XXV

2228 Palabras

XXVAl entrar en mi casa, donde yo pensaba descansar un rato con Inés, antes de emprender la fuga, encontramos al buen D. Celestino, que habiendo llegado la noche anterior, creyó conveniente albergarse en mi humilde posada, antes que en otra cualquiera de las de la Corte. Ya le había yo informado por escrito de la verdadera situación en casa de los Requejos, por lo cual guardose de poner los pies en la famosa tienda. Él y nosotros nos alegramos mucho de vernos juntos, y apenas teníamos tiempo para preguntarnos nuestras mutuas desgracias, pues ya habrán comprendido ustedes que las del bondadoso sacerdote no eran menores que las nuestras. —Pero, hijos míos —nos dijo—, Dios nos ha de proteger. ¿Cómo es posible que los malvados triunfen fácilmente de los rectos de corazón? Vosotros huís de la

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