XXIII—¡Pero si apenas puedo creerlo! —exclamaba mi ama—. ¿Conque la señorita huía con Gabriel? Tunante, ladroncillo, y cómo nos engañaba con su carita de Pascua. Ven acá —añadió dándome golpes—. ¿A dónde ibas con Inesilla, monstruo? ¿Qué te han dado por entregarla, ladrón de doncellas? A la cárcel, a presidio, pronto, si es que no le desollamos vivo. Pero di, ¿robabas a Inés? —¡Sí, vieja bruja! —respondí con furia—. ¡Me iba con ella! —Pues ahora vas a ir por el balcón a la calle —dijo D. Mauro, clavando en mi cuerpo su poderosa zarpa. Francamente, señores, creí que había llegado mi último instante entre aquellos tres bárbaros, que, cada cual según su estilo peculiar, me mortificaban a porfía. De todos los golpes y vejaciones que allí recibí, les aseguro a ustedes que nada me dolía tanto

