Capítulo 4

562 Palabras
El frío de la madrugada mordía la piel, pero el verdadero peligro no estaba en el clima, sino en la casa grande. —Si te vas ahora, Julián te cazará como a un perro —advirtió Don Héctor, apretando la mandíbula mientras la sangre volvía a teñir sus dedos—. Mi hijo es un cobarde, pero tiene los ojos puestos en cada salida de la finca. Elena se ató el cabello en un nudo apretado, ignorando el dolor de sus propias manos lastimadas. Miró los viales de veneno que guardaba en el bolsillo con una frialdad que asustaría a cualquiera que la hubiera visto temblar la noche anterior. —Que me busque —respondió ella sin apartar la mirada—. Lo que él no sabe es que cavó su propia tumba en el momento en que me encerró aquí. Sin decir una palabra más, Elena empujó el pestillo lateral del granero. La puerta cedió con un chirrido silencioso que se perdió entre el último rugido de la tormenta. Se deslizó hacia la oscuridad de los matorrales, desapareciendo antes de que el primer rayo de sol tocara los campos de Los Encinos. A las siete de la mañana, el escándalo sacudió la hacienda. Julián de la Vega caminaba de un lado a otro en el comedor principal, con el rostro desencajado y una copa de whisky en la mano. La peor pesadilla de su vida no era que su padre hubiera desaparecido, sino que el cuerpo del viejo no aparecía por ningún lado. Y lo peor: cuando mandó a abrir el granero para burlarse de Elena, el lugar estaba vacío. Solo quedaban jirones de tela ensangrentados. —¿Cómo que se fue? —le gritó Julián al capataz, con la cara roja de furia—. ¡Estaba medio muerta de frío! ¡Revisen los linderos, busquen en el río! ¡Esa estúpida no pudo llegar lejos! Valeria, sentada en el sofá de terciopelo con una bata de seda, se limaba las uñas con fingida calma, aunque sus ojos delataban nerviosismo. —Tranquilo, mi amor —murmuró ella, estirando los labios en una sonrisa cínica—. Seguro huyó por vergüenza. ¿Quién querría quedarse en una casa donde todos la desprecian? Además, con la salud de tu padre empeorando cada día, pronto todo este imperio será nuestro. No te preocupes por una sirvienta hambrienta. Julián se frotó las sienes, intentando calmar la paranoia que le zumbaba en los oídos. Tenía razón. Su padre llevaba semanas debilitándose, tosiendo sangre a escondidas, y el testamento principal aún no había sido firmado ante los notarios de la capital. Si el viejo moría hoy de causas naturales, él heredaría hasta el último centavo. Pero no sabían la verdad. A cincuenta kilómetros de allí, en una clínica clandestina en medio de la ciudad, Elena abrió un maletín de cuero gastado frente a una mesa metálica iluminada por una lámpara de luz blanca. Con manos expertas, colocó los viales de veneno bajo el microscopio. Al ver la reacción química en el lente, una sonrisa peligrosa curvó sus labios. —Julián... me diste una vida de humillaciones —susurró para sí misma, mientras guardaba las pruebas firmadas y selladas en un sobre notarial—. Ahora prepárate, porque voy a devolverte cada centavo con intereses de sangre. Tres años pasaron como un parpadeo de sombras y silencios.
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