Edward no llegó aquel día. Esa noche no escribí, no pude. Quería respuestas, me sentía incómoda con esa especie de secreto entre todos en esa casa, como si todos supieran que yo era quien estaba destinada a escribir, no solo la historia de Edward Blanche, también su destino.
De pronto, mi móvil sonó con una llamada entrante.
―Por fin contestas ―me dijo Rita al otro lado de la línea.
―Rita, hola, ¿cómo estás?
―Echándote de menos. Te he mandado millones de mensajes y no me has contestado ninguno.
―Perdón, no he tenido tiempo.
―¿Eres esclava en esa casa que no tienes cinco minutos para contestarle a una amiga?
―No es eso, es que me puse a leer un libro muy bueno y resulta que me enganché tanto con la lectura que me olvidé de todo, hoy día me desperté a las nueve y media.
―¿Qué? ¿Te quedaste dormida? ¿Se enojó mucho tu jefe?
―No, mi jefe no estaba, no sé cómo lo irá a tomar cuando llegue.
―¿Estás sola en esa casa?
―No, hay muchos empleados. Gracias a Dios no estoy sola, porque es un castillo, esto no es una casa, parece una miniciudad con todo lo necesario dentro. Yo tengo mi propio baño y un dormitorio del porte de todo mi departamento.
―Ah, estás súper mal ―se burló mi amiga.
―Uff, no te imaginas cuánto ―contesté del mismo modo guasón.
―Y tu jefe, ¿es muy viejo?, ¿muy gruñón?
―No, para nada, debe tener veintimuchos, treintaypocos.
―¿Y es guapo?
―Súper guapo. Es altísimo, tiene los ojos verdes más lindos que te puedas imaginar y una sonrisa de ensueño.
―Wow...
―Sí, wow. Lo mismo pensé cuando lo vi.
―¿Y cuándo se enamoran?
―¡Es mi jefe! No puedo enamorarme de él, pertenece a una familia billonaria de alta alcurnia, es de pedigrí puro, su familia tiene como mil años.
―¿Y eso qué? El amor no sabe de rango social.
―Sí, pero es demasiado para mí. Además, no creo que se pueda enamorar de mí, yo soy una chica salida de la nada, ni siquiera tengo casa y él tiene un castillo y quizá cuántas cosas más.
―Eso no tiene nada que ver, el amor no sabe de plusvalía. Tú eres un poquito baja, sí, bastante se podría decir, ¿cuánto mides? Le debes llegar al ombligo ―me dijo con una risotada.
―¡Oye! ―Me largué a reír―. En realidad, algo así. Le llego debajo de los hombros.
―La pareja ideal. Tienes que enamorarlo.
―No, ¿y perder mi trabajo soñado por una tontería?
―No tienes por qué perder tu trabajo, puede convertirse en amor verdadero.
―Prefiero no arriesgarme.
―Bueno, como digas, podría ir yo y enamorarlo para mí entonces.
―¡Loca! ¿Cómo vas a venir? Esta no es mi casa para traer invitados.
―Pero podrías preguntar, quiero ver si mi amiga está bien.
―Estoy bien, yo te lo digo.
―¿Y si me mientes y estás amenazada de muerte para no hablar? No contestas los mensajes, este fin de semana no viajaste...
―¿Y a dónde iba a ir? No tengo casa, ¿lo olvidas?
―Yo te dije que podías vivir conmigo, tú no quisiste.
―No quería molestar.
―Pero puedes venir el fin de semana y quedarte aquí, no hay problema.
―Bueno, te voy a ir a ver el próximo fin de semana si puedo.
―¿Si puedes?
―Es que, si hay mucho trabajo, no podré ir a la ciudad.
―Ojalá no tengas mucho trabajo siempre, si no, voy a pensar que te tienen secuestrada en ese castillo.
―No me tienen secuestrada, estoy muy bien atendida. ¿Sabes lo que es no tener que hacer nada en la casa? No tengo que llegar a cocinar, ni tomar metro, ni luchar contra el tráfico. Aparte que tienen una biblioteca gigante, como la de la Bella y la Bestia, tienen una pieza para pintar, otra de música, un gimnasio. Hasta tienen un mayordomo, Ian, que es como un padre, está pendiente de todo lo que necesito.
―Manda fotos para que te crea que estás bien.
―Bueno, te voy a mandar fotos.
―Y la próxima vez, haremos una videollamada, quiero verte.
―Bueno.
―Ya, amiga, te dejo, si te llamaba un ratito, cuando puedas hablar, me avisas, tú sabes mis horarios.
―Bueno, pero no te preocupes por mí, estoy muy bien.
―Chao, amiga, te quiero.
―Chao, que estés bien.
Cortamos y me quedé pensando, Rita había sido mi compañera de trabajo, era la única con la que conversaba y salíamos de vez en cuando. Miré mi celular, sí, tenía muchos mensajes de ella, mensajes que no había visto antes, quizá porque había dejado de lado mi teléfono por estar pendiente de Edward Blanche, de mi trabajo y de mi nueva vida.
Esa noche Edward Blanche no se me apareció.
Me desperté a las seis de la mañana.
―No hay caso conmigo, o me despierto muy antes o muy atrasada ―me reprendía a mí misma en voz alta.
Salí de la habitación a eso de las ocho y media.
―Buenos días, señorita, ¿cómo amaneció?
Me sorprendí, cada día Ian parecía saber a la hora que saldría de mi cuarto.
―Buenos días, Ian, dormí bien, pero me desperté a las seis, ¿y usted?
Caminamos a paso lento hacia la cocina.
―Yo dormí muy bien, como siempre. ¿Y por qué se despertó tan temprano? ¿Alguna pesadilla?
―No sé, solo desperté y ya no pude volver a dormir. ¿Y Edward?
―No ha llegado, debería volver a mediodía.
―Gracias.
Yo fui quedando atrás, caminaba despacio, las piernas me pesaban.
―¿Le pasa algo? ―me preguntó Ian, que se detuvo y me miró.
―No, es que estoy un poco cansada.
―Si quiere, vuelva a dormir.
―No, no pude seguir durmiendo.
―Algo más le pasa, ¿no es verdad? Parece triste.
―No sé, me siento un poco rara, sí, como desganada.
―No se vaya a enfermar, ¿por qué no se acuesta y pido que le lleven el desayuno?
―No, ayer ya me levanté muy tarde y otra vez... No. Estoy bien, gracias.
Ian accedió y enlazó su brazo al mío para ayudarme a caminar. Entramos a la cocina y tras el desayuno me llevó al despacho, según me dijo, quería asegurarse de que yo estaba bien.
―Muchas gracias, Ian.
―Ya lo sabe, si necesita acostarse, no se haga problema y si se siente mal, debe avisar, el señor Edward contrató a una persona no a un robot y dudo mucho que él quisiera que usted trabajara si se siente mal.
―Está bien, le haré caso.
Ian asintió con la cabeza, me sonrió y salió del despacho sin cerrar la puerta.
Poco antes de la una, entré a la cocina, estaba Anna y Patrice allí.
―¿Llegué muy temprano? Parece que hoy día mi reloj anda adelantado.
―No, no, está junto a tiempo. Ya vamos a servir.
Ian entró en la cocina.
―¡Señorita Francis! ―exclamó al verme ahí―. Pensé que tendría que ir a buscarla para comer como siempre.
―No, creo que hoy mi reloj anda adelantado.
―¿Y cómo se siente?
―Mejor.
―Después de almuerzo podría dormir una siesta.
―No, tengo trabajo, prefiero dormirme temprano.
―Como quiera, pero si no se siente bien, me avisa y se va a acostar.
―No, cuando llegue mi jefe va a creer que me estoy aprovechando.
―No creo que lo piense, al contrario, creo que se preocupará mucho si se entera de que ha estado enferma y no se ha cuidado.
―No estoy enferma, solo estoy un poco cansada, si estuviera en la ciudad, en mi antiguo trabajo, tendría que ir igual, aquí por lo menos estoy en la misma casa y tengo que salir.
―Ya lo sabe, si quiere ir a descansar, solo debo hacerlo.
―Gracias.
La hora de almuerzo pasó entre conversaciones triviales y a las dos volví a la oficina.
Cerca de las cuatro de la tarde, recibí un mensaje de Rita.
Rita: Hola, ¿cómo estás? Cuando puedas, háblame, no me has mandado fotos, si no me hablas pronto, pensaré que estás secuestrada e iré yo misma a buscarte a esa casa.
Iba a contestar, pero no supe qué decirle. Le había prometido fotografías, pero me daba vergüenza sacar fotos, me sentiría como una espía en esa casa que me había acogido con tanto cariño.
Un mareo se apoderó de mí y, por un momento, creí que me caería de la silla. Respiré hondo, pero no se me pasó. Sin pensar más, toqué la campanilla. Ian llegó casi de inmediato.
―¿Le pasa algo, señorita? ―me preguntó alterado.
―Estoy mareada.
―Permítame ayudarla, la llevaré a su habitación.
El hombre se acercó y me hizo apoyar en él para levantarme. Un vértigo aún mayor me hizo abrazarlo y esconder la cara en su pecho.
―Me siento mal.
―Tranquila, tranquila, todo estará bien. Venga, recuéstese en el sofá.
Me llevó hasta allí y me ayudó a acostar. Él se fue hasta el escritorio y tocó la campanilla. Segundos después, apareció Patrice.
―¿Qué pasa, Ian? ¿¡Qué le pasó a la señorita?! ¿Se siente mal? ―le preguntó alarmada.
―Está con vértigo, hay que llamar al doctor.
―Lo llamaré enseguida, ¿necesitan algo más?
―Por el momento, no. Ve, por favor.
La mujer salió de la oficina mientras Ian empapaba su pulcro pañuelo en agua. Se acercó a mí y me lo colocó en la frente.
―Tranquila, niña, todo estará bien.
―Todo me da vueltas.
―¿Pasó algo? ¿Habló con alguien?
―No, con nadie, no pasó nada. De repente me vino, fue muy fuerte, creí que me caería, todo daba vueltas.
―Ya, tranquila. ―Ian miró en derredor, como buscando algo.
―¿Pasa algo? ―le pregunté, si él necesitaba algo, aunque yo estuviera mal, podría indicarle.
―Nada, niña, nada. Tiene que estar tranquila. ¿Se le pasa?
―Algo.
Un hombre de mediana edad apareció en la habitación.
―¿Quién es la paciente?
―Es ella, se llama Francis Smith, tiene un ataque de vértigo ―respondió Ian.
El médico se acercó a mí y tomó mi pulso. Sacó de su maletín un pequeño aparato para tomar mi presión.
―Tienes la presión muy alta, toma, ponte esta pastilla debajo de la lengua. Ya pasará. ―Esperó un momento mientras anotaba algo en una pequeña libreta―. Levanta la mano derecha ―me ordenó y yo obedecí―. Sigue mi dedo. ―Eso no lo pude obedecer, sentí que el techo giraba a toda velocidad―. Aprieta mi mano. ―Eso sí fue fácil―. ¿Podrías estar embarazada?
―No.
―¿Has tenido pareja los últimos meses?
―No, ya le dije que no estoy embarazada.
―Tengo que preguntar, muchas jóvenes no ven la conexión entre relaciones sexuales y embarazo, piensan que a ellas no les pasará.
―Yo no, yo sé bien cómo se hacen los bebés y no estoy embarazada ―respondí molesta, no era una niña para no saber, además, sentía que me avergonzaba frente a Ian.
―Lo siento. Tengo que mandarle a hacer unos exámenes ―le dijo a Ian.
―No hay problema, haz lo que tengas que hacer.
―Le dejaré un medicamento para el vértigo, pero mañana mismo debe hacerse una resonancia y varios exámenes de sangre.
El médico sacó las dos hojas del cuadernillo en el que había escrito y se las entregó al mayordomo. Sacó una caja de remedios y se la entregó a Ian.
―Estas se las debe tomar cada ocho horas.
―No hay problema.
―Ahora debe ir a acostarse, dudo que empeore con el medicamento, pero si lo hace, me avisan.
―Sí, gracias.
―Bueno, nos vemos, hasta luego.
El doctor salió del despacho.
―Bien, señorita Francis, ya sabe, a la cama. Vamos, yo la ayudo.
El hombre me ayudó a sentar y luego me apoyé en él para levantarme.
―¿Sigue con mareo?
―Ya no tanto.
―Bien, caminemos despacio, a su ritmo.
Nos tardamos como media hora en llegar a mi habitación.
―Le avisaré a Anna que la ayude a cambiarse.
―No es necesario...
―Sí lo es, espero que no se comporte como una niña caprichosa ―me advirtió con dulzura.
―Gracias, Ian, de verdad, muchas gracias, no sé cómo agradecerle ―le dije con lágrimas en los ojos, estaba muy emocional.
―No se preocupe, que se cuide es el mejor agradecimiento.
Tocó el timbre y en poco apareció Patrice.
―Las dejo solas, cualquier cosa, avise ―me indicó Ian antes de salir del cuarto.
Patrice me ayudó a cambiarme la ropa.
―Lamento dar tantos problemas ―me disculpé.
―No es problema, niña, no se preocupe.
―Apenas llevo una semana aquí y ya me enfermé, soy un desastre.
―No es un desastre, cualquiera puede enfermar, esas cosas no avisan.
―Sí, pero, así como voy, me van a echar rapidito de aquí.
―No diga eso, señorita, el jefe está muy contento con usted.
―Apenas me conoce y ya ves, aquí estoy, una molestia andante, hasta tuvieron que llamar a un doctor, yo creo que corrieron a buscarlo que llegó tan rápido.
Patrice rio.
―Él vive en una casita dentro de los terrenos del castillo, es el médico de la familia.
―¿Tienen médico de la familia?
―Sí, es el que nos atiende a todos. ¿Por qué le sorprende tanto? Aquí todo el mundo tiene uno. ¿Allá de donde viene no?
―¡No! Con suerte yo tenía que ir al servicio público y conseguir una hora era casi imposible.
―No tenía idea. Lo siento mucho. Aquí no tendrá que preocuparse.
―¿No te aburres aquí?
―Aquí tenemos todo lo que necesitamos, no nos hace falta nada.
―Eso es cierto. Yo tampoco quiero salir.
―Bueno, descanse, si necesita algo, nos avisa, estaremos al pendiente. De todas maneras, vendré a verla más tarde.
―Gracias, Patrice.
Ella se fue y yo cerré los ojos. Me volví a marear y los abrí. Con los ojos abiertos no me sentía tan mal. Me esperaba una larga tarde.