Al parecer, volvió a ser el jefe malhumorado que era. Pero eso debería estar bien, ¿cierto? Eso era lo que yo quería, que volviéramos a ser jefe y empleada. Sin embargo, cuando entré no pude resistirme y tuve que preguntar esa tontería. Quedé como una mujer celosa, exactamente lo que no quería. Creo que últimamente las cosas no me están saliendo bien.
No importa, quizás todavía estaba enojado porque le tiré ese gas. Mañana, seguramente estará de mejor humor y yo también. Todo perfecto. En tres días tenemos una gala de inversionistas a la que Christian está invitado. Se supone que va conmigo, al igual que otras galas. Voy como su secretaria, pero y si… ¿Lleva a Elena como su pareja?
¡Ah, qué me importa!
¡Solo era sexo!
No hay nada más entre Christian y yo. Solo sexo. El hecho de que no podemos apartar las manos del otro solo es sexo y nada más. Cuando llego a mi departamento me siento exhausta y completamente en conflicto con lo que estoy sintiendo. Soy una chica grande, sé lidiar con mis sentimientos, pero esto es algo que nunca había sentido. Me dejo caer en el sofá y llamo a la única persona que puede hacerme sentir bien.
—Hola, cariño.
—Hola, mamá. ¿Te desperté? —pregunto.
—No, claro que no —responde y sé, aunque no pueda verla, que está sonriendo y moviendo la mano para quitarle importancia—. Todavía es temprano, lo sabes. ¿Cómo has estado?
Con mi madre hablamos día por medio. Siempre fui independiente, aunque soy la única mujer de tres hermanos. Soy la del medio. Mi hermano mayor, Andrés tiene veintisiete años y era ultra mega protector. Cuando supo que había entrado a una universidad acá, casi explotó la casa. Claro que tuvo que aceptarlo, era mi decisión y, aunque a mis padres les fuera difícil, ellos me apoyaban. Y mi hermano menor, Martín que tiene veintiuno.
Siempre estoy en contacto con ellos por w******p, sobre todo con Andrés. Han pasado todos estos años y todavía se ultra preocupa. No me quejo, son los mejores hermanos que he podido tener.
—Bien, aunque el trabajo ha sido de locos —digo.
El trabajo y Christian.
—Ese jefe tuyo no te da un respiro, hija. No quiero que te enfermes —dice preocupada—. Sé que son tus sueños y todo eso…
—Mamá —la interrumpo—. Todo está bien, no pienses leseras.
—Mmm, soy tu mamá, es mi obligación ponerme en todos los casos —asegura.
Eso me hace sonreír.
—Mi jefe no es tan malo —digo sonriendo—. Igual se preocupa por mí y toma en cuenta mi opinión.
Mi mamá chasquea la lengua.
—Es lo mínimo que debe hacer.
—No está obligado a hacerlo —confieso.
Y no lo está. Soy su secretaria, independiente que haya estudiado empresariales. Ese es mi trabajo y él no tendría por qué tomar en cuenta lo que digo. Y lo hace. Me ha dado una confianza que estoy segura no le ha dado a nadie, y que otros jefes no lo hacen con sus secretarias. Pensando en todo esto, en definitiva, no es tan malo.
—¿Cómo están todos allá? —pregunto para cambiar de tema.
—No lo vas a creer —dice riéndose—, pero tu abuela Eliana encontró pololo.
—¿Qué? —exclamo sorprendida.
Mi abuela Eliana, es la mamá de mi papá. Ella siempre ha sido una mujer adelantada a su época, a pesar de que la criaron en un entorno machista. Con ella puedes hablar de cualquier cosa y es la mujer más jovial que vas a ver en tu vida a los setenta y cinco años.
—Tu padre no lo podía creer —sigue contando mi mamá—. Y él tiene sesenta y nueve.
—¡Dios! —exclamo divertida—. La amo y la extraño mucho. Los extraño a todos.
Mi mamá suspira con pesar.
—Lo sé, hija. Llámala uno de estos días, ella quiere hablar contigo.
—Lo haré.
Mi papá se nos une un rato a la conversación. Nos reímos y como decimos en chile “tiramos la talla”. Estas son las veces en que me recuerdo lo mucho que los extraño, pero sé que están allá y que puedo pagarles un pasaje y que vengan, o que puedo ir en vacaciones. En cambio, si dejara este sueño y esta vida, me arrepentiría.
Yo lo sé, ellos lo saben. Por eso nunca me han pedido que vuelva.
Cuando me voy a acostar, me siento mucho más ligera, mucho más tranquila respecto del futuro y del día de mañana. Quisiera decir que nada lo echará a perder, pero conozco a mi jefe, y también me conozco a mí.
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—¿Cómo estás? —me pregunta Kasey llegando a mi lado.
Kasey tiene una forma bastante peculiar de saludad a la gente. Ella me agarra la cara y me besa una mejilla. Y lo hace con toda persona con quien tenga confianza. Pero me encanta eso de ella.
—Perfecta. ¿Tú cómo estás? —pregunto. Kasey pasa un brazo por mis hombros y yo paso el mío por su cintura.
Juntas caminamos hacia la entrada del ascensor.
—Yo bien, anoche me di un baño relajante como nunca.
—¿Tu baño incluía marihuana? —pregunto enarcando una ceja.
—Shhh —ella se lleva el dedo a la boca—. Nadie puede saberlo.
Pongo los ojos en blanco.
—Kasy, lo haces como una vez al mes. No tiene nada de malo —le aseguro. Me acerco a ella—. Necesito también. ¿Es buena?
Se muerde el labio viéndose culpable, pero asiente.
—Muy buena —susurra—. Te conseguiré.
Asiento la cabeza. Entramos al ascensor y justo cuando se va a cerrar, una mano lo detiene. Y maldita sea, yo conozco muy bien esa mano. Las puertas vuelven a abrirse para dar paso a mi jefe en todo su esplendor. Por supuesto que viene con su traje a medida, y con ese ceño fruncido que lo caracteriza.
Kasy a mi lado se endereza como un palo.
—Buenos días, señor Devereaux —saluda ella de forma educada.
Christian entra dándole un respetuoso asentimiento de cabeza, pero a mí, con suerte me da una mirada.
—Buenos días, señoritas.
Y nada más. Se queda frente a nosotras y nos da la espalda. Esa espalda grande y musculosa en la que yo enterré mis uñas. Hago una mueca mirando a Kasy y ella sonríe tapándose la boca como si fuera a romper a reír. Ajena a mis pensamientos, pensando que mi mueca es porque es nuestro jefe y no porque me estuve follando a nuestro jefe.
—Adiós —se despide Kasy cuando llegamos a su piso.
—Adiós, señorita Elwood.
Mi amiga lo mira sorprendida de que conozca su nombre, pero yo sé que él se sabe los apellidos de todos aquí. Las puertas se cierran y nos volvemos a quedar solos. Él no se mueve y yo tampoco. No dice nada y yo tampoco. Yo me siento completamente tensa, pero Christian parece tan malditamente relajado que me dan ganas de empujarlo. Algo que claramente no haré.
Cuando las puertas del ascensor se abren, él sale sin dar una mirada hacia mí. Quiero hacer algún comentario mordaz, pero no tengo ninguno. Mientras estoy sentada en mi escritorio, me doy cuenta de que ni siquiera le traje un café como cada día. ¿Cómo lo olvidé? No tengo tiempo para ir hacia la cafetería, así que voy al comedor a prepararle uno.
—Le traigo su café —digo abriendo la puerta de su oficina.
—Gracias —responde sin mirarme.
Bueno, esto no es nada nuevo, pero ahora se siente diferente. Dios, no.
¡No quería que nada cambiara!
Dejo la taza en su escritorio y saco mi iPad.
—Para hoy no tiene ninguna reunión, sin embargo le recuerdo que el señor Lambert todavía está esperando su respuesta en cuánto a la inversión del hotel en Francia.
—Que siga esperando, aún no me decido.
—Bien. Desde recursos humanos, Richard, pide una reunión con usted por problemas con un empleado.
Christian levanta la cabeza. Su mirada azul taladra la mía.
—¿Por qué? —pregunta.
—No me lo dijo —digo encogiéndome de hombros.
—Pues que se lo diga antes de agendar la reunión. Que le envíe un informe de la situación.
Asiento con la cabeza y me doy vuelta para salir. En estos momentos, Christian volvía a ser el de antes, mi jefe malhumorado con respuestas cortas. Pero yo parece que aún no puedo volver. Dejo el iPad en mi escritorio y voy directo al baño. Me miro en el espejo, e incluso en mi rostro puedo ver que no estoy contenta con esto.
—Espabila, Sofía —me maldigo.
No puedo evitar pensar en que en esos días conocí a un Christian distinto. Que incluso sonreía de vez en cuando, que me hablaba con más suavidad, que me acariciaba. Sé que no es bueno que esté anhelando eso, pero solo soy una chica. Creo que después de todo este tiempo, la atracción era más fuerte de lo que pensé.