Aquella misma tarde me puse a releer la novela y a hacer anotaciones para mi propio libro. Me había entusiasmado y a la vez tenía miedo, el libro estaba muy bien escrito y sentía que no estaría a la altura.
Al día siguiente, durante la mañana en mi trabajo, divagué en mi libro, en esa historia tan maravillosa como extraña que me había tocado el alma. Me imaginaba a mí misma siendo la protagonista. Victoria era una chica que trabajaba como cualquier otra en esta época y estaba a punto de encontrar al amor de su eternidad.
―Terminamos, Francis ―me dijo Edward, como siempre, parado a mi lado y con su sonrisa tan arrebatadora.
―¿Ya? ¿Tan pronto?
―Me alegra saber que tu trabajo te gusta tanto que se te hace corto el tiempo.
―Sí, estaba muy entusiasmada.
―Se nota.
Me levanté, pero él no se movió, quedamos a pocos centímetros. Sonreí avergonzada, si supiera que en mis pensamientos él era Edward Blanche y yo Victoria Marchant, me tildaría de loca.
―Vamos a almorzar ―dijo con un tono extraño.
―Sí.
Nos encaminamos hacia la sala, uno al lado del otro.
―Has estado muy pensativa hoy, ¿pasa algo?
―¿Eh? No, no.
―¿Segura? ¿Estás molesta conmigo por algo?
―No, por supuesto que no.
―Si tú lo dices...
Me detuve y lo miré, no dejaría que pensara que le mentía o que estaba enojada con él, pero al enfrentarme a su mirada, no supe qué decir, él esperó paciente a que yo hablara. Resoplé.
―¿Qué pasa, Francis?
―Es que si te digo vas a pensar que estoy loca.
―Jamás pensaría eso de ti. ¿Pasa algo malo? ¿Tuviste otra pesadilla?
―No, no. Es que empecé a preparar el libro y… y... Bueno, me imaginaba que yo era Victoria.
Él sonrió y sus ojos brillaron.
―¿Ves? Ya estás pensando que estoy loca.
―En lo absoluto, continúa por favor.
―Eso. Estuve toda la mañana imaginando que yo era ella y que estaba trabajando, a punto de encontrar el amor de mi vida.
―Es muy romántico.
―Es muy tonto.
―No lo creo, solo te estás involucrando en la historia, ¿acaso no todos los escritores son los protagonistas de sus historias? Yo creo que eso es primordial para narrar con más intensidad y poner en letras los sentimientos.
―Sí, aunque a ratos me sentía muy tonta.
―Estás involucrada con tu proyecto y eso es encantador.
―Sí, es como que todas las ganas de escribir que tenía de adolescente volvieron.
―Creo que será un proyecto que dará mucho que hablar.
―No creo que sea para tanto.
―Yo creo que sí, podríamos publicar ambos libros de una vez, ¿te imaginas? Sería un éxito total.
―Publicar es tan difícil.
―No, si tienes tu propia editorial
―No tengo editorial.
―Yo sí.
―¿Y por qué no publicaste ese libro?
―Porque estaba esperando la segunda parte, no me gustaba su final. ―Me tomó del codo para seguir caminando.
―No sabía que tenías una editorial.
―Todavía no conoces todas mis empresas, uno no puede dejar todo el dinero en una sola canasta.
―Eso dicen.
―¿Tú nunca has pensado en ser empresaria?
―¿Yo? No, para nada, nunca he encontrado mi verdadera pasión como para dedicar día y noche a eso.
―Sí, en especial al principio es mucho trabajo, pero vale la pena.
―No, yo prefiero estar aquí... Además, mire, estoy viviendo en una casa maravillosa, no tengo que salir, tengo un jefe muy amable, compañeros también muy agradables, ¿qué más puedo pedir?
―Quizá lo tuyo no son los negocios. ¿Escribir, tal vez? No me gustaría perderte por haberte devuelto tu pasión de adolescente.
―No creo, no sé si un escritor pueda vivir de su talento.
―Yo conozco a muchos que lo hacen. Si lo lograras, ¿te irías de aquí?
―Primero, no creo que eso pase y segundo, me gusta estar aquí, no sé si quisiera irme alguna vez.
―Tú eres joven, más adelante querrás tener hijos, una pareja...
―No lo creo, nunca ha sido mi intención esa.
―¿No quieres ser madre?
―No, si no tengo un hombre que valga la pena a mi lado y hoy en día los hombres no se comprometen.
Fue él quien se detuvo entonces y se colocó frente a mí.
―No sé qué clase de hombres has conocido, pero hay muchos dispuestos a comprometerse ―me dijo con una mirada que me derritió por dentro.
―A ti no te veo muy comprometido ―bromeé nerviosa.
―Cuando encuentre a la mujer de mi vida, lo haré sin ninguna dificultad.
―Difícil que la encuentres encerrado en esta casa.
―¿Crees tú?
―¿De verdad crees que la puedes encontrar aquí en esta casa?
Él volvió a tomarme del brazo para continuar con nuestro camino.
―Yo tengo amigos que están muy comprometidos ―explicó.
―Ah, bueno, quizás en tu clase social hay más hombres dispuestos. Mis compañeros de trabajo solo querían pasar el rato con cualquiera que se le cruzara por el camino, andaban dejando hijos como si fueran gremlins multiplicándose.
Él sonrió con diversión.
―En ese caso, y a mi favor, no me he comprometido, pero jamás he jugado con ninguna mujer ni he tenido a ninguna para pasar el rato, mucho menos dejaría a una con un hijo sola.
―¿No has tenido tus aventurillas por ahí?
―No. La verdad es que no me interesa estar con una mujer como si fuera un objeto de placer.
―¿Ni siquiera has estado con una...? ―Dejé la oración a medias al darme cuenta de lo que iba a decir.
―Mucho menos, Francis, para mí, la prostitución es la forma más cruel y burda de esclavitud. Las mujeres son sometidas a horrendas vejaciones. no me sentiría cómodo abusando de una de ellas.
Me quedé sorprendida ante la fogosidad de sus palabras y expresión. No logré articular palabra alguna.
Puso su mano en mi espalda y abrió la puerta de la cocina.
―Llegamos... Victoria ―me susurró en un tono dulcemente burlón.
―¡Pesado! ―repliqué en voz baja, no quería que ninguno de los empleados escuchara.
Aquella tarde, después de mi horario laboral, me fui a mi cuarto a seguir con lo de la nueva novela. Anoté nombres, fechas, ciudades y cosas importantes para continuar con la historia.
A las nueve, golpearon a mi puerta. Yo me acerqué a abrir.
―Señorita Francis, la cena está servida ―me indicó Ian.
―¿¡Qué?! ¿Qué hora es?
―Las nueve.
―Lo siento, me perdí en la hora. Bajo enseguida.
Cerré mi cuaderno, me lavé las manos y bajé. Allí estaban todos esperándome. En la cena nos juntábamos todos.
―Perdón, se me pasó la hora sin darme cuenta ―me disculpé avergonzada.
―¿Estaba viendo televisión, señorita? ―me preguntó Anna.
―No, estaba esc... Leyendo.
Edward me miró sorprendido.
―¿Leyendo? Creí que estabas escribiendo ―me dijo.
Sentí mis mejillas arder con furia.
―No debes avergonzarte, es una actividad como cualquier otra ―repuso Edward.
―Sí, pero no sé cómo me va a salir.
―Estoy seguro de que terminará bien.
―No lo sabes.
―Claro que sí, tienes una bonita redacción y una excelente ortografía, no veo por qué no pueda salir bien
―Para escribir un libro se requiere mucho más que eso.
―Y la pasión ya la tienes, tú quieres escribir ese libro.
―Mi mamá escribía poesía, yo no saqué ese don, ni siquiera me gusta escribir ―comentó Anna―. Por eso amo la televisión.
―¿Va a escribir un libro? ―preguntó Erick―. Eso sería muy bonito, ¿de qué trata?
Me avergoncé mucho más y no logré contestar.
―Recuerdan El amor entre tinieblas, pues la señorita aquí presente escribirá la segunda parte. El reencuentro ―respondió Edward por mí.
El murmullo fue general. Palabras de apoyo y de aprobación no se hicieron esperar.
―Parece que todos aquí lo leyeron ―comenté.
―Por supuesto que sí ―respondió Ian―, ese libro es un ícono en esta casa.
―Así veo.
―¿Le dará un final feliz? ―me preguntó Suzanne.
―Eso espero, todavía no empiezo, recién estoy recopilando los datos del anterior para que no se me olvide nada.
―Es una gran tarea la que tiene por delante ―dijo Ian―, estoy seguro de que lo hará muy bien.
―Gracias.
La cena transcurrió entre las ideas que tenía cada uno con respecto a su final, también con los comentarios acerca de la novela en cuestión, algunos con que sí se reencontrarían fácil y otros que les fuera muy difícil de encontrarse y volver a amarse, en especial por la época tan incrédula respecto a los seres no convencionales, cuando todo el mundo creía que los eternos, los vampiros y otros seres solo eran parte de cuentos y películas de fantasía.
―Ya nadie cree en fantasmas ―repuso Anna.
―Yo sí creo, los he visto ―indiqué.
―Yo también ―replicó Ginna.
―No digo que no existan, porque sí existen, pero ¿quién cree en esas cosas hoy en día? ―replicó Anna.
―Es cierto, pocos creen ―admití―, en todo caso, esta es solo una novela, ¿no? Una muy bonita de fantasía.
―Una fantasía que podría ser verdad ―repuso Edward con su mirada clavada en la mía.
Aquella noche me quedé leyendo y escribiendo. A eso de la medianoche, algo en la ventana llamó mi atención, un movimiento, miré, pero no había nada. Pese a eso, la sensación algo había allá afuera, seguía.
De pronto, alcé la vista y allí, en el balcón, vi la figura de un hombre. No grité. Me tapé la boca con las manos para no hacer ruido. No quería llamar la atención de las chicas de nuevo, no quería que pensaran que me estaba volviendo una paranoica esquizofrénica.
Mantuve la mirada en la terraza, no quería dejar de mirar. Ni él ni yo nos movimos. No estaba segura de que fuera mi imaginación o era real aquella visión. Recordé mi primer día, cuando creí ver a alguien y no había sido más que el viento.
Poco rato después, y sin despegar la vista de la ventana, me levanté, averiguaría por mí misma quién era ese hombre.
―¿Quién está ahí? ―pregunté casi en un susurro.
El hombre, porque ya estaba segura de que era un hombre, desapareció. Así, sin más. Como si se hubiera desvanecido en el aire, en la nada. Estaba segura de que eso fue real, pues el espacio que él ocupaba quedó vacío. Lo que no sabía era quién o qué, ¿un fantasma, tal vez? Eso me asustó más que si hubiera sido un fisgón.
Salí de mi habitación, si era un fantasma como el que me había atacado años atrás, no quería que me dejara encerrada.
―¿Pasa algo, señorita? ―me preguntó Ginna que me la encontré en el pasillo.
―No... Sí...
―¿Pasa algo o no?
―Es que me pareció ver a alguien en mi balcón.
―¿Quiere que vaya a ver?
―No, no, ya se fue.
―Debió llamar.
―No, a lo mejor solo fueron imaginaciones mías, como la otra vez. Voy a entrarme de nuevo.
―Bueno, pero si aparece de nuevo, llámenos sin vergüenza.
―Gracias.
Volví a entrar y vi al hombre de nuevo allí, iba a dar un grito, pero este quedó atorado en mi garganta. Caminé hasta la ventana y la abrí. Nada. Otra vez se esfumó en el aire. Miré hacia todas partes, pero nada, ni rastros de que alguien hubiese estado allí.
―Estoy loca, creo que esta novela me tiene sugestionada ―dije en voz alta.
Me senté en el escritorio, una idea se me había cruzado después de lo ocurrido.
“Trescientos años de soledad habían llenado su corazón de amargura. Tres siglos esperando a Victoria, a su amor, la mujer de la que había sido separado tan abruptamente. ¿Dónde buscarla? Se dedicó a viajar por todo el mundo en un vano intento por encontrarla”.
―¿Y ahora qué? ―me pregunté en voz alta―. ¿Dónde la va a encontrar?
Cerré los ojos para pensar en cómo se desarrollaría la historia. Cuando abrí los ojos, ya eran las tres y media de la mañana. Me había quedado dormida en el escritorio. Miré a la ventana, no había nada. Me incorporé y me cambié la ropa para dormir y me acosté; el siguiente era día laboral.
Cerré los ojos y sentí que alguien me miraba. Miré hacia el balcón, las ramas de los árboles se mecían con el viento. Me levanté y cerré las cortinas; no quería más sombras allí.