Marcos
Mordí mi labio inferior con fuerza, intentando calmar la rabia que corría por mi sistema.
—¿Has entendido lo que te dije, Marcos? Eres un chico grande, no puedo creer el nivel de irresponsabilidad que estás teniendo con tu propia salud.
Asentí hacia el doctor y no dije nada. Sentí la dura mirada de mi madre y la ignoré, porque ya sabía lo que se venía para cuando abandonáramos esa consulta.
—No se preocupe, doctor. Desde ahora Marcos comenzará a tener más cuidado con el tratamiento y evitará toda actividad física, ¿cierto hijo?
Asentí una vez más con la cabeza.
—No te pido que estés sin hacer nada, solo que no hagas demasiado esfuerzo físico. Podrías comenzar por no cargar tu guitarra sobre la espalda…
Me crucé de brazos y alcé una ceja en su dirección. El doctor me regaló una gran sonrisa y luego miró a mi madre, quien asintió con la cabeza repetidas veces.
—Él no entenderá, doctor, porque esto es por su bien.
—Claro que lo entenderá —señaló el doctor con su sonrisa aún plasmada en el rostro—. Entonces, solo para que quede todo claro…
Comenzó a buscar un lápiz sobre su escritorio, pero le hice un gesto con la mano y negué con la cabeza.
—Aplicar frío para el dolor, si es necesario tomar uno de los analgésicos que ya tengo en casa y no debo cargar cosas pesadas o hacer ejercicio —le guiñé un ojo—. Lo tengo todo en mi mente, no es necesario que me lo apunte.
El doctor asintió con la cabeza y frunció los labios en una mueca.
—De todas maneras te lo dejaré escrito.
>, pensé, rodando los ojos con fastidio. En ese instante sentí una patada de mi madre debajo del escritorio del médico.
Me giré hacia ella y le sonreí.
—¿Te aprieta el zapato, mami? ¿Por qué me pateas? —cuestioné. Ella abrió los ojos de par en par y se ruborizó al instante.
—¿Qué dices, hijo? Fue sin querer —se rió levemente, pero sin gracia, y me lanzó una fea mirada.
Volví a ignorarla y recibí el papel que me extendió el doctor.
—Bueno, creo que eso es todo, ¿no? —pregunté. El hombre frente a mí asintió con la cabeza y yo di media vuelta para abandonar la consulta.
—Gracias, doctor. Es usted muy amable y disculpe su actitud, no ha superado el accidente aún.
Rodé los ojos y respiré hondo.
Mamá abandonó la consulta tras de mí y, cuando cerró la puerta, sus cejas se juntaron en casi una sola.
—En la casa hablaremos, Marcos Ignacio.
—Uy si, que miedo.
—Más te vale tenerlo.
Ella salió disparada hacia la salida del hospital y yo la seguí en silencio. Mi teléfono comenzó a sonar y contesté la llamada entrante.
Era Aaron.
—¿Ya saliste del doctor? —preguntó.
Exhalé con pesadumbre y me subí al automóvil de mamá mientras ella balbuceaba insultos hacia mí. Me coloqué el cinturón de seguridad y me acomodé en el asiento, intentando que el dolor de mis costillas no se intensificara.
—Sí, estoy bien —respondí al teléfono.
Mi madre se acomodó en el asiento del chofer y me lanzó una dura mirada. Estaba muy molesta.
—¿Qué tan bien? —cuestionó mi amigo. Sonreí.
—La recuperación es lenta. Según el doctor es porque no he guardado el reposo necesario.
Mamá encendió el motor y comenzamos a avanzar por la calle, el silencio dentro del auto era tan pesado que casi podía cortarse con un cuchillo.
—¿Eso qué significa? ¿Puede empeorar? ¡Marcos, debes cuidarte!
Rodé los ojos con fastidio y llevé una mano a mi rostro.
—¡Que estoy bien, hombre! Estás igual que mamá.
—Luego hablamos, pasaré por tu casa en la noche.
—Nos vemos, amorcito.
—Imbécil.
La llamada finalizó y dejé el teléfono sobre mi regazo. Encendí la radio del automóvil, pero inmediatamente mi madre la apagó.
Rodé los ojos, irritado y alcé una ceja en su dirección.
—La recuperación es lenta, pero me estoy recuperando. Me he aguantado el dolor porque no me gusta tomar medicamentos y aunque no lo creas me aplico una compresa de hielo todas las noches —hablé con lentitud mientras mi madre conducía mirando al frente—. Tampoco es que haga mucho esfuerzo físico, mamá…
—No has hecho el reposo necesario, de lo contrario tu recuperación sería más rápida —señaló tajante.
—¿Quieres que esté todo el día encerrado en casa? Porque te cuento que ya es tarde para hacerlo.
—¿Sabes qué, Marcos? No es tarde aún —sonrió a medias y suspiró frustrada—. Lo harás desde ahora y solo podrás salir si es para el taller de guitarra.
Abrí los ojos y reí estruendosamente, solo me detuve hasta que una punzada invadió mis costillas y me quejé por el dolor.
—¿Q-qué dices, mami? —intenté recuperar el aliento, pero me costaba un poco—. Supongo que es una broma.
—No lo es —negó con la cabeza—. Si no guardas reposo por las buenas, lo harás por las malas. Además agradece que te esté dejando ir a las clases de guitarra, que solo lo hago porque son importantes para ti. Si no me obedeces, tendré que contarle sobre tus planes a papá.
>
—¿Me estás chantajeando? —cuestioné indignado—. Caíste bajo, madre. Te lo conté en confianza.
—Y no importa hasta donde caiga con tal de que te recuperes pronto.
Me quedé en silencio, pero fue inevitable que una sonrisa se formara en mi rostro. No pude tomarme en serio su especie de castigo cuando sabía que no sería así y que solo lo hacía para que tomara conciencia de mi estado de salud y me cuidara.
Sabía que no estaba bien que no guardara reposo, pero tampoco era como si hiciera mucho. Mis únicas actividades eran ir a ver a Aaron y tocar guitarra con los niños en el taller; no hacía ejercicio ni tampoco cargaba cosas pesadas.
El doctor había dicho que, si mi cuerpo seguía recuperándose de esa forma, en un mes más estaría bien, aunque debía reconocer que en esas casi dos semanas me había aguantado el dolor y solo lo calmaba un poco con compresas de hielo antes de dormir, que era cuando más malestar sentía.
Mamá suspiró y encendió la radio, dando por finalizada nuestra conversación.
(…)
Aaron entró en mi habitación con una sonrisa confusa en el rostro y cerró la puerta tras de él.
—¿Puedes explicarme por qué tu madre me obligó a no sacarte de casa?
Mi amigo alzó una ceja en mi dirección y se sentó a mi lado, sobre la cama. Le di una sonrisa y bufé con fastidio. Había estado toda la tarde encerrado en mi habitación porque mamá se había puesto insoportable conmigo y estaba barajando la posibilidad de encerrarme de por vida en un castillo, tal como lo hicieron con Rapunzel.
—Cree que me estoy recuperando de manera lenta porque no hago reposo —me encogí de hombros.
—¿Tu madre cree eso porque…? —me hizo una seña con su mano y yo solo reí levemente.
—Bueno, es que puede ser verdad, pero yo no lo creo. Simplemente mi cuerpo es más lento en sanar o qué sé yo.
Aaron hizo una mueca con los labios y luego suspiró.
—Pero vas bien, ¿no?
—Sí, voy bien. Solo me dieron otra licencia, de dos semanas más.
Nos quedamos un momento en silencio y luego Aaron se levantó de la cama para tomar mi computador.
—Si no puedes salir, nos quedaremos aquí y veremos una película.
Le sonreí a mi amigo y asentí con la cabeza.
Tomé mi celular y fui directo a i********: para tomarle una fotografía a Aaron y subirla a mi historia. Añadí un texto con la frase “mi cita romántica” y me reí en voz baja, de paso me tomé la libertad de etiquetar a Carolina y escribir “siempre será más mío que tuyo”.
Aaron me miró de reojo con algo de confusión, pero me ignoró y yo continué con una sonrisa de oreja a oreja. Fui al inicio de i********: y navegué en las publicaciones por un momento, hasta que una imagen provocó que mi ánimo cambiara radicalmente.
¿Es en serio?>>; pensé.
La fotografía era de un par de manos tomadas mientras caminaban por la calle, y la había subido Samanta hace pocos minutos. Había escrito “Gracias por tanto”, algo tan cómplice y sencillo, que me provocó dolor de estómago.
No había nadie etiquetado en la fotografía, pero de sobra sabía que esos eran Samanta y Robert. Hice una mueca de disgusto, porque no podía creer que ese idiota siguiera junto a ella y teniendo en cuenta cómo la hizo sentir, como la humilló.
Bloqueé mi teléfono e intenté borrar esa imagen de mi memoria, aunque sabía que era imposible.
¿Cómo es que ella lo había perdonado tan fácil?
—No sé qué película podemos ver, ¿Quieres escoger tú? —preguntó mi amigo, sacándome de mis pensamientos. Asentí en silencio y tomé el computador que me ofreció.
Navegué entre todas las películas que nos ofrecía Netflix, pero solo estaba observando a la rápida, sin darle atención, mientras mi mente seguía pensando en que Robert era un imbécil que no se merecía a una chica como Samanta.