Capítulo 1
Oscuro, húmedo y sucio. Incluso con todo lo que había sucedido cuando Jessica se casó, nunca creyó que terminaría allí, encerrada en una celda. Fuera de la vista, fuera de la mente.
Sin embargo, tal vez debería haberlo sabido. Sus padres nunca habían sido precisamente modelos ejemplares preocupados por su seguridad o su futuro. Debería haber luchado más contra sus deseos en lugar de ceder a aquel matrimonio político.
Jessica se apretó la manta raída alrededor de los hombros y se acomodó sobre la tarima de madera y el heno que formaban su cama.
Era mejor que el suelo o las paredes de piedra. Siempre había un frío persistente en el aire del que no podía escapar. Tampoco era que alguien se esforzara demasiado por hacerla sentir cómoda. Puede que no tuviera que trabajar ni pasara hambre, pero su estilo de vida actual distaba mucho de ser agradable y, además, carecía de cualquier tipo de compañía.
Las cosas no estaban exactamente bien cuando se casó con el duque Blanc, pero Jessica nunca entendió cómo habían llegado a salir tan mal.
Supuso que todo comenzó cuando sus padres empezaron a susurrar sobre ella a sus espaldas, casi al mismo tiempo que comenzaron a circular rumores sobre los Blanc.
Bueno, en aquel entonces no era el duque Blanc. Era Jason Blanc, heredero del ducado, y ella, aunque solo fuera por un corto tiempo, había sido Jessica Blanc de soltera Flores, la esposa legítima de Jason.
Ahora, sin embargo, Jason era el único gobernante del ducado Blanc. Y ella estaba encerrada en una celda, acusada del asesinato del duque Gerard Blanc, predecesor de Jason y, además, su abuelo.
Solo había un problema: Jessica no había matado al duque. Ni siquiera había estado cerca de él cuando ocurrió el asesinato, ¡pero aun así fue acusada y condenada!
Uno pensaría que su esposo habría puesto más empeño en encontrar al verdadero asesino de su abuelo, pero Jason había sido el primero en señalarla como culpable.
Jessica admitiría que, en aquel momento, se sintió herida e incluso traicionada. Sin embargo, pasar tanto tiempo en una celda le había dado demasiado tiempo para pensar, y era difícil aferrarse a esos sentimientos cuando, para empezar, él nunca había estado realmente de su lado.
Después de un año en prisión, con una rutina compuesta por pan duro, sopa aguada y la ocasional presencia de algún guardia, resultaba difícil conservar emociones tan amargas.
Ella nunca había sido una persona de grandes sueños ni había ambicionado escalar en la jerarquía política. Jessica habría preferido una vida tranquila, acompañada de una buena novela y una taza de té, con algún dulce ocasional.
Sobre todo, lo que sentía esos días era añoranza y un poco de arrepentimiento. Deseaba haber discutido más con sus padres sobre el asunto, aunque probablemente hubiera sido inútil.
Ahora, después de haber sido arrojada a una celda y posteriormente olvidada, estaba cansada.
Era curioso: no hacía nada en todo el día y, aun así, se sentía agotada. Al principio, había rogado a los guardias que la dejaran salir y había proclamado su inocencia una y otra vez, pero su esposo nunca la escuchó.
Sí, Jason seguía siendo su marido, incluso después de todo lo que había ocurrido. Había pasado un año entero y él no la había visitado ni una sola vez.
A veces, Jessica se preguntaba si simplemente se había olvidado de ella en aquella pequeña celda. Ni siquiera tenía un libro o un amigo que le hiciera compañía. Ya había contado todos los ladrillos varias veces, y seguir torturándose por lo ocurrido, cuando todos los demás ya la castigaban, parecía contraproducente.
El pesado tintineo de una armadura y el sonido de unas llaves hicieron que Jessica levantara la cabeza, confundida.
Eso... no sonaba bien.
Sonaba como un soldado.
Los pasos eran firmes y constantes, propios de alguien que cumplía con su deber. Todos los soldados sonaban igual: la misma armadura pesada marcando cada paso, las mismas llaves colgando de sus cinturones cuando les tocaba vigilar la prisión.
Sin embargo, lo extraño era que aquello no formaba parte de la rutina.
No importaba quién estuviera de guardia; todos realizaban sus rondas cada dos horas en punto. Nunca llegaban tarde, nunca se adelantaban y jamás se desviaban del horario. Jessica lo había cronometrado por puro aburrimiento.
Eran tan puntuales que resultaban tan fiables como un reloj.
Entonces, ¿qué había sucedido para cambiar aquello?
El sonido se hizo más fuerte y Jessica observó fijamente cómo un soldado se detenía justo frente a su celda. Antes de que pudiera abrir la boca para preguntar qué estaba sucediendo, introdujo la llave en la cerradura y la giró antes de entrar.
En apenas dos rápidas zancadas, estuvo a su lado. Su figura se inclinó y el resto de la habitación pareció alejarse, siendo tragado por las sombras.
Entonces, la cabeza de Jessica cayó hacia atrás y, aturdida, comprendió que no era el mundo a su alrededor el que se estaba desvaneciendo, sino ella misma. No pudo reunir la fuerza necesaria para luchar contra aquella profunda y repentina fatiga que la debilitó por completo, y todo se desvaneció en la nada.
Y entonces...
Todo desapareció.