XIX—Estamos solos, Inés —le dije—. Ahora podremos hablarnos y vernos. En efecto, estábamos solos. Yo no veía ni Rey, ni pueblo, ni Guardia Imperial, ni balcones, ni quitasoles, ni abanicos, ni capas, ni gorras, ni flores, ni nada: yo no veía más que a Inés, e Inés no veía más que a mí. Aprisionados entre un pueblo inmenso, nos creíamos en un desierto. Olvidamos que existía un Rey recién coronado, y una nación alegre, y una ciudad feliz, y una multitud ebria, y no pensamos más que en nosotros mismos. No oíamos nada: el clamor de la gente, los vivas, los mueras, las felicitaciones; aquella borrachera de entusiasmo no producía en nuestros oídos más impresión que el vuelo de un insignificante insecto. —Gracias a Dios que nos han dejado solos —dijo Inés, estrechándose más contra mí. —¡Inés d

