Llegamos a la cocina, allí estaba Anna cocinando e Ian limpiaba unos pequeños artefactos de plata. ―Buenos días ―saludó Edward feliz, me tuvo que tironear para que yo entrara detrás de él. ―Buenos días ―respondieron a la par mi papá y Anna. ―Hola ―saludé con timidez. Ian se levantó y me dio un beso en la frente. ―Buenos días, mi niña, ¿cómo está? ―Bien. Me sonrió con reconocimiento, me había convertido en mujer. Me abrazó a su pecho. ―Se merece toda la felicidad del mundo ―me dijo en mi oído en voz baja. ―Gracias ―contesté de igual modo. Tomamos desayuno y yo me quedé en la cocina para escribir, allí estaba calentito y no estaría sola. ―¿De verdad no molesto aquí? ―le pregunté por enésima vez. ―Claro que no, niña ―respondió Anna―, haga lo que tenga que hacer sin preocu

