guerrero.
¡Sálvame, satanás!
Ya que si no me escucha el de arriba, al menos que lo haga el de abajo.
—Señor… —gimo en frustración.
—Ah, ya están aquí —dice Lucien y nunca, pero nunca, había estado tan feliz de verlo.
Me giro hacia él con una gran sonrisa, esperando que no descubra el alivio que hay en ella.
—Señor Devereaux —saludo.
—Siempre tan guapa, querida —me alaga—. ¿Hay noticias?
Asiento con la cabeza y me acerco a él, alejándome del campo magnético de Christian. Es como si tuviera unas manos imaginarias en mi cuerpo, de las que obviamente debo deshacerme. Doy vuelta el iPad para mostrarle que aún no se hace el depósito.
—¿Todavía nada? —pregunta. Niego con la cabeza—. ¡Qué hijo de puta!
—Espero sus instrucciones para comunicarme con él y averiguar el motivo por el cual los depósitos no se han hecho y la fecha en que se harán —digo.
Él asiente y mira por sobre mi hombro a su hermano. No me doy vuelta, pero puedo sentir su mirada en mi espalda quemándome.
—Sí —responde Christian—. Hágalo y me informa.
Asiento con la cabeza, pero no me giro en ningún momento.
—¿Puedo tomar el escritorio de su secretaria? —le pregunto a Lucien.
—Sí, claro —responde, llevándose una mano a la cabeza—. Necesito una secretaria, porque cuando te vayas me quedaré solo.
—Puedo ayudarlo a encontrar una.
Él me mira agradecido, dando un paso hacia mí para tomar mi cara en sus manos y besar ambas de mis mejillas.
—Lucien —gruñe Christian detrás de mí.
Lucien me da una sonrisa socarrona, como si supiera que algo cambió entre nosotros. Pero no dice nada, lo que es muy inteligente de su parte.
—Lo siento, me emocioné —se disculpa.
Asiento y comienzo a caminar rápidamente de ellos hacia el escritorio. Sin embargo, me permito una última mirada hacia Christian y la mirada que me da calienta todo mi cuerpo cuando vuelven a aparecer las imágenes de nuestra noche juntos. Quizás hacer como si nada sea más difícil de lo que pensé, pero no tengo otra opción que afrontar las consecuencias. Sin embargo, una cosa es segura: no me volveré a acostar con él.