Capítulo 15

869 Palabras
Abrí el mensaje, dispuesta a enviarlo a freír monos al África, pero oí un suspiro salir de sus labios y tuve que reconocer que eso me ablandó bastante el corazón. “¿Podemos hablar cuando la clase acabe? Por favor, Sam” Me dije a mí misma que Robert no era un mal chico y que actuó como un idiota simplemente porque los humanos no somos perfectos, y él no era la excepción. Era un chico maravilloso, se preocupaba por mí y me trataba bien. No sabía qué habría pasado por su cabeza ayer, pero estaba dispuesta a escuchar su justificación. Aun así, le respondí de manera fría. “Ok” Bloqueé mi teléfono y lo guardé en el bolsillo pequeño de mi bolso. Saqué mis cuadernos y todos los lápices de colores que necesitaba para tomar apuntes de la clase. Levanté la cabeza y vi a Samuel entrando en el salón. Levanté la mano y señalé el asiento libre a mi lado. Samuel caminó con su típica elegancia y fachada de tipo misterioso. Me reí de mis pensamientos y él me miró confundido. Cuando llegó a mi lado, besó mi mejilla y luego saludó a Robert y Aaron. Me dio una mirada de soslayo y luego se acomodó mirando al frente. —¿Cómo está todo? —susurró en voz baja. Saqué mi teléfono y le mostré la conversación con Robert de manera sutil; tampoco quería que él se diera cuenta de que estaba ventilando nuestras conversaciones privadas. Samuel sonrió de manera burlesca, y sin que me dijera nada, supe que pensaba que esto era ridículo, que Robert no era para mí y que seguía engañándome al intentar que esto funcionara. Me encogí de hombros ante su mirada, y nuestra comunicación se quedó hasta ahí cuando la profesora entró a la sala de clases y nos pidió silencio para comenzar con su clase. (…) Luego de casi dos horas, la clase acabó. De manera rápida, comencé a guardar todas mis pertenencias. Robert se puso de pie de un salto y se acomodó a mi lado. —¿Quieres ir por un café? —preguntó con amabilidad. Alcé la cabeza hacia él y asentí de manera fría. —Chicos, nos vemos después —sonreí hacia mis amigos y ellos asintieron con la cabeza. Samuel me guiñó un ojo y Aaron me lanzó un beso con la mano. Reí divertida y le hice una seña a Robert para abandonar el salón. Él caminó a mi lado, en silencio, y así comenzamos a hacer nuestro camino hacia la salida de la Universidad. —¿Vamos a la cafetería? —preguntó él con nerviosismo. Lo miré directo a los ojos y sentí una horrible sensación en el estómago. Me dio pena ver la tristeza en sus ojos y saber que eso lo estaba provocando yo. —Sí… —susurré de manera débil. Suspiré. Intenté no culparme por lo que estaba pasando entre nosotros, porque yo no habría actuado de tal manera sin una provocación. En silencio, caminamos hasta mi cafetería favorita. No nos tomó más de cinco minutos. Al entrar al lugar, las meseras nos saludaron de manera afectuosa y respondimos de la misma forma a sus saludos. Éramos clientes frecuentes en ese lugar. Hice mi típico pedido: café tradicional y un muffin de vainilla. Me senté frente a Robert y sentí su mirada fija en mi rostro —¿Podemos terminar con esta incomodidad? —preguntó con una sonrisa dulce, y sus ojos cayeron sobre sus manos. Esa mirada fue capaz de derribar todas mis murallas, y suspiré con rendición. —Podemos… Robert alzó la mirada y me topé de frente con sus lindos ojos. Le sonreí, y él entrelazó nuestras manos sobre la mesa, me dio un leve apretón y luego dejó un casto beso sobre el dorso de mi mano. —Sam, bonita. Te prometo que en ningún momento mi intención fue decir cosas feas de ti —señaló con una mueca en los labios. Asentí con la cabeza. —Yo no creo que tú seas una chica fácil, pero en ese momento tenía mucha impotencia por cómo te miraba ese tal Marcos, y solo reaccioné contra ti diciendo estupideces. —Vale, lo entiendo, y espero que no vuelva a suceder otra vez. A pesar de que tú y yo no estamos en una relación formal, nunca te he sido infiel, ni he coqueteado con otros chicos, solo para que lo sepas. Robert me sonrió y asintió con la cabeza. —Lo sé, Samanta —acarició mi mano con el pulgar de su dedo—. Por eso es que te quiero tanto que estoy a nada de volverme loco por ti. Abrí los ojos de par en par ante su confesión y me quedé estupefacta. Nunca antes me había lanzado esas dos palabras mágicas y no supe qué decir. —¿D-de verdad? —pregunté. Robert me sonrió y soltó mi mano para correr su silla y acomodarse a mi lado. Subió su mano hasta mi mejilla y la acarició de manera delicada. Sentí que me iba a derretir cuando presionó su nariz contra la mía y susurró en voz baja: —Sí, te quiero… Luego me besó.
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