Capítulo 6: Edward Blanche

2414 Palabras
Tras la cena, me retiré casi de inmediato, quería terminar la lectura. Luego de reencontrarse, comenzaron los problemas. Por una parte, la nueva Victoria, que se llamaba igual en esa segunda vida, no recordaba nada, claro, era una reencarnación de la chica de la que él estaba enamorado, no la misma mujer que él había conocido tres siglos atrás. Agnes, que no podía quedar fuera, metió su cizaña, como no podía volver a matarla, se dedicó a hacerles la vida imposible a la pareja. Me dormí cerca de las tres de la mañana sin alcanzar a terminarlo y desperté a las nueve. En vez de bajar a desayunar, decidí terminar el libro; me quedaban pocas páginas. Bajé a la una y cinco, supuse que el almuerzo sería a la misma hora que los demás días. ―Señorita Smith, buenas tardes, ¿cómo amaneció hoy? ―me saludó Ian con una sonrisa. ―Buenas tardes, Ian, amanecí bien, pero deje de llamarme señorita Smith, puede llamarme Francis, se lo he dicho muchas veces. Él solo me sonrió por respuesta, al parecer jamás aceptaría llamarme por mi nombre. ―¿Y Edward? ―pregunté. ―Salió, no volverá hasta mañana. ―Oh. ―¿Desilusionada? ―consultó algo burlón. ―No, es que quería comentar algo con él. ―¿Acerca del libro? ―¿Cómo lo sabe? ―Me sorprendí. ―Falta uno en la biblioteca, ayer se quedó mucho tiempo allí, anoche se retiró temprano y esta mañana no salió de su dormitorio. Ese libro no deja indiferente a nadie. ―Tiene razón, ¿usted lo leyó? ―Claro que sí. ―¿Y qué le pareció? ―Me pareció que pudo haber tenido un mejor final, en realidad no dice si se volvieron a encontrar o no. ―Sí, ¿verdad? Aunque todavía no les queda una esperanza. ―En trescientos años ―repuso él. ―Sí, es mucho tiempo, demasiado diría yo. ―Para alguien que vive tanto, no es. ―Es mucho tiempo igual, ese hombre vivirá en soledad por muchos siglos. ―La encontrará, estoy seguro de eso. ―Eso parece, ¿cierto? Debería. El mayordomo me sonrió benevolente. ―Sí, él encontrará a su amor finalmente. De todas maneras, no debemos olvidar que es solo una novela. ―Sí, pero se siente muy real ―contesté avergonzada. ―Parece una historia real ―admitió él mientras clavaba su mirada en mí de un modo muy extraño, otra vez parecía que había secretos o que me querían decir algo. Esa sensación la tenía muy seguido en esa casa, no solo con Ian o con Edward, también con los demás.  El fin de semana se me hizo larguísimo, no pude concentrarme en ninguna otra lectura, por más que busqué algo más, no pude encontrar nada que me llamara la atención. Intenté ver algunas series y películas, pero tampoco me pude concentrar en ellas. No podía salir, porque hubo tormenta esos días y no me apetecía nada salir al frío. El domingo, paseaba por el castillo, en realidad, caminaba entre la sala y el despacho, cuando vi que llegó Edward. Lo vi aparecer en la entrada con su infaltable traje a la medida, su espectacular sonrisa y sus adorables ojos que se prendaron en mí. Y yo en él. ―Buenas tardes, Francis, ¿cómo has estado? ¿Qué haces? ―Buenas tardes, ¿cómo te fue? No me dijiste que saldrías. ―En cuanto salieron esas palabras, me avergoncé, pues sonó a reproche. Él me sonrió. ―Fue un viaje inesperado ―me respondió―. ¿Qué has hecho? ¿Me extrañaste? ―Sí, lo admito. Tenía ganas de comentar el libro. Y no he hecho nada especial, terminé de leer el libro y quedé con resaca, no me he podido concentrar en otra cosa, por eso ahora estaba orbitando por el castillo. ―¿Orbitando? ―Sí, caminaba sin sentido, en círculos para no perderme. Él ensanchó su sonrisa. ―Bueno, aquí adentro está muy agradable, afuera hace un frío atroz. ―Me imagino, por eso no quería salir. Nos sentamos en la salita. ―¿Y qué te pareció el libro? ―Me encantó, aunque lloré con el final. ―Lo siento ―dijo con pesar. ―¿Por qué? ―pregunté sin entender. ―Porque debí advertirte que llorarías. ―Sí, debiste decírmelo. ―Lo siento. ―Yo pregunté. ―No, no preguntaste si llorarías, querías saber el final ―me dijo con burla. ―Sí, es cierto. ―Lo siento ―reiteró. ―En tu familia se debatía acerca de esa novela, ¿de qué discutían? ―Discutían acerca de si se volverían a reencontrar o no. Algunos de ellos decían que no. Otros decían que sí. Los que pensaban que no, argumentaban que, de haber sido así, habría escrito la segunda parte. Los que creían que sí, refutaban que faltaban trescientos años para saberlo. ¿Tú qué opinas? ―Yo espero que sí, que se haya encontrado con el amor y que fuera feliz, para olvidar todos sus años de soledad. Él otra vez quedó con su mirada pegada a la mía. ―¿Y tú? ―pregunté nerviosa. ―Yo también espero que la encuentre ―respondió sin soltar mi mirada. ―¿Que la encuentre? ―¿Te das cuenta de que, si se volviesen a encontrar, sería en este año? Creo que mi cara fue un poema. ―Esa novela fue escrita en 1720, el año que él la perdió por segunda vez. ―¡Es cierto! ―Me sentí tonta al no darme cuenta―. Se deberían encontrar este año. ―Eso es algo de lo que jamás nos enteraremos, ¿verdad? ―Por desgracia. ―Quizá ya se encontraron ―dijo con ese tono enigmático. ―¿Tú crees? ―Soy de los que hasta hace un tiempo dudaba de que se encontrarían, sin embargo, hoy ya no estoy tan seguro. Creo que todavía hay una oportunidad para ellos. ―Yo creo que no pueden terminar mal después de tanto que tuvieron que pasar. ―Sí, ambos sufrieron con tanta intriga, tanta maldad a su alrededor. ―Demasiado, no merecían sufrir así. ―¿Cree que sea verdad, señorita Smith? ―¿La historia? ―Él asintió con la cabeza―. No lo sé, sinceramente, me gustaría pensar que sí, aunque... ―¿Aunque qué? ―Me instó a continuar. ―Aunque si fuera cierto, él debe haberse sentido muy solo todo este tiempo. Son tres siglos en soledad, extrañándola, pero también pudo haberse olvidado de ella. ―Dudo que él pueda olvidarla, un amor así es muy difícil de olvidar. ―Sí, pero estar solo pudo haber pesado más y quizá ya esté con otra. ―¿Con otra? Lo dudo. Tal vez, se ha vuelto malo. ―Es imposible que él se haya vuelto malo. ―Un hombre al que hicieron sufrir tanto... Podría cambiar. ―Espero que no haya pasado eso con él. ―Pero sí cree que puede haber encontrado a otra mujer. ―Eso sonó a reproche. ―Tampoco me gustaría. ―Eso no lo sabremos. ―Bueno, como me dijo Ian, no debemos olvidarnos de que es solo una novela, ―Claro, a veces uno se involucra tanto en una lectura que se olvida de que no es real ―respondió algo molesto y me sentí censurada; bajé la cabeza―. Parece muy real, ¿verdad? ―Sí, me gustaría que lo fuera. ―¿Sí? ―Me levantó la cara con dos de sus dedos y buscó mis ojos―. Si tú fueras la chica que reencarna en este tiempo, ¿qué harías? ―Yo... No sé... Me gustaría ser ella, ¿sabes? Pero también creo que me moriría de espanto si me pasara algo así ―expresé con sinceridad y vergüenza, creo que me puse roja, sentía mis mejillas ardiendo. ―En las novelas parece algo romántico, sin embargo, en la realidad no lo es tanto, ¿no te parece? ―En la realidad es diferente, supongo que igual podría acostumbrarme a la idea. ―¿Y qué opinas de su maldición? No, no, lo siento... ―se disculpó―, no debo tocar estos temas contigo, no me gustaría que sufrieras de pesadillas por mi culpa. ―¿Viste? Soy muy cobarde. No creo que podría ser la chica del libro, ella era valiente. ―Prefirió dejarlo. ―Era lo que tenía que hacer, si se quedaba, no habría tenido la oportunidad de volver, en cambio, si lo dejaba, les quedaba una oportunidad. ―La última ―replicó él y me soltó, se dio la vuelta, yo me sentí vacía. ―Algo es algo... A ninguna ―comenté sin saber qué decir. Él se volvió y me miró. ―En el libro, Edward Blanche no sabía cómo sería el futuro, en esta época de tecnología y ciencias, las artes mágicas han quedado olvidadas, ¿crees que alguien podría creer en esto hoy en día? ―Hay mucha gente que sigue creyendo. ―¿Tú crees? ―¡Sí! Si no, ¿por qué me asustaría? ―le pregunté con algo de timidez. Él sonrió dulzón, se acercó y tomó mi mano. ―Y si tuvieras la oportunidad de ayudarle a Edward Blanche a encontrar su amor, ¿lo harías? ―¡Obvio que sí! De todas maneras. ―Sí, porque no te gustaría ser ella ―replicó burlón. ―O sea, sí, me gustaría, pero me da miedo también. Él escaneó mi rostro con una sonrisa, yo fijé mi vista en sus ojos. ―¿Te gusta escribir, Francis? ―me preguntó al tiempo que me soltaba. ―Cuando era adolescente escribía, pero luego, entre la universidad y el trabajo, no me dio tiempo. ―Quizá puedas escribir la segunda parte. ―¡¿Yo?! No, no sería capaz. ―¿Por qué no? Podrías darle un final feliz, el final que se merecen. ―¿Y por qué no lo escribes tú? ―inquirí con ironía. ―Porque yo no escribo. Pero tú sí puede hacerlo. Ya leíste el libro y vives en esta época. Yo sonreí, una lucecita se prendió en mi cabeza. ―Me está entusiasmando la idea ―respondí nerviosa. ―Hazlo. Estoy seguro de que le darás un buen final a ese pobre Edward Blanche. ―Y a su hermosa novia Victoria. ―Con ella es que merece ese preciado final. ―¿Sabes qué? ―le dije decidida―. Le escribiré un final a esa historia. ―Me alegra oír eso; seré el primero en leerla, supongo. Me tapé la cara con las manos al darme cuenta de que no era un diario de vida, si no que alguien más lo leería. ―¿Qué pasó? ―me preguntó y con delicadeza me quitó las manos de la cara―. ¿Qué pasó? ―insistió. ―Es que me vas a leer y me da vergüenza. ―No debes tenerla, no conmigo. ―A medida que escriba, tú lees y me ayudas, yo no sé mucho de protocolos reales y esas cosas. Él sonrió. ―Puedo aportar algunas ideas, sí. ―¿Crees que él se haya acoplado a este tiempo? Al avance tecnológico, a la nueva cultura. ―Sí, debe estar por ahí, mezclado entre la gente como uno más. ―Podría ser un gran empresario en esta época. Un hombre solitario en busca de su amada. ―Así debe ser. ―¿Cómo la encontrará? El mundo es muy amplio. ―Ella debe haber nacido cerca de él, tal vez, no se reconozcan de inmediato, pero, con el pasar del tiempo, sus almas pueden reencontrarse. ―Sí… pero tanta casualidad… ―Las casualidades no existen, Francis, todo es parte del plan. ―¿Y era parte del plan que él se quedara solo por trescientos años? ―¿Y si ese no era el momento para estar juntos? Tal vez, ahora, con toda la maravilla de la tecnología humana y sin los prejuicios de antaño, puedan vivir su amor, tal como estaba destinado a suceder desde el principio de los tiempos. ―Me miró de un modo que me estremeció―. ¿No lo crees? ―Sí, en realidad, ellos jamás hubieran sido felices. ―Reaccioné―. Él habría tenido que renunciar a todo, nadie aceptaba ese amor por la diferencia de clases sociales. Aunque, en realidad, tampoco es que haya cambiado mucho la sociedad en ese aspecto. ―Créame que lo ha hecho. Hoy por hoy, un hombre puede casarse con quien desee sin impedimento alguno. En ese tiempo, según tengo entendido, las clases sociales no se mezclaban. Hoy cualquiera puede ser un doctor, un abogado, un empresario y casarse con una sirvienta o con quien quiera sin que nadie le obligue a dejar todo. ―Hay padres muy anticuados que no permiten esa clase de uniones. ―Sí, pero considere que nuestro Edward es un hombre que ya no tiene familia, es solo, por lo tanto, puede tomar sus propias decisiones y no hay papeles ni socios que le digan lo contrario; diferente a ese libro y a ese siglo, donde él tenía que rendir cuentas y los otros hombres de su posición social veían con muy mal ojo la relación de él con Victoria, como un pasatiempo lo podían tolerar, pero ¿un matrimonio? Aquello eran palabras mayores y no permitirían que una simple empleada se mezclara en sus bailes como una gran dama. ―Sí, también es verdad, puede que a muchos no les guste una relación o un matrimonio, pero de ahí no pasa nada. Sobre todo, hoy, con el tema de la discriminación que cada día está más en auge con todos en contra. Hasta los príncipes se han casado con plebeyas. ―Así es, Francis, hoy están todas las condiciones para que ambos puedan ser felices para siempre. Edward se acercó al mueble bar, sirvió dos vasos de licor y me entregó uno. ―Por la eternidad ―brindó alzando su copa. ―Por la eternidad ―respondí imitándolo. ―Y por su nuevo libro, que sí se publicará. ―No espero tanto. ―Es una historia que merece contarse, Francis. ―Eso sí. ―¿Se imagina? Dos autores de tan diferentes épocas, unidos por una misma historia. ―Sería maravilloso. ―Así será, Francis, así será.
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