El aire dentro del granero se volvió irrespirable. Don Héctor intentó incorporarse, apoyando el peso sobre su codo sano, pero una punzada de dolor agudo en el costado lo obligó a contener un gruñido. A pesar de la debilidad, sus ojos oscuros —frios, calculadores y ahora cargados de una peligrosa lucidez— se clavaron en la silueta de Elena en la penumbra.
—Pruebas —exigió el patriarca con un hilo de voz que aún conservaba toda su autoridad—. Muéstrame lo que tienes en las manos antes de que la fiebre termine por cerrarme los ojos.
Sin vacilar, Elena sacó uno de los viales de cristal y lo acercó lo suficiente para que la luz pálida que se filtraba por las rendijas de la puerta dejara ver el líquido ámbar.
—Esto no es un analgésico, Don Héctor. Es el veneno que corre por sus venas desde hace al menos tres meses —explicó ella, con una calma helada que desconcertó al hombre más temido de la región—. Alguien en su propia casa, alguien con acceso directo a su alcoba y a su servicio privado, ha estado administrando dosis exactas de acónito y ricina en sus infusiones nocturnas. Los médicos de la capital creen que su corazón está fallando por la edad. Pero no es su corazón. Es su propio heredero matándolo a plazos.
Don Héctor apretó los dientes, sintiendo que la rabia superaba al dolor de la herida de bala. Las piezas encajaban con una precisión brutal: los mareos repentinos, la fatiga crónica que había intentado ignorar y la prisa inusual con la que Julián venía presionando para firmar la reestructuración del fideicomiso agrario. Su propio hijo, criado para heredar el imperio, había decidido saltarse los tiempos de la sangre con una cuchara y un veneno.
El patriarca alargó una mano grande, callosa y manchada de sangre seca, y sujetó con firmeza la muñeca de Elena. No para intimidarla, sino para sostenerse.
—Julián es un cobarde sin agallas para planear algo así solo —masculló el patriarca, con la mandíbula tensa—. Tiene cómplices dentro de la administración. Y si salimos de este granero ahora mismo, los dos seremos blancos fáciles. Para ellos, tú ya estás muerta de frío... y yo habré desaparecido en la tormenta.
Elena miró la mano de Don Héctor sobre su muñeca. El pulso del hombre era fuerte, testarudo, aferrándose a la vida con la misma fuerza con la que gobernaba Los Encinos. En ese instante, comprendieron que compartían el mismo enemigo.
—No vamos a salir juntos —respondió Elena con una resolución que hizo que el patriarca la mirara con un destello de genuina fascinación—. Usted se quedará aquí hasta el amanecer, fingiendo estar al borde de la muerte si es necesario, mientras los peones lo encuentran "por accidente" buscando refugio. Y yo... yo voy a desaparecer por la puerta trasera antes de que salga el sol.
—¿Desaparecer? —Don Héctor arqueó una ceja, a pesar del dolor—. Julián te buscará hasta debajo de las piedras para asegurarse de que no hables sobre lo que viste anoche en la fiesta. Te convertirá en el chivo expiatorio perfecto de su atentado.
Una sonrisa imperceptible, fría y afilada como el filo de un bisturí, se dibujó en los labios de Elena en la oscuridad.
—Que lo intente. Cuando vuelva a cruzar las puertas de esta hacienda, no va a encontrar a la muchacha sumisa que firmó un contrato de deuda... va a encontrar a la única persona capaz de destruir su imperio desde los cimientos.
Afuera, el trueno final de la tormenta sacudió los cimientos del granero, anunciando el fin de la noche y el comienzo de una guerra silenciosa que cambiaría para siempre el destino de los De la Vega.