Apenas salí de mi sesión, me sentí harta de volver a casa. Le pedí al señor Torres que me llevara a dar una vuelta.
—¿A dónde quiere ir, señora?
—Triana, Torres, Triana.
—¿A dónde quiere ir, señora Triana? —rodeé los ojos y le dije que solo siguiera por aquella calle. Recordaba perfecto que en unas cuatro cuadras más, estaba el edificio de los Asturias.
Apenas le dije que se detuviera, miré por la ventana, atenta a cualquier cosa. Vi llegar a Aleix, su hermano. Estaba igual que siempre, con ese rostro pequeño y que daba un aspecto tierno. Pero sabía perfecto que Aleix era un desgraciado igual que sus hermanos.
—Ya vámonos, señor Torres —le dije después de unos veinte minutos.
Quería pedirle disculpas a Titán, porque prefería pensar que alguna razón tenía para no decirle nada a su hermano ante sus demostraciones de afecto para conmigo. Después de todo, ellos tenían una historia con aquella chica, Valca y me imaginaba que su actitud era parte de eso, que no tenía nada que ver conmigo. Por otro lado, estaba en mí detener cualquier actitud que no me gustara, eso me decía siempre mi psicóloga. Yo tenía el poder para decir no.
El señor Torres me llevó al edificio de los King y me dijo que me esperaría el tiempo que fuera necesario. La verdad, no quería volver sola a casa, así que, le agradecí por hacerlo.
—Es mi trabajo, señora Triana, llevarla sana y salva de vuelta a la casa.
—Gracias, señor Torres. Vuelvo en unos minutos.
Me anuncié como Triana King y la recepcionista me confundió. Fue gracioso y a la vez molesto. ¿Acaso no sabían que Titán estaba casado?
—Soy la esposa de Titán, no su hermana —le dije, cuando me preguntó si era la hermana de los señores King.
—¡¿La esposa?! Discúlpeme, no sabía que el señor King estuviese casado.
—Así veo. ¿Puedo subir entonces?
—Discúlpeme, pero debo anunciarla de igual manera.
—Está bien, haz tu trabajo —le dije ya cabreada. Ese día no me encontraba bien de ánimo ni de actitud, la cual era una mierda. Pero no podía controlarlo y mi psicóloga me había dicho que viviera todo el proceso de mis emociones. Bueno, eso mismo estaba haciendo.
Después de diez interminables minutos pude subir, pero acompañada por la misma recepcionista, quien cabe mencionar, dejó a la otra recepcionista a cargo del lugar. Supuse que lo hacía por chismosa, para comprobar si era o no la esposa del jefe.
—Lamento la demora, señora, pero vienen muchas mujeres diciendo que son novias, esposas, hermanas de los señores King —me dijo un poco apenada.
—¿Ah sí? ¿Cuántas? —me crucé de brazos.
—Mmm, serán unas diez al mes.
—¿Y te dijeron que debías subir con cada una de ellas?
—Oh no, no me lo dijeron.
—Entonces ¿qué haces aquí conmigo? —la miré arqueando una ceja. La tipa se puso nerviosísima, pero no me alcanzó a responder, porque justo se abrieron las puertas del lugar. Ni siquiera lo pensé dos veces y salí del ascensor. Titán justo venía caminando por un pasillo con cara de pocos amigos, una mano en su bolsillo del pantalón y con paso firme, sexy y enojado. Lo seguía una chica joven, que parecía su secretaria. Como lo vi enojado, supuse que me recibiría mal, pero no fue así.
—¡Mi amor! ¿Sucedió algo en casa? —me dijo apenas estuvo frente a mí. Tomó mi rostro con sus dos manos y me dio un tierno y corto beso en los labios. Bueno, me gustó que lo hiciera, porque solo así la recepcionista dejaría de molestar.
—Nada malo, cielo —le contesté con una media sonrisa. Vi un pequeño gesto en su rostro al llamarlo cielo. Solo lo había hecho para que todas y todos supieran que yo sí era su esposa. Por nada más, obviamente.
—Carmín, no me pases llamadas y cancela todas mis reuniones de hoy. Estaré con mi esposa en la oficina. Tampoco me molestes —tomó mi mano y comenzó a caminar hacia la que supuse, era su oficina.
Mientras me llevaba por el mismo pasillo en el que lo había visto llegar, veía escritorios con rostros curiosos, mujeres con ropa muy sugerente y faldas cortísimas. Ahí me di cuenta de lo mal que estaba vestida, con ropa para ir al gimnasio, porque me sentía cómoda con ella, aunque no movía ni un dedo, mucho menos iba al gimnasio.
Apenas entramos a su oficina y cerró la puerta del lugar, me tomó de la cintura para atraerme a su cuerpo y besarme apasionadamente. Le respondí el beso, porque siendo honesta, me gustaba su forma de besar o, mejor dicho, su forma de besarme con intensidad. Me hacían sentir bien sus besos, además, era mi forma de disculparme en ese momento.
—Lamento mi enojo de esta mañana —dijo, cuando cortó el beso.
—Mmm, si me vas a pedir perdón con este tipo de besos cada vez que discutamos, pues no me molesta que te enojes —dije para molestarlo, cosa que lo hizo reír —. También me disculpo por lo de esta mañana. No quiero que seas malo con Amalia y tu hermano —tomé su rostro y lo miré.
—Lamento lo de mi hermano. Es solo que… —suspiró —está pasando por una etapa, como siempre. Con respecto a Amalia, la despediré.
—¡¿Qué?! No quiero que la despidas, al menos, no aún. Aunque tú no lo quieras ver, ella está…
—Ya lo sé, ¡enamoradísima de mí! —dijo burlándose y yo me reí.
—¿No me crees?
—No. Ella ni siquiera me conoce en profundidad, como tú. No puede estar enamorada solo de esto —indicó su rostro con la mano.
—¡Oh, por dios! ¡Qué vanidoso eres, Titán! —me reí.
—Solo tú deberías enamorarte de mí. Sé que algún día lo harás —me quedé mirándolo sin decir nada. Esperaba que algún día eso sucediera —. ¿Solo viniste a lucirte como mi esposa?
—Vine a disculparme, pero me llevé la sorpresa, de que la recepcionista no sabía que su jefe estaba casado —lo regañé con cada palabra.
—En este piso todos saben que me casé —se encogió de hombros.
—Pero la chica que debería haberme dejado pasar sin ningún problema, no lo sabía.
—Me disculpo por eso también.
—Disculpado —me soltó y caminó hacia su escritorio, en donde levantó el teléfono y llamó a su secretaria.
—Carmín, quiero que todos sepan en esta empresa, que mi esposa se llama Triana Lennox y que puede entrar y salir de este edificio las veces que se le dé la gana. Gracias —y cortó. Me quedé sorprendida por sus palabras, porque… porque él jamás me dio mi lugar, como lo estaba haciendo Titán —. ¿Tienes hambre? —me dijo sonriente.
—Sí —le contesté ¿feliz? O quizá era sorpresa.
—Pues vamos. Abrieron un restaurante de malteadas a la vuelta de la esquina, que siempre he querido probar —tomó mi mano y salimos de la oficina como si nada hubiese pasado.
Por segunda vez, me sentí agradecida con Titán. La primera había sido, cuando dijo que me quería ayudar a salir del hoyo en el que estaba metida. Así que, eso mejoró bastante mi estado de ánimo y estuve muy comunicativa con él, mientras estábamos en nuestra cita de malteadas, como Titán le había llamado a ese momento de los dos.
Conversamos mucho, besó mi mano muchas veces y yo solo sonreí ante su afecto y cariño. La mesera quiso llamar su atención, pero no lo logró. Él siempre dijo que yo era su esposa, “¿qué vas a querer mi amor?”, “mi esposa quiere comer esto”, “olvidaste esto otro, que mi esposa pidió”. Siempre recalcando quién era yo. Eso me había gustado y me había hecho sentir bien.
Pero ya decía yo, que ese día estaba extraño desde que había puesto un pie fuera de la cama. Apenas llegamos al ascensor de su edificio y vimos que nadie más subió, nos besamos como si fuésemos unos adolescentes. Ni siquiera nos importó que hubiese cámaras vigilando nuestros movimientos. Además, eran simples besos, nada s****l. Él me había pedido que me quedara en su oficina todo el día e incluso se lo había dicho al señor Torres, así que, no me quedaba de otra que hacerle compañía. Pero, apenas bajamos del ascensor tomados de la mano, la recepcionista del piso le dijo a Titán que lo estaban esperando en su oficina.
—¿Quién?
—Su hermano y una señorita —le contestó la chica. Miré a Titán y pude ver cómo su rostro se fue deformando conforme imaginaba quién podía ser. ¿Su hermano y una señorita?
Titán no soltó mi mano, pero comenzó a caminar rápido hacia su oficina. Veía su rostro enojado y ahí me di cuenta, de que esa visita no era para nada agradable. Abrió la puerta sin soltarme aún y su hermano estaba de pie, mirando por el ventanal enorme que había en la oficina.
—Hola, Titán —miré a la chica y era ella, aquella mujer que había dejado mal a Aldebarán.
—¡Carmín! ¡Carmín! —comenzó a llamar a su secretaria furioso, quien llegó corriendo y asustada —. ¡¿Quién mierda la dejó entrar?!
—¡Señor King! ¡Disculpe! Yo…
—¡Fui yo! —dijo Aldebarán de repente. ¿Qué acaso no lo había hecho sufrir? No entendía nada.