Edward, mi jefe, mantuvo su mirada sobre mí un buen rato. Yo no sabía qué decir. ―¿Qué pasa? ―le pregunté al fin, un poco incómoda con su escrutinio. ―¿Cómo estás? Es decir, ¿cómo te sientes hoy? ―Bien. Mucho mejor que otros días. ―¿Y todavía te quieres ir? ―No, en realidad no me quiero ir. Nunca me he querido ir. O sea, ayer en mi sueño, sí, pero solo porque estaba enojada, irme no ha sido una opción para mí, aquí estoy muy bien, me siento muy querida. ―Eso me alegra. ―¿A ti no te molesta que yo…? Al final, si sigo así vas a tener que contratar una reemplazante para mí. ―No, si no eres tú, no quiero a nadie a mi lado ―respondió mirando al suelo. ―Quizá mi reemplazo sea tu Victoria. Alzó su cara y me miró. Sin levantarse del todo del sillón en el que estaba, se acercó ha

