Un cuarto para las ocho sonó mi alarma. Pese a la mala noche, desperté sin sueño. Era mi primer día de trabajo y estaba emocionada.
Me duché, me vestí y bajé a desayunar a las ocho y media, tal como me había indicado Ian. El desayuno estaba listo para ser servido y Edward ya se encontraba allí.
―Buenos días, Francis, ¿cómo amaneciste? ―me saludó mi jefe con una gran sonrisa.
―Buenos días, bien, gracias, ¿y tú? ―respondí al tiempo que se sentaba.
―Bien. Me dijeron que habías tenido una pesadilla.
―Vuelan rápido las noticias ―dije en tono de broma.
―Trato de mantenerme informado de todo.
―Bueno, sí, algo así, creo que me asustó el viento.
―Sí, debí advertírtelo, en esta época es muy frecuente y violento, creo que deberás acostumbrarte.
―Sí, creo que me pilló desprevenida, eso es todo ―respondí avergonzada.
―Espero que las otras noches no te asuste, en esta época el viento suele ser muy desagradable.
―Eso espero yo también, no me gustaría tener que abusar de sus empleados.
―Ginna y Alexandra estaban muy preocupadas por ti.
―Sí, se portaron muy bien, son muy agradables ellas.
―Quizá no debimos hablar de fantasmas ayer.
―Menos mal que no lo hablamos en la cena, habría sido peor ―repliqué con vergüenza.
―Sí, ahora sabemos que es un tema vedado en esta casa ―me dijo con dulzura y colocó su mano sobre la mía.
―Gracias ―respondí con un estremecimiento que recorrió toda mi espina dorsal.
Mi primera mañana pasó rápido entre archivos, correos y aprender la oficina.
―Bien, señorita Smith, hemos terminado por la mañana, vamos a almorzar. ―Edward me sacó de mi concentración, estaba al lado mío, muy cerca―. No estuvo tan mal, ¿eh?
―No, se me pasó muy rápido la hora ―dije con sinceridad y me levanté, él no se movió y quedamos frente a frente, casi pude sentir su aliento sobre el mío.
―Espero que siga así, no me gustaría que se aburriera de estar aquí.
―No creo que me aburra. Tengo el trabajo a la puerta de mi dormitorio y ni siquiera tuve que preparar mi desayuno ―repliqué feliz y nerviosa por la cercanía.
―Puede que no sea tan agradable después de un tiempo.
―No creo que me aburra.
―Sinceramente, espero que así sea. Vamos.
Nos encaminamos al enorme comedor y nos ubicamos en nuestros asientos. Era muy lindo el comedor, no obstante, era demasiado frío.
―¿No te sientes solo comiendo aquí? ―lo interrogué con curiosidad.
―Estoy contigo ―me respondió algo burlón.
―Sí, pero hasta ayer estabas solo.
―La verdad es que cuando estoy solo no como aquí, de hecho, esta sala no se había ocupado en muchos años.
―¿Y por qué ahora sí?
―Porque estás aquí y creímos que te gustaría más este lugar.
―¿Dónde comes cuando yo no estaba?
―¿Quieres ir allí? ―me preguntó sorprendido.
―¿Por qué no?
Tocó una campanilla e Ian apareció de inmediato.
―Ian, por favor, que lleven nuestros platos a la cocina.
―¿A la cocina, señor? ―El mayordomo se sorprendió.
―Sí, la señorita no se siente muy a gusto aquí ―respondió con algo de orgullo.
―Yo puedo llevar lo mío ―ofrecí mientras tomaba mis cosas.
―Yo llevo el mío entonces ―replicó Edward.
Nos fuimos a la cocina, allí estaban los empleados comiendo en una gran mesa, los que se sorprendieron al vernos allí. La mesa era más grande que la del comedor, pero tenía mucha más calidez.
―Hola ―saludó Edward al grupo de empleados―, nos aburrimos en el comedor.
Mi jefe me hizo sentar en una silla y él se sentó en otra.
―No te molesta comer con los empleados, ¿verdad? ―me preguntó Edward.
―Por supuesto que no, yo también soy una empleada.
Él me sonrió de un modo extraño.
La hora de almuerzo se pasó volando con la conversación tan entretenida. Pude conocerlos un poco mejor, pues cada uno contó algo de sus historias, logré reconocer sus nombres y unirlos con sus caras.
―¿Disfrutaste el almuerzo? ―me preguntó Edward una vez de vuelta en el despacho.
―Mucho.
―Creo que mi compañía no era la más apropiada.
―No es eso, pero es más entretenido con más gente.
―Creí que no te gustaba la gente ―dijo algo burlesco.
―No, pero ellos son simpáticos.
―Me alegra que te agraden.
―Sí, son muy respetuosos, eso me gusta, no son como mis excompañeros, ellos siempre se estaban burlando de alguien, para mal.
―El respeto es primordial en cualquier tipo de relación, tampoco me gustan los matones, esa gente que abusa de otros por creerse superiores. ¿A ti te molestaban?
―No me juntaba mucho con ellos, pero sí, igual a veces era objeto de sus burlas, como no soy muy sociable...
La expresión de él casi no varió, pero una dureza se instaló en su rostro, parece que no le gustó confirmar que no era muy sociable.
―Aquí nadie te maltratará, no mientras yo pueda evitarlo.
―Gracias.
―¿Siempre das las gracias por todo?
―Agradecer nunca está de más.
―Tienes razón, pero no espero gratitud.
―¿Esperas algo?
―No, por supuesto que no, solo espero que estés a gusto.
―Lo estoy ―respondí con sinceridad.
―Eso es todo lo que importa.
Yo sonreí como una idiota, me prendé en su mirada otra vez, pero él también quedó pegado en mí.
El viernes estaba tan enfrascada en mi trabajo que no me di cuenta de que él se paró a mi lado.
―Bien, hemos terminado ―me dijo con algo de burla y me hizo saltar.
―¿Ya? ¿Tan pronto? ―pregunté sorprendida.
―Es viernes, debes prepararte para ir a la ciudad.
Miré hacia afuera por el ventanal; llovía torrencialmente.
―¿Y si no quiero irme?
―Ya te lo dije, estás en total libertad de irte o quedarte, de todas maneras, terminamos nuestra labor por hoy.
―¿Y qué hago ahora?
―Puedes ver televisión, leer, dormir...
―¿Puedo ir a la biblioteca a ver si encuentro algo que leer?
―Por supuesto, supongo que Ian te la enseñó al llegar aquí.
―Sí, es decir, solo vi la puerta, pero no entré... Y no sé si la encuentre ahora entre tanto pasillo.
Él me dedicó su preciosa sonrisa.
―Vamos, yo te llevo.
―Voy a apagar el computador.
―No te preocupes, yo lo apago más tarde.
―¿De verdad?
―¡Claro! Vamos a ver si encuentras algo para leer ―me dijo en un tono extraño.
Llegamos a la biblioteca, abrió la puerta y me invitó a entrar con un gesto parsimonioso. Entré y me sentí como en el cuento de la Bella y la Bestia. Era una biblioteca enorme, con millones de libros de pared a pared. Grandes ventanales de piso a techo entre las estanterías eran adornados con unas hermosas cortinas.
―¿Cree que encuentre algo de su agrado aquí, señorita Smith? ―me preguntó con una dulzura que me sacó de mi asombro.
―Esto es... maravilloso.
―Veo que te agrada.
―Me fascina, señor Mansfield, ¿a quién no podría gustarle algo así? Es un sueño.
―Espero que encuentres una buena lectura aquí.
―No sabré por dónde empezar.
―Depende del tipo de lectura que te guste.
―Me gusta leer de todo... O casi todo.
―¿Romance?
―Sí ―respondí avergonzada, sabía que ese tipo de lectura no era bien vista.
―Ven, mira. ―Me llevó hasta una de las estanterías y me indicó una placa que había pegada―. Aquí arriba están los géneros y los autores de cada estantería. Los autores están ordenados en orden alfabético de arriba abajo y de derecha a izquierda. Puedes buscar lo que quieras, no hay problema.
―Gracias.
―Te dejo sola para que busques a tu gusto. ―Él hizo una venia y salió de la biblioteca.
Yo quedé mirando la puerta, mi jefe era muy extraño, demasiado anticuado para su edad, pero guapo a rabiar.
―Bien, veamos qué libros tienen aquí ―dije en voz alta, como era mi mala costumbre, más de una vez he pasado vergüenza por hablar sola en todas partes.
Recorrí con mi vista la enorme cantidad de libros que había allí hasta que mis ojos se clavaron en uno muy antiguo, no conocía ni al autor ni al libro: "Un amor entre tinieblas" de Brian Storm.
Me senté en un mullido sofá y me dispuse a leer. Era el mismísimo paraíso.
Edward Blanche era un hombre al que comprometieron con Agnes Still, hija de un duque, amigo de su padre, pero él estaba enamorado de otra mujer, Victoria Marchant, una sirvienta de su casa. Sin saberlo Edward, Agnes era una poderosa bruja que lo maldijo a él con la eternidad en soledad y a ella con la muerte; sin embargo, la hermana de Edward, otra bruja, logró realizar un contra hechizo en el que él y Victoria se volverían a encontrar, Agnes, por su parte, logró volver a realizar un hechizo, solo dos oportunidades tendrían para encontrarse y con trescientos años entre un encuentro y otro, pero si Edward le decía a ella quién era y lo que significaba en su vida, no tendrían opción de estar juntos, su amor debía darse natural, no forzado. Edward encontró a Victoria después de tres siglos de soledad, ella también se enamoró de él...
Hasta ahí llegué, porque me quedé dormida con el libro en la mano.
―Francis... Señorita Smith. ―Escuché que Edward Blanche me hablaba desde muy lejos―. Francis...
Abrí los ojos con dificultad y me senté avergonzada.
―Te quedaste dormida en el sofá ―me dijo Edward con una sonrisa burlona y me quitó el libro de las manos.
―Oh, lo siento ―me disculpé sin saber qué decir―. ¿Qué hora es?
―Las siete.
―Es tardísimo.
―No tanto. Ven. Vamos a tomar un café antes de la cena.
En la pequeña mesita ya había una bandeja de plata con dos hermosas tazas del café más exquisito que había tomado en mi vida.
―Interesante lectura escogiste, ¿qué te hizo decidirte por él?
―No sé, nunca había escuchado de este autor, pero me llamó la atención el título, la sinopsis, el formato... Parece ser un libro muy antiguo.
―Lo es, fue escrito en 1720.
―Debe ser un clásico entonces.
―En realidad, no. Ese libro jamás llegó a publicarse.
―¿No? ¿Cómo lo tienes entonces? ―pregunté sorprendida.
―Se puede decir que es lo que hoy en día llamaríamos autopublicado.
―Es muy bueno, debería haberse publicado.
―Quizá su final no te guste.
―Espero que tenga un bonito final, llegué hasta cuando se encontraron después de los trescientos años. ¿Tú lo leíste?
―Sí, por supuesto.
―Bueno, yo quedé cuando se reencontraron.
―Te queda mucha historia.
―¿Tiene final feliz?
―Depende del ojo con el que se mire ―me respondió de esa forma tan usual en él, como que algo me ocultaba, claro, en ese caso se refería al final del libro.
―¿Cómo es eso de que depende?
―Para algunos es un final feliz, para otros, es un final triste. De hecho, ha sido tema controversial en mi familia por siglos.
―Entonces es un buen libro si es capaz de levantar discusiones.
―Así es.
―Y para ti, ¿qué final es?
―Es un final digamos... abierto.
―¿No tiene final?
―Será mejor que lo termines y te formes tu propia opinión.
―Creo que me quedaré hasta muy tarde leyendo.
―¿No te dará miedo? Ya ves que se trata de seres sobrenaturales.
―No es de terror. ¿O se pone terrorífica después?
―No. Sigue en la misma línea.
―Entonces no me va a dar miedo.
―Espero que no, no me gustaría que tuvieras pesadillas esta noche otra vez.
―Bueno, ayer no leí nada e igual tuve pesadillas.
Él detuvo su mirada en mí, yo no podía apartar mis ojos de él cuando me observaba así.
―Él... ¿se queda con ella al final?
―Léelo.
Yo hice un puchero, quería saberlo.
―No te enojes ―me suplicó.
―No me enojo, es que necesito el final.
―No seas curiosa, mejor disfruta el proceso.
―Eso tendré que hacer.