El aire de la mañana olía a tierra mojada y a miedo. En la gran mansión de Los Encinos, el silencio duraba poco.
Julián golpeaba la mesa del comedor con los nudillos, desesperado. Tenía los ojos inyectados en sangre por no haber dormido en toda la noche. Su padre, Don Héctor, seguía sin aparecer por ningún lado, y los guardias que había mandado a peinar los potreros regresaban con las manos vacías.
—¿Qué quieren decir con que no la encuentran? —les gritó Julián al capataz y a dos peones que se paraban con la cabeza gacha frente a él—. ¡Habló de la maldita sirvienta! ¡Fui yo mismo quien la encerró en el granero viejo! ¡Busquen en el río, levanten cada piedra, esa idiota no pudo evaporarse!
El capataz tragó saliva, apretando el sombrero entre sus manos rugosas.
—Patrón... revisamos el granero palmo a palmo. No hay rastro de ella. Solo encontramos esto tirado en la paja.
El hombre extendió la mano. Sobre su palma abierta reposaban jirones de tela beige, sucios de barro y manchados con una costra oscura de sangre seca.
Julián se quedó helado. Reconoció el vestido de inmediato. Era el mismo trapo barato que la madre de Elena le había obligado a remendar para la boda, el que le apretaba el pecho y la hacía lucir torpe. Una punzada fría le recorrió el estómago, no por lástima, sino por puro pánico. Si Elena se había arrastrado fuera de la hacienda y moría en el camino por el frío de la tormenta, el cuerpo aparecería tarde o temprano. Y si la policía abría una investigación por abandono de persona, su nombre saldría a flote.
—Escúchenme bien —ordenó Julián, bajando la voz con una furia contenida que hacía temblar sus propios labios—. Nadie dice una sola palabra de esto afuera. Si alguien pregunta por ella, dirán que huyó por vergüenza, que no soportó la presión de ser una De la Vega. ¿Quedó claro?
—Sí, patrón —respondieron los peones a coro, antes de darse media vuelta y salir corriendo del comedor.
Desde el marco de la puerta, envuelta en una bata de seda carmesí que se amoldaba a su esbelta figura, Valeria soltó una risita burlona mientras se limaba las uñas con parsimonia. Se acercó a Julián y pasó los brazos alrededor de su cuello, dejando escapar un suspiro de alivio falso.
—Ay, mi amor, te ahogas en un vaso de agua —murmuró Valeria, pegando su cuerpo al de él—. Esa pobrecita no tenía a dónde ir. Si salió a la tormenta anoche, el frío la habrá matado en diez minutos. Des hazte de ese dolor de cabeza. Lo único que importa ahora es tu padre.
Julián se frotó la frente con desesperación, sintiendo que las sienes le latían con fuerza.
—Si mi padre no aparece antes del viernes, los banqueros de la capital van a congelar las cuentas del holding agrario —susurró él, con los dientes apretados—. Y el viejo todavía no ha firmado el testamento definitivo. Si muere intestado, un porcentaje grande se va a las cuentas secundarias de la familia... y yo necesito el control absoluto de Los Encinos para pagar las deudas del juego.
—Pues que muera —respondió Valeria con total ligereza, sin importarle que las paredes de la casa tuvieran oídos—. Llevamos meses dándole sus gotitas especiales en el té de la noche. Su corazón ya no aguanta más, Julián. Unos días más y este imperio será exclusivamente nuestro. Nadie podrá quitárnoslo.
Julián asintió despacio, tragándose el nudo de culpa que de vez en cuando intentaba morderle la conciencia. El dinero, el poder y el deseo de aplastar a todos los que lo habían mirado por encima del hombro valían cualquier pecado. Lo que ninguno de los dos sabía, lo que jamás se atreverían a imaginar en ese momento de arrogancia, era que la mujer a la que acababan de dar por muerta en el lodo ya iba rumbo a la ciudad con la prueba exacta que los llevaría directos a la horca.
A cincuenta kilómetros de allí, en un pequeño laboratorio clandestino donde las luces fluorescentes zumbaban con un sonido agudo, Elena abrió los ojos con una claridad feroz.
Tenía las manos firmes. Ya no temblaban como cuando sostenían el vestido ajustado en la fiesta de compromiso. Delante de ella, sobre una mesa de metal pulido, descansaban los frascos de cristal que había sacado del abrigo de Don Héctor y el sobre con los extractos del veneno.
Colocó una muestra bajo el lente del microscopio. Ajustó la perilla metálica con dedos precisos, entrenados durante años en el silencio del campo y en los libros prohibidos que su abuela le legó antes de morir.
Al ver la reacción química en la pantalla del equipo, el rostro de Elena se endureció hasta parecer de piedra.
—Ricina pura combinada con acónito sintético... —murmuró para sí misma, con una voz tan fría que helaba el aire de la pequeña habitación—. Qué elegante manera de simular un infarto natural, querido esposo. Qué forma tan perfecta de matar a tu propio padre sin mancharte las manos de sangre directamente.
Elena se apartó del microscopio y cruzó los brazos sobre el pecho. No había lágrimas en sus ojos. El dolor de haber sido humillada, pisoteada y arrojada a la tormenta como si fuera basura se había transformado en un fuego limpio, silencioso y letal.
Se tocó el vientre por un segundo, sintiendo una punzada de advertencia que la obligó a respirar hondo. No estaba sola. Ya no era solo la hija de unos deudores arruinados; era una sobreviviente con un arma en las manos y una deuda pendiente que pensaba cobrar hasta el último centavo.
—Me llamaste monstruo gordo. Me dijiste que solo servía para espantar a la gente —susurró a la pared vacía, mientras una sonrisa peligrosa curvaba la comisura de sus labios—. Disfruta el tiempo que te queda en mi hacienda, Julián. Porque cuando vuelva a cruzar esas puertas, no voy a pedir clemencia. Voy a cobrarme la vida que me robaste.