Capítulo 18: Christian

1256 Palabras
—¿Qué has sabido de él? —pregunto a Oliver. —No mucho —contesta—. Claramente Hudson Hayes nació hace como un año, así que no es su nombre. Pero no hay nada más de él. Busqué reconocimiento facial en las cámaras de todo el mundo, pero tampoco aparece. —¿Es como si lo hubieran borrado de la faz de la tierra? —pregunto inquieto. Él asiente. —Sí. Pero ahora puedo activar una alerta en las cámaras de seguridad, para que apenas aparezca su rostro me avisen y así seguir sus pasos —informa. Asiento con la cabeza. Tamborileo con el lápiz en mi escritorio. De reojo, veo a Sofía sentada en su escritorio. En la mañana, cuando llegué, ya estaba aquí y mi café en el escritorio. —¿Le sigue enviando correos a su secretaria? —pregunta Oliver. —No me ha dicho nada, pero se lo preguntaré —suspiro—. No me gusta para nada esa obsesión con ella. Sabía qué era muy buena y que yo la cuidaba. Alguien debe haberle dicho, alguien que nos conoce. —Me pondré en ello —asiente—. ¿Desea que coloque algún guardia en su edificio? Asiento. —Sí, nunca se sabe, pon tres —indico moviendo la mano—. En posiciones estratégicas. —Así será. También está activada la alarma para las cámaras de su edificio. A pesar de que tengo acceso a las cámaras del edificio de Sofía, gracias a Oliver, de todas formas es mejor que él tenga esa alerta. Oliver anota todo eso en un pequeño block de notas, como si fuera un detective haciéndome preguntas. Supongo que en estos momentos es lo que es. Odio esta sensación que tengo con ese tal Hudson. Es claro que algo está escondiendo y lo que sea que esté planeando es contra mí. Tendré que llamar a mis hermanos y a mi padre para que estén alerta. Espero poder contactarme con John, mi hermano menor, pero a veces es casi imposible. —¿Pongo guardias en la entrada de tu edificio? —pregunta. Niego con la cabeza. —Soy perfectamente capaz de cuidarme solo, lo sabes —digo. Oliver me mira serio. —Hasta los más grandes caen, señor Devereaux. Pongo los ojos en blanco, divertido por sus palabras. Siempre me lo ha dicho, supongo que es porque siempre he tenido el ego demasiado alto, siempre me he sentido demasiado invencible. Pero es que lo soy, ¿no? Nunca han sido capaz de derribarme, incluso me han emboscado estando solo, y he salido ileso. A lo más, un disparo en el brazo. —Está bien, pero solo que rodeen el edificio. Me gusta dormir bien. Oliver asiente satisfecho. —Trataré de coordinar una reunión con él —digo pensándolo—. Quizás puedo saber más, sin levantar sospechas. —O puede invitarlo y atraparlo. Niego. No, a mí lo que me gusta es la persecución. Quiero que piense que no sé nada, que no hay nada de qué preocuparse. Quiero que piense que es él, quien está en el trono. De esa forma, bajará sus barreras. Estoy seguro de que es igual de ególatra que yo, por lo que una vez que crea que va varios pasos por delante de mí, se relajará. Ahí es cuando actuaré. Quiero ver esa mirada en su rostro cuando se dé cuenta de que nunca tuvo oportunidad conmigo. Y quiero ver cuando finalmente la vida se escape de sus ojos. Esos ojos con los que miró a Sofía. Luego seguiré con aquellos que lo han estado ayudando a conspirar en mi contra. Será una cacería. Justo lo que necesito. En la organización las cosas han estado calmadas, necesito mi dosis de adrenalina. —Está bien, tengo todo listo y me pondré a trabajar de inmediato —dice levantándose. No suelo levantarme de mi escritorio cuando tengo reuniones, excepto con Oliver, con Elena y con Lucien. Así que acompaño a Oliver hasta la puerta. —Estamos en contacto —me dice—. Yo personalmente me encargaré de su seguridad. —No es necesario… —Lo haré. Asiento y le doy unas palmadas en el hombro. —Que tenga buena tarde, Sofía —se despide de ella. —Igual usted, Oliver —le sonríe ella. Oliver se va y yo observo a mi secretaria. Hermosa como siempre. Esos listones con los que se amarra el cabello la hacen ver más joven de lo que es, e incluso inocente. Pero esas faldas cortas te dicen que no es para nada inocente. Sofía me mira, ambos nos mantenemos la mirada, pero ninguno de los dos dice palabra alguna. —Venga a mi despacho —digo, dándome la vuelta para volver a mi oficina. Sofía entra y cierra la puerta. Me mira intrigante mientras está con el iPad en la mano. —¿Qué sucede? —pregunta. —El fin de semana será la gala, ¿lo recuerda? —pregunto. Ella asiente lentamente—. Bueno, no sé si va a comprar un vestido o irá con alguno que ya tenga. —Supongo que compraré uno —dice encogiéndose de hombros. —Está bien, puede usar la tarjeta de la empresa. Da un paso hacia adelante con la misma actitud que tiene siempre que se va a quejar de algo. —Puedo compr… —Es una gala de trabajo, no es una gala cualquiera. Es horario de trabajo y por lo tanto, los gastos los cubre la empresa. Como siempre —digo con voz firme. —¿Irá solo? —pregunta. Aprieto la mandíbula para que las comisuras de mis labios no se levanten. —¿Por qué? ¿Quiere buscarme un acompañante? —inquiero sin mirarla. —No —suelta rápidamente—. Es decir, no puedo elegirle un acompañante, usted debe ir con quién se sienta cómodo. —Mmm —asiento—. Veré si invitó a alguien, señorita Guerrero. Gracias por la preocupación. Eso es todo. —Idiota —dice en un susurro, pero en español. No creo que ella sepa que hablo español, pero no se lo haré saber. Podría conseguir información con esta arma secreta. Así que me hago el confundido mientras levanto la cabeza. —¿Dijo algo? —Por supuesto que no, jefe —me da una sonrisa radiante—. Solo estaba pensando en que vestido me pondré. —Seguro que encontrará algo, señorita Guerrero —digo apoyándome en la silla—. Siempre lo hace. Se endereza dándome una mirada inocente. —¿Esta vez tengo permitido llevar a algún acompañante? Enarco una ceja molesto. —¿Escuchó lo que le dije? —inquiero en tono duro—. Es una gala de trabajo. Ir a esa gala conmigo es parte de su trabajo. ¿Lleva acompañantes al trabajo? Porque eso no sería nada profesional. Su mirada cambió rápidamente a una de molestia. Cuando hablo de su profesionalidad, se pone furiosa, y me gusta mucho eso de ella. No es perfeccionista, porque puede resultar imposible, y también paralizante. Pero se concentra y ve los distintos puntos de vista y eso la hace perfecta. —Siempre soy profesional, señor —responde entre dientes. —Bueno, vaya a trabajar —digo moviendo la mano. Sofía se da vuelta rápidamente, logrando que mi vista vaya directo a sus piernas y a su culo. —Sofía —le hablo cuando está ya a un paso de salir. Se detiene, pero no se da vuelta—. Se ve hermosa.
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