Capítulo 7

664 Palabras
El silencio que siguió a sus palabras fue tan espeso que se pudo escuchar el crujido de los leños en la chimenea apagada al fondo del salón. Julián abrió la boca, pero ningún sonido salió de su garganta. Sus ojos, inyectados en pánico, recorrían cada línea de ese rostro impecable, intentando encajar a la fuerza la imagen de la mujer elegante que tenía enfrente con el recuerdo borroso y patético de la muchacha a la que había pateado hacia el lodo tres años atrás. —No... eso es imposible —balbuceó Julián, dando un paso atrás hasta chocar contra la mesa de caoba, con los nudillos blancos de tanto apretar la copa—. Tú... tú estabas muerta. La tormenta... te boté al granero... —¿Muerta? —Elena dio dos pasos al frente, y el golpe seco de sus tacones contra el mármol sonó como los pasos de un verdugo—. Qué poco me conocías, Julián. Creíste que un poco de frío y un cerrojo iban a borrarme del mapa. Lo único que lograste fue darme el tiempo exacto para estudiar, para crecer... y para preparar tu tumba. Valeria apareció por el pasillo corriendo en sus tacones de aguja, con el rostro descompuesto y los ojos abiertos de par en par por la histeria. Al ver a Elena, soltó un grito ahogado y se aferró al brazo de Julián como si fuera un náufrago. —¡Julián, sácala de aquí! ¡Llama a la seguridad! ¡Es una impostora loca que viene a burlarse de nosotros! —chillaba Valeria, perdiendo toda la falsa elegancia que tanto le costaba mantener—. ¡Esta muerta de hambre no es nadie! —Cierra la boca, Valeria —le cortó Elena con una voz tan gélida y cortante que la amante se quedó petrificada a mitad del grito. Elena abrió el maletín de aluminio que su asistente sostenía a su lado. Sacó un juego de carpetas con sellos notariales, marcas de agua oficiales y firmas de los tribunales supremos de la capital. —Hace tres años, firmé un contrato de deuda para salvar a mi familia de la ruina —continuó Elena, caminando lentamente alrededor de ellos, observándolos como un depredador rodea a su presa—. Pero los contratos se pueden leer de los dos lados, Julián. Y el fideicomiso de Los Encinos ya no responde a tus caprichos de jugador compulsivo. Julián sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Intentó recuperar algo de su falsa autoridad, sacando el pecho con desesperación. —¡Estás loca! ¡La hacienda es mía por derecho de sangre! ¡Mi padre es el único que puede firmar cualquier papel, y él está postrado en su cama! ¡No tienes ningún derecho a estar aquí! Un golpe seco y rítmico resonó en lo alto de la gran escalinata de madera. Toc. Toc. Toc. Todos los presentes en el vestíbulo contuvieron la respiración y giraron la cabeza al mismo tiempo. De pie, en el rellano de las escaleras, con un traje oscuro impecable, el cabello perfectamente peinado y una mirada que destellaba una autoridad absoluta, apareció Don Héctor de la Vega. No había rastro de debilidad en su postura; su espalda estaba recta, sus hombros anchos dominaban el espacio y sus ojos oscuros clavaron en su propio hijo una furia fría y calculadora. —Te equivocas, Julián —la voz del patriarca retumbó en las paredes de la mansión con la fuerza de un trueno—. El único que ya no tiene ningún derecho en esta casa eres tú. Julián sintió que el corazón se le detenía en el pecho. Miró a su padre, luego a los papeles en las manos de Elena, y de nuevo al viejo al que creía agonizando en su recámara desde hacía meses. —Padre... tú... tú deberías estar muerto... —susurró Julián, cayendo de rodillas ante la inevitable y brutal realidad de que había sido cazado en su propia trampa.
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