―¿Y cómo va con su novela, señorita? ―me preguntó Patrice en el almuerzo―. Ya estoy impaciente por leerla.
―Avanzando de a poco ―respondió con timidez―. Y no me llames señorita, por favor, ya se los he dicho muchas veces.
―Es que usted es...
―Una empleada como todos aquí ―la interrumpí.
―Bueno, como diga. ―Pude ver el intercambio de miradas entre ella y nuestro jefe, él aprobó con un leve movimiento de sus ojos. Lo dejé pasar.
―¿Y ya se encontraron? ―preguntó Anna.
―Sí, pero ella todavía no sabe que es Victoria. Pensaba escribirla desde un punto de vista general, pero ahora lo estoy cambiando para que sea desde el punto de vista de ella.
―Ojalá no se demore mucho en enterarse, él ha estado demasiado tiempo solo ―replicó Patrice.
―Sí, ¿verdad?, pero si se entera luego, no sería gracia, se acabaría la novela antes de empezar ―dije en tono de broma.
―Es que se pueden encontrar, puede que haya otros conflictos, como un triángulo amoroso ―propuso Mark.
―¡No! ―respondí tajante―. No me gustaría que él o ella tuvieran a otras personas, no sería justo.
―Es cierto, sería algo muy feo. ―Me apoyó Patrice.
―Quizá los conflictos pasen porque ella no acepta la condición de él, que le tema a lo que él es en realidad ―intervino Ian.
―Sí, eso sí puede ser, en algo así estaba pensando ―acepté―, en todo caso, en el libro no aparece si él tiene algún poder, se supone que sí, pero no lo especifica.
―Puede que él la visite de noche sin que ella lo sepa, como en Crepúsculo ―indicó Anna, con un gesto de romance.
―Sí, también ―respondí recordando al hombre que me visitaba por las noches y, por primera vez, creí que yo podría ser esa mujer, pero aparté esas ideas de inmediato, no debía olvidar que tan solo era una novela.
―Y no se olvide que debe aparecer Agnes, ella les hará la vida a cuadritos ―replicó Patrice.
―Sí, es cierto, no me debo olvidar de ella, aunque quisiera.
―Ella puede aparecer y que nadie la reconozca, solo cuando sea muy tarde y ya tenga todas las armas para ganar ―agregó Paul.
―Sí, pero el amor tiene que ganar ―repuso Anna.
―Obvio, si la idea es que la historia termine bien ―aceptó Paul.
―Sí, y esa mujer tiene que morir ―sentenció Patrice.
Yo miré a Edward, él se mantenía en silencio, sonriente, como si disfrutara de escuchar aquella conversación.
―Debe tener un buen final ―admití―, si no, perdería todo el sentido escribir un nuevo libro.
―Habría sido en vano todo el sufrimiento de Edward ―expresó mi jefe con esa expresión extraña tan suya.
Aquella noche, mientras escribía, lo esperé. Y esperé. Y esperé. No apareció. Ni una sola señal de él, ni del viento, ni de sombras. Nada. Todo estaba demasiado tranquilo. No pude seguir escribiendo.
Me dormí pensando en él, en ese desconocido que me visitaba, que quizás, incluso, velaba mi sueño.
Soñé con él y desperté pensando en una escena para mi novela. Un sueño me dio la clave para continuar. Abrí los ojos y me senté en la cama, tomé el cuaderno que tenía al lado de mi cama y decidí escribirlo enseguida antes de que se me olvidara el sueño y me quedara pegada en esa escena. Allí estaba, en una esquina de mi cuarto. Mi primer instinto fue gritar. No lo hice, él no era de temer. No me haría daño.
―¿Quién eres y qué quieres? ―pregunté en un hilo de voz.
Él tardó en responder, yo no podía hablar, toda mi fuerza se había ido en la frase anterior.
Levanté la mano para tocar el timbre.
―¿Es que no lo sabes ya?
―¿Eres Edward Blanche? ¿De verdad?
―Sí.
―¿Por qué te metes a mi cuarto?
―Porque tú estás escribiendo mi historia.
―No, no estoy escribiendo tu historia.
―¿No?
―Escribo de Victoria ―le dije envalentonada.
No podía ver su cara, pero me pareció ver que sonreía.
―Es lo mismo.
―¿Quieres que deje de hacerlo? ―pregunté mientras buscaba el interruptor de la lámpara de la mesita de noche.
―No enciendas la luz, por favor.
―Quiero verte.
―Aún no es tiempo.
―¿Te conozco?
No contestó. Su voz parecía distorsionada, así es que por su timbre tampoco podría reconocerlo.
―¿La encontraste?
―Ahora estoy seguro de que sí.
―¿No sabías si la habías encontrado?
―No. He pasado demasiado tiempo esperándola, añorando su presencia, pensé que era un fantasma, una ensoñación; ahora sé que es real.
―¿Ella lo sabe?
―No, temo a su reacción y no puedo decírselo.
―¿Crees que...?
―No quiero atemorizarla.
―¿Qué quieres que haga? ¿Puedo ayudarte?
―Basta con lo que haces. De ti depende el final que le des a esta historia. Nada está escrito, mi destino lo escribes tú.
―¿Cómo así?
―Lo que tú escribas se convertirá en realidad en mi vida.
―¿Por qué?
―Porque así lo estipuló mi hermana. Una mujer muy especial debía escribir el final de esta historia, has sido la única que se ha interesado en hacerlo.
―¡Edward Mansfield me lo propuso, no fue mi idea! ―repliqué, yo no era nadie especial para terminar esa historia, ¿y si cometía un error?
―Aun así.
―Siento decirte que no soy la persona que esperas, no soy bruja ni nada que se le parezca, soy una humana muy común y corriente; además, si fuera por eso, le pondría que ya la encontraste y que son felices para siempre.
―No es tan simple. Y tú no eres una mujer común y corriente, Francis Smith, eres mucho más que eso.
―¿Por qué no es tan simple?
―Porque debe ser una historia. Además, si tú no eres la que está destinada a escribir mi historia... No deberías estar aquí. Ese libro lo escribí en espera de la persona idónea para relatar el final. Agnes debe ser destruida, de otro modo, jamás podremos estar juntos y tranquilos con Victoria, siempre nos pesará su sombra.
Suspiré frustrada.
―Entonces, ¿dejo de escribir? Estoy segura de que no soy yo a la que esperas.
―¿Cómo lo sabes?
―Ya te dije, yo no soy bruja, ni descendiente de bruja, tampoco soy alguien especial, solo soy una chica que llegó a trabajar aquí porque no tenía adónde ir, soy una simple mortal, común y corriente.
―Yo no te veo como a una humana común y corriente, eres capaz de verme, aun cuando esté invisible, eso ya es mucho decir.
Me quedé de piedra ante esas palabras. ¿Cómo era eso de que lo veía si estaba invisible? Era imposible, él desaparecía de mi vista sin más.
―Logras verme por unos segundos antes de que desaparezca de tu vista, Francis ―me dijo como si hubiese leído mis pensamientos―, nadie es capaz de hacerlo, yo puedo moverme por este castillo sin que nadie note mi presencia. Y cuando digo nadie, es literalmente nadie.
―¿Me vas a lastimar? ―Se me ocurrió preguntar.
―¡Por supuesto que no! ¿Qué clase de monstruo crees que soy?
―Yo solo pregunto.
―No, no te quiero hacer daño, al contrario, quiero protegerte.
―Protegerme ¿de qué?
―¿Crees que soy el único eterno en este cuento? Ya deberías saber que no.
―¿Cómo?
―¿Tú crees que Agnes me dio la eternidad por nada?
―¿Ella sigue viva?
―Sí.
―¿La conozco?
―En realidad no lo sé, no tengo idea de dónde buscarla.
―¿Tienes poderes?
―Sí.
―¿Cuáles?
―Varios.
―¿Por qué yo tengo que escribir tu historia?
―Piénsalo, ¿por qué llegarías a esta casa y te interesarías por esta historia? Tú eres la elegida para luchar contra ella.
¿Yo, luchar contra esa bruja malvada? No puedo decir que me asusté, tampoco lo siguiente, fue puro terror.
Me eché hacia atrás en la cama y me apoyé en el respaldo. Cerré los ojos, no me imaginaba cómo podía luchar contra esa malvada mujer.
Abrí los ojos, ya era de día. Estaba acostada y tapada. ¿Había sido solo un sueño? Miré la hora, ¡las nueve y media! No había escuchado la alarma.
Me levanté y me di una ducha muy rápida para bajar lo antes posible para trabajar. En la escalera me detuvo Ian.
―No corra así, se puede tropezar y caer ―me advirtió y me detuve―. Buenos días, señorita Francis. ¿Durmió bien?
―Buenos días, Ian... ¡Me quedé dormida! ¿Dijo algo el señor Mansfield?
―¿El señor Mansfield?
―Debe estar muy enojado, ¡vivo aquí y voy atrasada!
―Ni siquiera se ha enterado de su atraso.
―¿Qué? ¿Cómo?
―Tuvo que salir de urgencia esta mañana, se fue a las seis.
―Pero igual lo va a saber.
―No creo que se moleste.
―Son las diez de la mañana, Ian, ¿cómo no se va a molestar? Llevo más de una hora de atraso.
―Si tan preocupada está, no es necesario decirle.
―Tampoco quisiera mentirle.
―Quédese tranquila, dudo mucho que él se enoje. Venga a tomar desayuno, después se va a trabajar.
―¿Y atrasarme más? No, gracias ―respondí angustiada.
―Creí que su contrato no establecía horarios.
―No los establece, pero de todas formas tengo que cumplir con mi trabajo ―respondí más ruda de lo que pretendía, Ian me miró herido, quizá pensó que me había enojado con él, cosa que no era así.
―Está bien, vaya a trabajar ―accedió dándose por vencido.
―Gracias ―le dije y me puse de puntillas para darle un beso en la mejilla, menos mal que estaba un peldaño más arriba que él, de otro modo, no habría podido hacerlo.
Bajé la escalera con cuidado, pero en cuanto estuve abajo, me puse a correr.
Diez minutos después, entró Anna con una bandeja, yo había dejado la puerta del despacho abierta, no quería estar encerrada y sola en ese lugar, me agobiaba estar en esa oficina tan grande sin Edward, aunque no habláramos en toda la jornada, su sola presencia era reconfortante.
―Señorita, le traigo su desayuno ―me dijo.
―Gracias, Anna, pero...
―Ian me aleccionó de no irme hasta que lo aceptara.
Sonreí, Ian no me dejaría tranquila hasta que no comiera, siempre me regañaba por ello.
―Está bien, gracias.
―De nada, si necesita algo más, por favor, avísenos.
―Sí, gracias.
Anna se fue y yo miré mi desayuno: tostadas con palta y un café.
―Gracias, Ian, moría de hambre ―hablé sola, para variar.
Seguí trabajando y a la una y diez, Ian entró a la oficina.
―Señorita, el almuerzo está listo ―me informó.
―¿¡Ya?! ¿Qué hora es?
―La una y diez.
―No me di cuenta, lo siento, voy.
Dejé el computador abierto y seguí a Ian.
―¿Cómo estuvo su mañana? ¿Mucho trabajo atrasado? ―me preguntó con algo de burla.
―No ―respondí avergonzada―. Estuvo bien. Solitaria. A propósito, muchas gracias por el desayuno.
―Debía comer algo, el señor no me perdonaría si no la cuidara, además, a mí me gusta hacerlo.
―Gracias, no tiene que hacerlo, soy una empleada como cualquier otra.
―Convénzase, señorita, usted no es como cualquier otra, ni como empleada ni como mujer.
―¿A qué se refiere? ―le pregunté confundida.
―A que usted es la mano derecha del dueño de esta casa.
―No, Ian, ese es usted. Yo solo soy la asistente.
―Yo soy el mayordomo, mi deber es el funcionamiento de esta casa, nada más. Usted es la asistente personal de él.
Lo detuve del brazo.
―Hay algo más, algo me están ocultando, lo puedo sentir.
Ian me sonrió paternal, puso su mano sobre la mía y me miró a los ojos.
―Cuando llegue el momento indicado...
―Es por Victoria y ese dichoso libro, ¿no es cierto?
―¿Qué relación tiene ella con esto?
―Eso mismo me pregunto yo. No es solo un libro, Ian, y usted lo sabe. Y el que yo esté escribiendo la segunda parte tampoco es coincidencia.
Él se alejó unos centímetros, como espantado.
―¿Quién le dijo eso?
―Nadie ―mentí.
―Pues son solo imaginaciones suyas.
―No, Ian, no me mienta, por favor, Edward Blanche existe y yo... ―No pude continuar la oración, me sentí ridícula en cuanto salieron esas palabras de mi boca.
―¿Usted qué, Francis?
―Nada, nada, nos esperan ―contesté.
Ian tomó mi mano entre las suyas de un modo muy paternal y comenzó a caminar conmigo a su lado.
―A veces en la vida hay que ser pacientes, las cosas llegan cuando tienen que llegar ―me dijo sin darme tiempo a réplica, pues justo en ese momento abrió la puerta de la cocina, donde todos nos esperaban para comer.