XXVIIIEn nuestra carrera no reparábamos en los mil peligros que a cada paso ofrecían las calles y plazas de Madrid, y andábamos sin cesar, buscando las vías más apartadas del centro, con tantas vueltas y rodeos, que empleamos cerca de dos horas para llegar a la puerta de Fuencarral por los pozos de nieve. Por un largo rato ni yo hablaba a mi acompañante, ni él a mí tampoco, hasta que al fin Juan de Dios, con voz entrecortada por el fatigoso aliento, me dijo: —¿Pero tú sacaste a Inés para entregármela después, o eres un tunante ladrón, digno de ser fusilado por los franceses? —Sr. Juan de Dios —repuse apretando más el paso—, no es ocasión de disputar, y vamos más a prisa, porque si los franceses llegan a meterse en mi casa... —¡Cuánto se asustará la pobrecita! Pero di, ¿por qué la sacast

