Capítulo 8

778 Palabras
El aire en el vestíbulo se volvió tan denso que parecía imposible respirar. Julián seguía arrodillado sobre el mármol pulido, con las manos temblando en el aire, intentando procesar lo imposible: el padre al que había estado envenenando gota a gota durante tres años estaba ahí, de pie, mirándolo con el desprecio absoluto que se le dedica a una alimaña. —¿Muerto? —La voz de Don Héctor retumbó, fría y cortante, mientras bajaba los escalones con una lentitud deliberada, apoyando el bastón de ébano contra la madera con un golpeteo rítmico que sonaba a cuenta regresiva—. ¿Esperabas mi funeral, Julián? ¿O tenías prisa por repartirte las tierras antes de que los banqueros te quitaran hasta el apellido? Julián abrió la boca, pero las palabras se le atragantaron en la garganta. Miró a Elena, luego a los maletines abiertos, y de repente, una chispa de desesperación furiosa iluminó sus ojos inyectados en sangre. Se puso de pie de un salto, perdiendo los últimos restos de dignidad. —¡Tú! —le gritó a Elena, señalándola con un dedo tembloroso mientras intentaba abalanzarse sobre ella—. ¡Todo esto es un complot de esta maldita gorda! ¡Ella lo planeó todo! ¡Le lavó la cabeza al viejo para robarse la hacienda! Antes de que Julián pudiera dar dos pasos hacia ella, dos hombres gigantescos con trajes oscuros —la seguridad privada del patriarca— aparecieron de la nada, inmovilizándole los brazos con una fuerza implacable y tirándolo de bruces contra el suelo. Valeria soltó un grito desgarrador, cubriéndose la boca con las manos mientras veía a su protector reducido a nada. —¡Suéltenlo! ¡Están locos, voy a llamar a la policía! —chillaba la amante, pataleando con sus tacones de aguja. Elena ni se inmutó. Caminó con una elegancia felina hasta detenerse justo frente a Julián, que respiraba con dificultad contra las baldosas. Se inclinó ligeramente, dejando que el brillo de sus zafiros capturara la luz de los candelabros, y le sostuvo la barbilla con la punta de su zapato de charol, obligándolo a levantar la vista. —La policía ya viene en camino, Julián —susurró Elena, con una dulzura tan helada que congelaba la sangre—. Pero no vienen a buscarme a mí. Vienen a arrestar al hombre que intentó asesinar a su propio padre con dosis de acónito y ricina. El rostro de Julián palideció hasta volverse translúcido. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. —¿El... el veneno...? —balbuceó, sintiendo que el suelo se desmoronaba por completo—. ¿Cómo... cómo sabes eso? ¡Nadie lo sabía! ¡Los médicos creían que era un infarto natural! —¿De verdad creíste que una mujer a la que obligaste a estudiar botánica para curar los caballos de la hacienda no reconocería los síntomas de un envenenamiento en los primeros diez minutos? —Elena soltó una risa baja, corta y seca, que sonó como el crujido de una sentencia de muerte—. Me dejaste encerrada en el granero creyendo que me ibas a congelar. Pero lo que encontré en el abrigo de tu padre esa noche fueron los viales con tus huellas y tus propios recibos de compra en la capital. Julián cerró los ojos con fuerza, tragándose un sollozo de puro terror. Había perdido. Cada ficha que había movido durante tres años había sido cuidadosamente anticipada por la mujer a la que despreció. Pero la verdadera sorpresa no había terminado. Mientras los agentes federales cruzaban las puertas principales de la mansión con las esposas listas, Don Héctor se detuvo al lado de Elena. El patriarca extendió una mano grande y firme, rodeando la cintura de su esposa con una posesión absoluta, y miró a los oficiales que se acercaban. —Lleven a este criminal al calabozo —ordenó Don Héctor con una autoridad inquebrantable—. Y asegúrense de confiscar todas las propiedades vinculadas a la mujer que lo acompañaba. Los policías rodearon a Julián y a Valeria, levantándolos del suelo entre gritos y súplicas inútiles. Cuando las puertas se cerraron tras los patrulleros, el silencio volvió a reinar en la gran mansión de Los Encinos. Elena se giró lentamente hacia el hombre que tenía al lado. La distancia entre ellos se redujo a nada. El patriarca la miró con una mezcla de devoción y un fuego antiguo que ni los años ni el poder habían logrado apagar. —Hiciste exactamente lo que te enseñé, doctora —murmuró Don Héctor, rozando con los nudillos la mejilla de Elena—. Pero ahora que la casa está limpia... ¿qué hacemos con los verdaderos dueños?
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR