Me giro para mirarlo. Mi respiración es un desastre. —¿Y si no lo hace? Perseo sonríe. —Entonces me temo que tendrás que morirte de hambre un poco más. Apenas tengo tiempo de procesar la amenaza antes de que su brazo izquierdo me rodee, rodeándome el pecho. Esa otra mano se desliza entre mis muslos y encuentra mi clítoris sin dudarlo. Acaricia. No es suave. No es delicado. Presiona y hace círculos. Mis rodillas se doblan un poco por la oleada de sensaciones. —Joder —susurro con voz tensa. Gime detrás de mí, bajo y aprobatorio, y su mano en mi pecho se aprieta ligeramente. —Mantén la vista en la pelea, conejita. Lo hago. Cada movimiento en el ring me quema el cerebro. Goliat está magullado, sangrando. Pero no se rinde. El otro tipo le asesta un fuerte golpe en el estómago Mis cader

