El primer día de clases
El viento frío de Boston se colaba entre los árboles del campus de Camden University, haciendo que las hojas crujieran bajo los pies de Clarissa mientras avanzaba con paso rápido, casi flotando entre la emoción y los nervios. Sus manos, ocupadas en ajustar los tirantes de su mochila, temblaban ligeramente. Cada crujido de las hojas parecía un pequeño tambor anunciando la llegada de algo que había esperado durante meses: su primera clase con Adrián Smith.
—¡No puedo creer que finalmente hayas conseguido entrar en la clase del profesor Smith! —dijo Emily, su amiga de toda la vida, caminando a su lado y ajustándose la bufanda—. ¡Eso es casi imposible! Todos quieren acceder, pero pocos logran un cupo.
Clarissa sonrió, tratando de mantener la compostura, aunque sentía que el corazón le latía tan fuerte que podría escucharlo ella sola. Sus ojos se desviaron hacia los ventanales del edificio principal, donde la luz del sol de la mañana iluminaba los detalles de la arquitectura antigua. Cada reflejo parecía magnificar la importancia del momento, cada sombra le recordaba que estaba a punto de entrar en un mundo que había admirado desde lejos durante tanto tiempo.
—Lo sé… Todavía no me lo creo —murmuró, más para ella misma que para Emily—. Es Adrian Smith… su trabajo, sus conferencias, sus libros… Es como si todo lo que he estudiado hasta ahora hubiera apuntado a este momento.
Emily rió suavemente, con esa mezcla de diversión y cariño que siempre tenía para con ella.
—Bueno, sí… pero respira, Clarissa. No querrás desmayarte frente a todos en la primer clase.
Clarissa se rió también, aunque el torbellino de emociones en su pecho no cedía. Cada palabra sobre Adrian la hacía sentir una mezcla de admiración y un cosquilleo extraño que aún no sabía cómo nombrar. Su fascinación por su trayectoria académica y sus publicaciones se mezclaba con una excitación contenida, un calor que subía desde su estómago hasta la nuca.
Mientras se acercaban al edificio donde se dictaba la clase de Literatura Comparada del Siglo XX, cada paso de Clarissa estaba marcado por anticipación. Sus sentidos parecían agudizados: escuchaba con claridad el sonido de los pasos de los demás estudiantes, el crujido de las hojas, y hasta el ligero zumbido del tráfico lejano. Cada detalle le recordaba que estaba a punto de vivir algo que había imaginado durante meses.
El edificio imponía respeto. Sus muros de ladrillo rojo, ventanales amplios y escalinatas de mármol daban una sensación de historia y prestigio que Clarissa encontraba casi mágica. Subió las escaleras junto a Emily, intentando respirar con normalidad, mientras su mente repasaba una y otra vez lo que sabía de Adrián: sus libros, su manera de enseñar, las conferencias grabadas que había visto varias veces.
—Si quieres un buen asiento, tenemos que ir al frente —dijo Emily, inclinándose hacia ella—. Dicen que siempre llega temprano.
Clarissa asintió, tragando saliva. Su corazón latía con fuerza mientras se abría paso entre las filas de estudiantes que ya ocupaban sus asientos. Eligió un lugar en el medio, lo suficientemente cerca como para escuchar cada palabra, pero no tan cerca como para sentirse demasiado expuesta. Mientras tomaba asiento, su mente no dejaba de imaginar cómo sería escuchar la voz de Adrian en persona, verlo escribir en la pizarra, observar la forma en que sus manos se movían entre los papeles
El aula estaba llena de murmullos, el sonido de hojas y cuadernos mezclado con pasos y risas contenidas. Clarissa respiró hondo, intentando calmar el temblor que sentía en las manos.
Y de pronto Adrian Smith ingresó al aula.
Clarissa no podía apartar la vista de él. Su porte era impecable: espalda recta, hombros amplios, movimientos medidos, cada gesto irradiando confianza. Llevaba una chaqueta de tweed gris oscuro que realzaba sus anchos hombros y una camisa de lino blanco inmaculado, sin corbata, que le daba un aire de intelectualidad accesible. Su cabello oscuro, que caía en ondas ligeras sobre su frente, estaba ligeramente despeinado de una manera que solo acentuaba el atractivo intenso y varonil de su rostro serio. La luz del sol que entraba por los ventanales resaltaba los contornos de su mandíbula marcada y el azul profundo y penetrante de sus ojos. Clarissa sintió que le faltaba el aire por un instante. Cada detalle parecía hipnotizarla: cómo organizaba sus apuntes, cómo se inclinaba sobre la mesa, el sonido de sus pasos sobre el suelo de madera.
El murmullo de las estudiantes alrededor de Clarissa, que hasta entonces había sido solo ruido de fondo, se hizo más audible, adquiriendo una cualidad distinta: la de la admiración contenida.
—Dios mío, es un escándalo de guapo —susurró una chica dos asientos por delante, cubriéndose la boca con la mano para ahogar una risita—. ¡Dicen que es soltero! ¿Cómo es posible que alguien de cuarenta años sea así? No es justo.
—Parece sacado de una película —respondió su compañera, con un tono de voz lleno de reverencia—. Y esa voz… ya quiero que empiece a hablar.
Clarissa asintió internamente. No podía estar más de acuerdo. El profesor Smith no solo era una eminencia; era, de lejos, el hombre más imponente y atractivo que había visto en Camden. Su inteligencia y su figura se combinaban de una manera que resultaba casi abrumadora.
—Tranquila… respira. Solo es un profesor, aunque sea el profesor más guapo de Boston —susurró Emily, dándole un codazo discreto.
Clarissa asintió, tratando de contener la oleada de emoción que la invadía. Intentó concentrarse en el aire frío de la mañana, en el aroma de los libros, en el ruido del aula, pero todo se filtraba a través de su fascinación por Adrian.
Cuando el timbre de inicio sonó, un silencio expectante llenó el espacio. Adrian levantó la vista de sus apuntes y sus ojos, de un azul tan intenso, recorrieron la sala lentamente, haciendo que Clarissa sintiera un escalofrío en la nuca.
—Buenos días —dijo, con una voz profunda, firme y con una cadencia hipnótica. Era la misma voz que había escuchado en las grabaciones de sus conferencias, pero en persona, resonaba en el aula con una autoridad y calidez que la hacía vibrar—. Soy Adrian Smith, y les doy la bienvenida a Literatura Comparada del Siglo XX.
Hizo una pausa, y su sonrisa, breve y profesional, hizo que varias de las estudiantes cercanas a Clarissa soltaran un suspiro colectivo y disimulado.
—Veo caras nuevas, además de que la sala está excepcionalmente llena —continuó, con un ligero tono de ironía que denotaba que era consciente de la popularidad de su curso—. Ya saben que este seminario es riguroso. No estoy aquí para guiar sus manos, sino para desafiar sus mentes. La literatura, en este siglo, no es solo un placer estético; es un campo de batalla filosófico, político y social. Esperen ser incómodados, esperen ser cuestionados, y esperen leer mucho.
Mientras hablaba, se acercó a la pizarra y, con un trozo de tiza que sostenía con una elegancia sorprendente, escribió su nombre en una caligrafía pulcra y decidida: Dr. Adrian Smith.
—Mi enfoque será en las crisis de representación y el surgimiento de la literatura como conciencia crítica después de las grandes guerras. Comenzaremos con Joyce, la próxima semana. Asuman que no hay conocimiento previo que no deba ser revisado. La fascinación es bienvenida, pero la ingenuidad no.
Cada palabra era clara, medida, con un ritmo que hacía que Clarissa colgara de cada sílaba. Ella tomaba apuntes con la precisión de alguien que temía perderse un solo detalle, mientras su mente volvía una y otra vez a admirar la elegancia de sus gestos y la intensidad tranquila de su presencia. Era un hombre que no solo enseñaba, sino que habitaba el conocimiento.
Durante toda la clase, Clarissa sintió que el mundo se reducía a aquel aula, a las palabras que Adrian pronunciaba y a la sensación intensa de estar exactamente donde había querido estar. Cada concepto que explicaba, cada referencia a autores que Clarissa adoraba, aumentaba su emoción. La admiración académica comenzaba a mezclarse con algo más, una fascinación que no podía nombrar pero que le encendía el corazón y le aceleraba la respiración.
Mientras todos los demás estudiantes tomaban apuntes con atención, ella no podía dejar de pensar en cómo un hombre podía combinar tanta inteligencia, seguridad, atractivo físico y presencia, y aún así permanecer tan distante e inaccesible. Cada explicación, cada detalle de su voz, cada gesto de su mano sobre el escritorio parecía crear una especie de hechizo que la atrapaba sin que pudiera evitarlo.
Al terminar la clase, los estudiantes comenzaron a levantarse, hablar entre ellos y empacar sus cosas. Clarissa permaneció un momento más, revisando sus notas y tratando de organizar sus pensamientos. Sentía que algo dentro de ella había cambiado en solo una hora; algo que no podía describir del todo, pero que sabía que no desaparecería pronto.
Mientras salían del aula, Emily la miró con una sonrisa comprensiva:
—Estás completamente enamorada… de su intelecto, claro —dijo, con un guiño divertido, susurrando el comentario anterior de las otras chicas para Clarissa—. Pero la mitad de la clase no disimuló que también lo está de su porte. Respira, Clarissa. Lo mejor todavía está por venir.
Clarissa rió suavemente, aunque en el fondo sabía que no era solo su intelecto lo que la atraía. Había algo más, algo indefinible y poderoso, que hacía que cada fibra de su ser estuviera pendiente de aquel hombre, incluso cuando él no dirigía su atención hacia ella.
Caminando por los pasillos del campus, con hojas secas bailando a su alrededor, ninguno de los dos sabía que esa clase marcaría sus vidas de maneras que aún no podían imaginar.