El calendario no perdonaba, pero la memoria de la tierra guardaba cada paso en silencio. Tres años largos, pesados y calculados al milímetro habían quedado atrás en las sombras de la ciudad.
En la Hacienda Los Encinos, el tiempo no había traído paz, sino una lenta y segura descomposición. Las fachadas blancas de la casona principal comenzaban a mostrar grietas de abandono en las esquinas, y los campos del sur, antes rebosantes de oro verde, sufrían por la mala gestión y las deudas que ahogaban cada rincón del holding agrario. Julián de la Vega caminaba por el despacho principal con los nervios destrozados, el cuello de la camisa sudado y una copa de licor a medio vaciar en la mano. Los bancos exigían pagos inmediatos, los inversores internacionales se negaban a firmar sin la autorización definitiva del patriarca, y la salud mental de Julián pendía de un hilo delgado. Don Héctor seguía confinado en sus habitaciones privadas, cada vez más débil, atrapado en una agonía artificial que el propio Julián supervisaba con terror diario, temiendo que el viejo muriera antes de firmar el traspaso total de los bienes.
—¡Estúpida administración! —gritó Julián, arrojando un legajo de papeles al suelo mientras Valeria, encostrada en el sofá con el rostro tenso por el aburrimiento y los caros perfumes, se encogía de hombros sin importarle nada.
Fue en ese preciso instante cuando el timbre principal de la hacienda resonó con un golpe seco, elegante e imperativo que hizo callar los gritos de Julián.
Los pesados portones de roble de la entrada se abrieron con un chirrido solemne. No era un cobrador ni un peón asustado.
La mujer que cruzó el umbral no llevaba ropas ajustadas ni la mirada huidiza de la muchacha a la que habían pisoteado tres años atrás. Elena caminaba con la calma absoluta de una dueña que regresa a inspeccionar su propiedad. Llevaba un traje sastre de alta costura en color n***o noche, de corte impecable, que estilizaba su esbelta y poderosa silueta. Su melena oscura caía suelta sobre sus hombros con ondas perfectas, y sus ojos, fríos y afilados como el filo de un bisturí, recorrían el vestíbulo con una soberanía absoluta. A su lado, un asistente ejecutivo cargaba un maletín de aluminio con los sellos oficiales del consorcio internacional Aethel.
Los criados que aún recordaban a la esposa sumisa se quedaron petrificados, abriendo la boca sin atreverse a emitir un solo sonido.
Julián, alertado por el silencio repentino de los pasillos, salió a los tropezones del despacho, con la copa temblándole en los dedos. Sus ojos recorrieron a la elegante mujer que se detenía justo en el centro del salón de mármol.
—¿Quién diablos son ustedes? —espetó Julián con la voz quebrada por la rabia y la inseguridad, dando un paso al frente—. Esta es propiedad privada de la familia De la Vega. Nadie puede entrar sin...
Elena se detuvo con lentitud. Giró el rostro, inclinó ligeramente la barbilla y dejó escapar una sonrisa tan helada que hizo que la sangre de Julián se congelara al instante en las venas. Con un movimiento elegante, se quitó los lentes de sol oscuros y clavó en él una mirada que contenía todo el hielo de la noche en que la arrojaron al lodo.
—¿Tan rápido te olvidas de tu propia casa, Julián? —su voz resonó cristalina, firme, llenando cada rincón del vestíbulo con la fuerza de un trueno—. Qué pena. Porque yo vine personalmente a cobrar la deuda... y a desalojar a los intrusos.