Pude ver la lucha que se libraba en su mente con la misma claridad que si me confesara sus más íntimos pensamientos. Me recordó un poco a la competición. El momento en el que sabes que te has metido en la cabeza de tu oponente. Así era lo que me ocurría con Gabrielle en este momento. Lo único que tenía que hacer era quedarme ahí dentro y convencerla de que quería lo mismo que yo. —No te preocupes. Todavía tienes tiempo para pensarlo. El día es joven. Su expresión cambió y se convirtió en algo parecido al pánico. —Ivan, ¿qué hora es? —Temprano. No creo que sean siquiera las diez y media. —¡Oh, mierda! El día después de la boda es el brunch nupcial, a las doce. Se supone que deberíamos estar allí, Ivan. Los dos. Y ahora mismo, ¡estamos en Irlanda! —soltó entre dientes, arrojando a un la

