Capítulo 8: Yo, Victoria

2184 Palabras
A la mañana siguiente, me encontré con Edward antes de que bajara la escalera, me esperó allí sin moverse. ―Buenos días, Francis ―me saludó al terminar de acercarme y me dio un beso en la mejilla―. ¿Cómo amaneciste? ―Buenos días, bien, ¿y tú? ―respondí algo confundida con su beso. ―Bien, gracias. ―Me ofreció su brazo para que me tomara de él―. ¿Dormiste bien? ―Sí. En realidad, más o menos. Me pasó algo anoche. Algo, no sé qué, me hacía confiar en él para decirle lo que fuera, no podía tener secretos con mi jefe. ―¿Malo? ―No sé si malo... Lo que pasa es que estaba escribiendo y se apareció un hombre en mi ventana. Él se detuvo en uno de los peldaños y me miró sorprendido. ―¿Un hombre? ¿Pudiste reconocerlo? Si hay alguien que te está molestando debo saberlo. ―No, no... Es que... ¡Qué vergüenza! ―Me tapé la cara con las manos. Él me tomó las manos y las apartó, me miraba con una leve sonrisa. ―¿Por qué? ―Es que lo vi dos veces. La primera se desvaneció, desapareció de la nada; la segunda vez abrí la ventana y ya no estaba. ―Quizá solo fue tu imaginación. ―Eso mismo pensé. ―¿Te asustaste? ―Sí, algo, en realidad no tanto como pensé que sería. Y tuve un par de sueños con él. ―¿Sueños o pesadillas? ―No, eso fue lo más extraño. No sé... Solo se me aparecía en sueños. ―Enlazó su brazo con el mío y seguimos caminando. ―Podría ser Edward Blanche que quiere contarte su historia. ―No te burles. ―No me burlo. ―Si tú lo dices... ―No te molestes, no me burlo, pero ¿no te parece extraño que se te aparezca un hombre justo ahora? ―Se me apareció la primera noche que llegué aquí. Nos detuvimos antes de la entrada a la cocina y tomó mis manos. ―Tal vez ya estabas destinada a escribir su historia. ―¿Tú crees? ―Estoy convencido de ello. Yo no contesté, no supe qué decir. Él se mantuvo con mis manos entre las suyas, estábamos muy cerca y pensé que me iba a besar, pero otra vez se apartó y entró a la cocina. Yo suspiré. Me sentí muy frustrada. Aquel día pasó rápido, como siempre. ―Si esta noche ves al intruso, llámame ―me pidió Edward al despedirse por la noche. ―¿Para qué? Cuando llegues no habrá nadie y seguiré quedando como loca. ―No digas eso, nadie cree que estás loca. ―Ay, por favor, veo a un hombre en mi ventana, un hombre que no existe, y no van a creer que estoy loca. Hasta yo lo pienso. ―Que solo tú lo veas no te convierte en desquiciada, tal vez solo significa que solo se te presenta a ti. ―¿Y si es un fantasma? ―pregunté con un estremecimiento. ―No creo que te quiera hacer daño. ―Yo también lo creo, de querer hacerlo, ya lo habría hecho. ―Así es. ―¿Qué cree que debería hacer? ―Esperar a que te hable. ―¡Qué miedo! ―¿Te asusta? ―La verdad es que no sé. Un poco. Es extraño, pero la verdad es que no me da tanto miedo como hubiera pensado o como la primera noche. ―Eso es una buena señal, quizás él está esperando a que no le temas para acercarse. ―¿De verdad lo crees o te estás burlando de mí? ―¿Me veo como si me estuviera burlando? ―me preguntó serio. ―No ―reconocí. ―Porque no lo hago. Creo firmemente que es así. Quedé en silencio. Las palabras de él sonaban sinceras, pero esas cosas no sucedían, ¿o sí? Esa noche, esperé a que él apareciera. Me senté a escribir mientras aguardaba. Al rato, apareció. Me lo quedé mirando algo asustada, estática. ―¿Hola? ―hablé con voz temblorosa. Nada, no hubo respuesta. ―¿Quién eres? ―pregunté. Otra vez silencio. ―Voy a tocar el timbre ―amenacé tontamente. Me levanté y me paré frente al ventanal. Desde allí lo podía ver un poco más claro y sabía que él podría escucharme. ―Dime quién eres o llamo a alguien. No contestó. Yo me fui a la cama para tocar el timbre, pero antes de hacerlo, me detuvo su voz. ―No me temas. ―Su voz sonó distorsionada.  ―¿Quién eres? ―Me volví para mirarlo. ―Un amigo. ―¿Un amigo? No te veo muy amigable. ―No te he lastimado. ―Pero vienes a espiarme. ―Vengo a contarte mi historia. Me acerqué de nuevo hasta la ventana y abrí el visillo. Iba a abrir la ventana, pero él desapareció. Tomé mi celular y marqué a mi jefe. ―¿Apareció? ―me preguntó de inmediato. ―Me habló. ―¿Cómo fue? ―Es que... Tocaron a la puerta y yo abrí. ―Edward ―dije sorprendida al verlo parado allí. ―Dije que vendría, ¿se fue? ―Intentó mirar al interior de mi habitación, lo dejé pasar. ―Cuando iba a abrir la ventana, se esfumó ―le expliqué. ―¿Te dijo algo? ―preguntó mientras salía la balcón para cerciorarse de que no había nadie. ―Sí. ―Él se giró para mirarme―. Le pregunté que quería y me dijo que no lo temiera, que era un amigo que venía a contarme su historia. ―¿Lo ves? ―¿Tú crees que sea Edward Blanche? ―Podría ser. ―¿Y si es alguien que quiere jugarme una mala broma? ―Y un ser humano, ¿podría desaparecer de la nada? De todas maneras, si alguien de esta casa quiere jugarte una broma de mal gusto, créeme que no quedará sin el debido castigo. ―No sé... ―Deberías escucharlo. Lo miré y me acerqué unos pasos hacia él para mirarlo directo a los ojos. ―Él fue un antepasado tuyo, ¿verdad? Él sonrió y me sentí una tonta. ―Me apellido Mansfield. ―Los apellidos pueden cambiar con el tiempo. ―¿Qué te hace pensar en eso? Si fuera alguien de mi familia, seguiría vivo y yo lo conocería. ―Sí, es cierto. ¿Y el escritor de esa novela? ―Tampoco tiene mi apellido. ―A lo mejor es un seudónimo. ―Tiene mucha imaginación, señorita Smith ―replicó en un tono burlón. Yo bajé la cara avergonzada, esos habían sido pensamientos que se me habían cruzado por la mente, pero habían sido una estupidez. ―Para ser franco, sí, quien escribió el libro fue el mismo Edward Blanche. Alcé de nuevo mi rostro y lo miré. ―¿Lo conociste? Él acortó el espacio entre los dos y puso sus palmas en mis mejillas. ―¿Qué edad crees que tengo? ―Ah, es verdad, perdón. ―Creo que enrojecí y quise apartar mi cara, pero él no me dejó. ―Él fue un antepasado, fue la oveja negra de la familia. ―Me imagino, si fue escritor, las artes no eran bien vistas, nunca lo han sido. ―Es cierto, pero fue la oveja negra por más que eso. Su historia con Agnes Still fue real, él no quiso casarse con la mujer con la que lo habían comprometido. Esa fue su maldición. ―Pero esa mujer no lo maldijo de verdad. ―No, pero trajo muchos problemas a la familia, casi nos vamos a la ruina a causa de ella y su decepción. ―Bueno, según el libro, la familia de esa mujer era muy poderosa. ―Sí, se podría decir que más que la mía. El padre de Agnes terminó todos los negocios que tenía con el padre de Edward. ―Eso sale en el libro como en su primera vida... O sea... ¿cómo pudo escribir lo que sucedió trescientos años después? No contestó de inmediato, me quedó mirando con una expresión extraña que no supe descifrar. Por un segundo pensé que me besaría, contrario a eso, se apartó y me dio la espalda. ―Su imaginación ―respondió lacónico. ―Escribió eso cuando ya se suponía que habían pasado los trescientos años, o sea, no era un eterno. Se volvió y me miró. ―¿Qué crees tú? ―No sé, el libro suena tan real ―contesté con algo de tristeza, yo quería creer en esa historia con todo mi ser. Él se puso muy serio. ―En mi familia se contaban muchas historias, de eternos, de vampiros, brujas y hechiceros; pero, por supuesto, nada de eso es real. ―Entonces, ¿cómo puede venir Edward a contarme su historia? La pregunta quedó en el aire. Edward se excusó por la hora y se fue. Al día siguiente, estuvo más callado de lo normal. Parecía pensativo o molesto, no pude distinguir bien. ―¿Te pasa algo? ―me animé a preguntar al final de la jornada mañanera. ―No, ¿por qué? ―Es que has estado raro, como molesto. ¿Hice algo? ―No, no, por supuesto que no, solo estoy con algunos problemas con una de las empresas. ―¿Puedo ayudar? ―Ya se está arreglando, gracias. Yo suspiré. No me quedaría así. Me paré muy cerca de él. ―Siento que estás enojado conmigo. ―¿Por qué habría de estar enojado contigo? ―No sé, ¿por la conversación de ayer? ―Edward Blanche al parecer no puede ser indiferente. Me tapé la cara con las manos y él las sacó con suavidad. ―¿Qué pasó? ¿Qué te avergonzó ahora? ―A lo mejor tendría que dejar de escribir su historia. ―No se te ocurra hacer tal cosa, esto no tiene nada que ver con eso, es solo que... Se calló y apartó la vista. Yo alcé mi mano y la puse en su mejilla para obligarlo a mirarme. ―Dime. ―¿Y si todo esto fuera verdad? ¿Qué pensarías? ―Sería bonito. ―¿Bonito? ―me preguntó algo burlón. ―Sí, que se pudieran encontrar de nuevo, ¿te imaginas? Después de tanto sufrimiento, que por fin puedan estar juntos. Entonces fue él quien acunó mi rostro entre sus manos. ―Sería maravilloso ―me dijo con voz profunda y yo quedé pegada en su mirada―. ¿Y ya no temerías si fueras ella? ―No lo sé, creo que ya no tendría miedo. Él es un buen hombre y si es un eterno, mejor, aunque claro, el problema sería que yo envejecería mientras que él... ―Quizás encuentren la forma. ―Eso espero. ―Eso dependerá de ti. ―¿De mí? ―De que les des el mejor final. ―Pero yo solo se los podría dar en un libro, la vida real es diferente. ―Tienes razón. Se me quedó mirando de la forma en la que me estaba acostumbrando ya, muy intensa. ―Vamos a almorzar ―me dijo y se apartó―, de otro modo, se nos pasará la hora de almuerzo hablando de esta pareja. ―Sí, están en mi cabeza todo el día ―admití. ―¿Y ya tienes el final? ―me consultó al tiempo enlazó mi brazo en el suyo. Me puse roja, él sonrió divertido. ―¿Qué pensamientos impúdicos pasan por tu mente en este momento? ―No son impúdicos ―respondí más roja todavía y me tapé la cara con las manos. ―¿A qué se debe esa timidez? ―me preguntó apartando mis manos. ―Es que cuando empecé, no sabía cómo se iban a encontrar. ―¿Ya? ―Y bueno, en algún momento pensé que ella podría llegar a trabajar con él. Él estaba cansado de viajar tanto por el mundo con la excusa de sus negocios, cuando en realidad la estaba buscando a ella. Y resulta que la encontró en su propia casa. Él me regaló la sonrisa más hermosa y se agachó un poco para quedar a mi altura, aunque no lo consiguió, era mucho más alto que yo. ―¿Estás como el meme que dice: "Soy escritor y todo lo que digas o hagas puede ser usado en mis novelas? ―me preguntó burlón. ―Algo así ―respondí perturbada. ―Me parece. Supongo que ella no sabrá de inmediato que es la mujer reencarnada de Edward. ―No, se tardará un buen tiempo. ―Espero que no sea tanto ―repuso con sus ojos recorriendo mis facciones, hasta detenerse en mis labios―. Y si tú eres Victoria, a mí me gustaría ser Edward. ―El nombre ya lo tienes. ―Sí. Otra vez creí que me iba a besar, pero me soltó y enlazó mi brazo al suyo para ir a la cocina.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR