Saber que tienes control sobre el cuerpo de una mujer es lo más excitante que un hombre puede desear. Especialmente una mujer como Sol Mercer, este milagro salvaje, de lengua afilada y caótico, con fuego en la voz y dagas en la mirada. El tipo de mujer que mordería la mano que la alimenta si la tocara de la manera incorrecta, pero que aún se arrodillaría a tus pies si dijeras las palabras correctas en el tono correcto. Ahora se arrodilla, entrecerrando los ojos sin sus gafas, con la boca ligeramente entreabierta. —Quiero que me hagas cosas buenas, Perseo —dice—. Sigo siendo tu chica buena. Dios. Ni siquiera sabe lo que me está haciendo. El dolor en mi pecho lucha contra el dolor en mi ingle, y la guerra está igualada. Intento no sonreír, intento mantenerme en el papel del hombre que t

