Capítulo 9

744 Palabras
El eco de las sirenas de la policía federal se fue apagando a lo lejos, dejando un silencio sepulcral en el gran vestíbulo de la Hacienda Los Encinos. Los criados habían desaparecido, y Valeria ya se había marchado entre gritos y amenazas vacías, arrastrada por la ley. En medio de las baldosas de mármol, solo quedaban dos personas: Elena, con su imponente traje de alta costura y una mirada que destellaba el poder absoluto de quien ha vuelto del infierno, y Don Héctor, el patriarca que había construido un imperio sobre el miedo, ahora rendido ante la única mujer que logró doblegarlo. El viejo estiró la mano para tocarla, pero Elena dio un paso atrás. El movimiento fue tan sutil como cortante. —No tan rápido, Héctor —dijo ella, con una voz cristalina que hizo eco en las paredes de la mansión. Don Héctor detuvo la mano en el aire, arqueando una ceja oscura. Una sonrisa lenta, de depredador fascinado, se dibujó en las comisuras de sus labios. —¿Creíste que el juego terminaba con la caída de mi hijo? —preguntó el patriarca, dando un paso al frente con su imponente altura—. Julián era solo un estorbo en el tablero. Las tierras son nuestras, el fideicomiso está bajo tu firma y la justicia ya hizo su trabajo. ¿Qué otra cosa puede faltar, doctora? Elena soltó una risa baja, un sonido elegante pero helado que no contenía ni una pizca de afecto romántico. Abrió el maletín de aluminio que su asistente había dejado sobre la mesa de caoba y sacó un documento adicional. Un papel con sellos notariales distintos, mucho más antiguos, fechados exactamente el día antes de su matrimonio forzado con Julián. —Te olvidas de un detalle pequeño, Héctor —respondió Elena, levantando el documento a la altura de sus ojos—. Mi familia no le debía dinero al abuelo de Julián. Le debía a *ti*. El pagaré original que obligó a mis padres a entregarme como moneda de cambio... estaba firmado por tu puño y letra. El rostro de Don Héctor se ensombreció de golpe. La máscara de confianza absoluta se agrietó por primera vez en tres años. —¿Cómo... de dónde sacaste eso? —murmuró el patriarca, dando un paso involuntario hacia atrás. —¿De verdad creíste que en tres años me iba a dedicar solo a estudiar botánica y farmacología? —Elena caminó lentamente alrededor de él, rodeándolo como una pantera a su presa, dejando que la luz de los candelabros reflejara el brillo despiadado de sus zafiros—. Investigué cada préstamo, cada despojo de tierras que hiciste para arruinar a los pequeños agricultores de esta región, incluidos mis padres. Julián era un monstruo, sí... pero aprendió de el mejor maestro. Don Héctor apretó los dientes, sintiendo por primera vez en décadas el sudor frío del miedo recorriéndole la espalda. Ya no veía a la muchacha ingenua a la que había besado en la oscuridad de un granero; veía a una mente maestra que lo había superado en su propio juego. —¿Qué es lo que quieres? —exigió el patriarca, con la voz ronca de rabia y una extraña adrenalina—. ¿Destruirme a mí también? ¿Llevarte la hacienda y dejarme en la calle? Elena se detuvo justo frente a él, a menos de diez centímetros de distancia. Levantó la barbilla, mirándolo desde su nueva y absoluta altura, y deslizó los dedos enguantados por la solapa de su traje impecable hasta rozar el cuello de su camisa. —¿La hacienda? La hacienda ya es mía por ley y por sangre —susurró Elena al oído del hombre más temido de la región, con una voz que helaba la sangre—. No voy a destruirte, Héctor. Vas a seguir sentado en la cabecera de esta mesa. Vas a seguir firmando los decretos agrarios. Pero a partir de hoy... tú vas a trabajar para mí. El patriarca se quedó sin aliento. Un escalofrío de pura adrenalina le recorrió la columna. No sintió vergüenza ni derrota; sintió una peligrosa y salvaje admiración. La mujer a la que había querido usar y proteger se había convertido en su dueña absoluta. —Acepto los términos, soberana —murmuró Don Héctor, inclinando levemente la cabeza ante ella en un gesto de rendición total—. ¿Cuál es tu primera orden? Elena sonrió, sabiendo que el juego real apenas comenzaba.
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