—Oh, Dios mío— murmuró. Inesperadamente, sus labios se unieron a los de ella. La besó sin poderlo evitar. El cuerpo de la muchacha pareció derretirse en el de Richard. Éste la besó frenético, apasionado, como había deseado hacerlo desde hacía mucho tiempo. Había luchado incesantemente contra el sentimiento que Natalia le provocaba. Por las noches, al no poder conciliar el sueño, se decía una y otra vez que era sólo una criatura. Ahora, al besarla, comprendió que se trataba de toda una mujer. Se daba cuenta de que el éxtasis que ésta le provocaba también se apoderaba del cuerpo de ella. La besó hasta que ambos quedaron sin aliento. Luego con voz que se parecía al cántico de los pájaros, Natalia dijo: —Te... amo..., te... amo, y nunca... te... dejaré. —Mi amor, esto es una locura

