“Corre, Corre”, su mente le gritaba. “No te detengas, Arabella”. Impulsó aún más fuerte sus cansadas piernas para ir más rápido. El cuerpo le pedía un descanso, que parara, pero no podía hacerlo, tenía que alejarse de ellos tanto cómo pudiera, si quería vivir.
Bajó a las corridas la escalinata empujándose entre la ajetreada multitud de personas. El último silbido del tren se escuchó avisando que se dieran prisa para abordar. Con el corazón latiéndole como loco en el pecho, se apresuró a alcanzarlo. Un señor ayudaba a subir a una anciana con bastón. Parecía que el tiempo no avanzaba. Buscó la siguiente entrada y la encontró vacía. Prácticamente voló los dos escalones y finalmente estaba dentro del tren.
Exhaló con alivio mientras caminaba por el vagón. Había mucha gente. Era normal dado que era el mediodía. Pasó entre los pasajeros parados, e hizo su esfuerzo por evitar las miradas raras que le daban. No le costaba imaginarse el por qué. Era un desastre, la trenza de cabello coronando su cabeza en una media coleta estaba casi completamente desarmada, estaba sudada, olía, su vestido floreado había sido desgarrado en la falda al engancharse y había pisado un charco empapándose de lodo toda la pierna izquierda. Probablemente pensaban que era una loca que se escapó del manicomio o algo.
No hizo caso a las miradas y continuó avanzando por los vagones. Su pie cansado tropezó con algo. Se enderezó mirando sobre su hombro para ver con qué, cuando se encontró con la mirada enfadada de un niño de 9 años. Estaba sentado junto a su madre quien contemplaba distraídamente por la ventanilla de su lado. El pie del chico estaba hacia fuera con la intención de hacer caer a alguien, pero la manera en que la miraba, recelosa, como si ella hubiera tenido la culpa de haber tropezado con su pie puesto para ello, como si ella fuera responsable de todo lo malo que pasaba en el mundo. Flashes de recuerdos de estar en su departamento en el tercer piso, escapándose por la ventana a la escalera de incendio, gritos enfadados de las personas, llegaban de todas partes alzándose por su edificio, cada vez con más fuerza, con más furia, como llamas queriendo consumirla y quemarla. “¿Por qué todos la culpaban a ella?”
Alguien gritó:- ¡Boletos!- arrancándola del aterrador recuerdo. Se volvió y vio al mismo hombre que antes había ayudado a la anciana a subir, pasando por los asientos y personas paradas pidiendo los boletos. Soltó una maldición entre dientes. No tenía uno. Ni se le había cruzado por la cabeza cuando vio el tren, lo que ahora era un pensamiento estúpido porque la haría bajarse. Continuó avanzando mientras su cerebro pensaba algo. El tren empezó a sacudirse en señal de que estaba arrancando. La voz del señor se iba a acercando. Ella sudaba cada vez más de los nervios. “Vamos, Arabella, piensa, piensa”, se presionaba, pero nada. Llegó al final de último vagón y allí quedó.
-¿Boletos?-le pidió la voz del anciano a su espalda.
Ella no se movió, sus manos se agarraban fuertemente de la manija de la puerta, sopesando la idea estúpida de saltar o voltear y confrontar al hombre. Quizás podría usar sus encantos y convencerle de que le deje estar.-Señorita, sus boletos, por favor.-le pidió de nuevo, ahora su tono menos amable. No, sabía que ya, sus posibles encantos no harían efecto. Involuntariamente, su mano empezó a girar la manija cuando una voz, dijo:-Aquí están.-
Ambos, tanto ella como el hombre, se volvieron para ver a una joven de su misma edad, se atrevía a decir, cabello largo y rubio, parada cerca de ellos. Vestía una blusa celeste cielo de breteles con un bolados todo a lo largo del escote redondo y cayendo por sus desnudos brazos, jeans blancos con las rodillas rotas y zapatillas con brillos plateados. Sonreía amablemente al hombre.-Aquí, señor, su boleto.-le volvió a decir.
El hombre salió de su estupefacción, y alzó la mano tomándolo.- ¿Usted está con ésta señorita?-le preguntó como si le costara creerlo, y no podía culparle. Por la manera en que ella se veía, hacía difícil de creer que estaba con alguien. Probablemente parecía una refugiada de guerra.
La joven amplió su sonrisa y la miró.-Pues, claro, es mi mejor amiga.-se acercó y enroscó su brazo con el de ella que seguía paralizada sin poder reaccionar.-Vamos, amiga, tengo sed. Regresemos a mi compartimento y pidamos algo.- tiró de ella sin esperar respuesta, y pasaron junto al hombre.
En silencio caminaron por los corredores y se metieron a la parte donde estaban los compartimentos. Había cinco. Entraron en el cuarto. La desconocida joven se movía espaldas a ella, totalmente confiada, como si le conociera y no temiera que le fuese a hacer algo. Ella jamás haría algo así, pero después de todo, no la conocía. Como ella tampoco.
La joven rubia presionó un botón en la pared junto a la puerta, y tomó una de maletas de debajo de su cama. Era una pequeña cama pero el colchón se veía alto y cómodo. La miró sobre el hombro mientras dejaba caer la maleta sobre el colchón, y rió.-Siéntate.-le dijo, no en modo de orden, sino porque ella estaba allí parada sin saber qué hacer. La chica rió de nuevo y se volvió a la maleta diciendo:-Sé que piensas que soy una loca.-
Ella balbuceó un:- N-No…-pero su voz apenas se oyó. La chica continuó:-Bueno, no te culpo. Prácticamente, te abordé y arrastré conmigo. Yo en tu lugar estaría asustada. –rió otra vez, y se giró con unas prendas en sus manos.-De hecho, yo me hubiera gritado y dado un puñetazo en la cara si alguien me tomaba del brazo a la fuerza.-
Ella se quedó boquiabierta. No era nada a lo aparentaba. Tenía ese aspecto de dulce e inocente jovencita, pero tenía espíritu de leona. –Lo sé, soy demasiado honesta y peleona. Ya me lo han dicho, pero qué se puede esperar de haber crecido en un orfanato. Hay que ser duros y decididos si no quieres que te pasen por arriba o te arrebaten lo tuyo.-
-Oh…-fue el único sonido que salió de su boca. Estaba anonada por la cantidad de información personal que esa chica le compartía. Es decir, no se conocían.
-No sientas pena por mí. Es lo que más odio. –se le acercó.-Soy una sobreviviente. Una luchadora que ha sobrevivido cada batalla. –le dio una amplia sonrisa genuina.-Estoy aquí y es lo único que importa. Ahora toma.-le empujó las prendas que tenía en sus manos.-Póntelas, así dejas de parecer que eres tú la huérfana.- Tocaron a la puerta y ella fue a abrir.-Hay un baño detrás de esa pequeña puerta a tu izquierda. Ve.-
Ella se quedó un segundo con las ropas en las manos, sin saber, nuevamente, qué hacer. Miró a su vestido sucio, sudado y roto, y exhaló vencida. Se metió en el diminuto cuarto y se cambió. Le sorprendió que fueran de la misma talla. Y, era de excelente calidad. Caras. Muy caras. En el borde de la blusa tenía impreso Dolce & Gabbana. Se quedó asombrada. ¿De dónde sacaba para comprar esas ropas? Empujó su larga cabellera de suaves rizos castaños para atrás cuando sintió algo puntiagudo pinchándole la espalda. Estiró el brazo hacia atrás metiendo la mano debajo del cuello de la blusa, y arrancó el cartón. Lo miró y vio que era una etiqueta de seguridad. Se quedó estupefacta. Era robada.
Salió, y la encontró sentada en la cama, cruzada de piernas, con un Martini en sus manos que llevaba a sus labios. Cuando la vio bajó el vaso y se levantó.-Lo sabía. Te quedan mejor que a mí.-rió. Tomó su ropa sucia y arrojó a un costado sin mirar. Le tomó la mano guiándola a la cama para sentarse juntas.-Ahora, tómate un Martini, y cuéntame qué te ha pasado.- tomó su vaso y el otro que estaba en la bandeja sobre la mesa de noche junto a la cama y lo empujó en su mano.-Bebe un trago antes de empezar. Se nota que lo necesitas.-dijo, y tomó un gran trago de su bebida.
Bajó la mirada a su vaso. No era de beber, ni en las peores situaciones. La mano de la chica apareció y empujó el vaso a sus labios, incitándole. Ella le miró a su rostro sonriente, y se dijo: “A la mierda, por una vez no te va matar”. Y se bebió el contenido. Todo.
La chilla aulló en celebración.- ¡Esa es mi chica!-soltó otro aullido.- ¡No sé quién eres o qué te ha pasado, pero vamos a celebrar nuestra amistad!-se levantó para llamar de nuevo al camarero. Cuando llegó le pasó varios billetes y le pidió que le contrabandeara una botella de tequila. El muchacho dudó, reacio, pero ella le guiñó el ojo seductoramente y le metió otro billete dentro del bolsillo de su chaqueta. Él se rió, y asintió accediendo antes de volverse al corredor.
Ella se volvió.-Y, así se hace, amor.-
No pudo evitar reírse. Ella se sentó de nuevo a su lado cruzando las piernas.-Pero, antes de que nos adentremos por los tumultuosos caminos de tu vida, déjame presentarme.-se llevó una mano al pecho.-Soy Carrie. Carrie Woods.-le chocó con su vaso el suyo y guiñó el ojo.
Se aclaró la garganta.-Arabella.-
-¿Arabella qué?-
Ella bajó la mirada. Hubo un silencio incomodo.
-Vale. Entonces, Arabella, ¿qué te ha hecho subir a este tren de improviso?-
Su pregunta le hizo alzar la mirada de nuevo a ella, sorprendida. Carrie rió.-No es muy difícil de descifrar que no estás en un viaje de placer, amiga.-
De nuevo, abrió la boca para contestar, porque sentía ese peso quemándole en el pecho, pero las palabras no le salían. Sintió lágrimas empezar a humedecerle los ojos. -Oye, no, no, no, no llores, no tienes que contarme nada que no quieras. Ven.-la rodeó con sus brazos. Y, por primera vez en meses se sintió consolada, a salvo y eso impulsó aún más las lágrimas. Carrie le frotó la espalda.-Tranquila, todo estará bien. Te lo prometo.-
-Lo siento…-susurró con voz temblorosa.-Lo lamento tanto…-
Carrie no sabía nada de ella o de su pasado, pero sus palabras parecían decir lo contrario:-No fue tu culpa, cariño, no lo fue. No lo fue.-le calmaba con sus suave voz, su mano palmándole la espalda como su madre solía hacer de niña.
Sorbió por la nariz, y se hizo para atrás para mirarla.-Gracias.-logró balbucear y se frotó las lágrimas de las mejillas.
Carrie se sonrió y guiñó el ojo de nuevo.-Para eso están las amigas.- tomó su vaso de nuevo y le hizo gesto con el mentón para que tome el suyo de nuevo.-Ahora un brindis. –
Tomó su vaso y lo alzó en el aire a centímetros del de ella. Una pequeña sonrisa asomándose de entre sus labios temblorosos. Carrie continuó:-Por dejar el pasado atrás y una larga y próspera amistad.-
Se rió, nuevas lágrimas enturbiando su visión, pero eran de felicidad. Ya, todo lo malo, no se sentía tan malo cuando estabas con alguien, y dio una plegaria de agradecimiento de haber encontrado a Carrie.-Por ti.-dijo.
-Por nosotras.-Carrie chocó su vaso. El tintineó hizo eco a la vez que sentían una violenta sacudida en el tren. Los rieles del tren chirriaron intentando lo que parecía detenerse. Ella salió volando de su asiento cayendo sobre su costado al piso. Su cabeza golpeó contra el borde de algo, y su visión se volvió borrosa. Las cosas volaban por todos lados. La maleta de Carrie con sus pertenencias dentro. Las luces parpadeaban por apagarse. Los gritos Carrie se mezclaban con los de afuera de los demás compartimentos y vagones. Empezó a gatear hacia Carrie para ayudarla. Parpadeó varias veces y vio su forma distorsionada en el piso cerca de la puerta. Carrie extendió el brazo y ella hizo lo mismo para sujetarle la mano, antes de que sus dedos se tocaran, el tren volvió a sacudirse como si chocara contra algo y saliera expulsado sobre el aire. Ambas gritaron de terror. El vagón rodaba y rodaba. Ellas golpeaban contra cada cosa. La puerta se abrió bruscamente y el grito de Carrie le hizo verla cuando como si una fuerza la succionara por el espacio de la puerta abierta al corredor. Sus brazos extendidos a ella, pidiéndole ayuda, y ella quería ir y agarrarla, jalarla de nuevo consigo dentro del compartimento pero estaba enganchada con algo, y antes de que siquiera parpadeara de nuevo, Carrie había desaparecido.
Despertó. Un terrible dolor zumbaba en su cabeza. Parecía que tenía un enjambre anidando. Con quejidos de dolor, se intentó incorporar. Una mano le empujó suavemente del hombro para que no lo hiciera.-Quédate recostada, cariño.-le dijo una voz amable de mujer. Parpadeó pero seguía viendo borroso.- ¿Cómo te sientes? ¿Recuerdas algo? ¿Sabes qué pasó?-
-No la atosigues con preguntas, Marjorie.-le reprendió una voz masculina. Ella intentó forzar su vista para vislumbrar sus facciones, pero era inútil. La forma blanca se acercó a ella, agazapándose encima de su cara. Sus fríos dedos le abrieron los párpados y una cegadora luz iluminó dentro de sus ojos.-Muy bien, señorita, soy el doctor Nichols, y se encuentra en el hospital.-se alejó apagando la luz.- No se alarme, usted va a estar bien, pero dígame ¿siente algún adormecimiento en el cuerpo?-
Ella no entendió a lo que se refería. De pronto, recordó a Carrie y el miedo la inundó. Comenzó a incorporarse de nuevo. -Carrie… Carrie… ¿Dónde…-las dos manos grandes del hombre la empujaron de los hombros de regreso a la cama.
-Tranquila, tranquila, todo estará bien.-le seguía diciendo con esa voz calmada que la ponía cada segundo más intranquila.
Empezó a retorcerse para librarse de su agarre.-Tengo que encontrarla…-
-Marjorie.-fue todo lo que dijo el doctor antes de que la mujer se volteara a medias sobre una mesita carrito a us espalda. No tenía idea de lo que hacía, pero segundos después sintió un pinchazo en el brazo derecho y todo su miedo y desesperación se fue disipando a la vez que una paz y tranquilidad relajaba sus músculos y cuerpo. Se hundió en el colchón balbuceando incoherencias.
-Está muy afectada. Habrá que mantenerla sedada si vuelve a alterarse.-decía la voz del doctor.
-¿Está seguro, doctor?-le contestaba la mujer.-No cree que…-su voz se apagó.-Lo que usted ordene.-
El hombre le dijo algo más pero sus oídos anularon de todo sonido, era como si de pronto tuviera tapones. Sus ojos se cerraron y todo se volvió n***o.
Había pasado casi dos semanas desde que estaba allí. Los doctores no querían dejarla ir bajo el pretexto de que no estaba aún curada, pero ella se sentía…bien, bueno, aun le dolían las costillas como si se las hubieran arrancado una por una y se mareaba cuando se levantaba, pero no era gran cosa. ¡Quería irse!
-¡Carrie!-
Ella se volvió girando consigo el catre que arrastraba por el corredor. La enfermera a quien había conocido como Marjorie y que atendió desde el día uno, corría a ella con cara de que estaba por darle una gran reprimenda.-Te he dicho miles de veces que no puedes pasearte sola. –se llevó una mano a la cadera.- ¿Qué paso la última vez?-
Movió el peso al otro pie, nerviosa.-Me mareé.-dijo en apenas un susurro.
-¿Y?-
Tragó saliva.-Me golpeé la cabeza contra la baranda.-
-Exacto. –le agarró del codo con cuidado y despacio giraron de regreso a su habitación.-Tienes que descansar. Es tedioso, pero es la única manera de que mejores.-
-Lo sé, pero ya no puedo estar más encerrada. Necesito salir. Por favor, sólo cinco minutos al jardín, por favor…-le suplicaba desesperadamente.
La mujer suspiró, viéndose verdaderamente apenada.-Lo siento, Carrie.-
-No soy Carrie.-afirmó con fuerza.
-Ni yo un teletubi.-le devolvió lo que le hizo fulminarle con la mirada. Marjorie soltó aliento de nuevo.-Vale, lo siento, turno largo. Mira, si te dejo salir, me van a retar a mí, ¿entiendes?-
Bajó la mirada al piso, sintiendo que iba a llorar de nuevo. Toda esta larga semana había pasado, además de en la cama llorando por lo sucedido, por Carrie, la seguían llamando por su nombre y les había dejado bien claro que no era ella, que Carrie era otra chica, que salió volando del vagón y no le volvió a ver, pero como no encontraron otra identificación en el compartimiento del que la rescataron, más que la de Carrie, entonces, era Carrie sin importar cuánto afirmara que no lo era. Y, su cuerpo se estaba cansando de luchar, apenas tenía fuerza y su recuperación parecía lenta.
-Vale, de acuerdo.-le dijo de pronto Marjorie. Ella alzó la mirada a su cara. Tenía una mueca en su cara.-Sólo cinco minutos.-hizo el gesto con la mano.-Y, te regresas a la cama y no le dices nada nadie.-
-Lo prometo, lo prometo.- dijo con desesperación.
Marjorie apretó los labios aun nada contenta, pero giraron hacia las puertas de cristal del fondo.
Cada paso que daba acercándose al hermoso pasto verde, sentía la esperanza de la libertad cada vez más fuerte.
La llevó a una de las bancas de material y sentaron. Arabella cerró los ojos tomando una honda inspiración. Podía sentir el sabor dulce de la brisa en su lengua. El terroso aroma a pasto mojado por el rocío de la madrugada. Era tan hermoso. Siempre le gustó estar al aire libre. Dentro se sentía encerrada como una prisionera. Recordó esos momentos con su padre montando a caballo en el campo de su casa vacacional. Los mejores de su vida. Sintió la tristeza y dolor empañándolos.
-¡Marjorie!-llamaron.
-Mierda.-se quejó Marjorie y tiró el cigarro al pasto que estaba fumando. Lo aplastó con su pie girándose a ella.-Vale, te quedas aquí y cuando no veas a nadie te metes a dentro. ¿Está claro?- Ella asintió con la cabeza.-Bien.-dijo apresuradamente y se levantó de un saltó corriendo hacia las puertas de cristal donde la jefa de enfermeras Brenda le seguía llamando.
Se quedó allí, escuchando los sonidos de suaves voces lejos, de los grillos, de las aves piando. El recuerdo de los momentos antes de que el tren colisionara y chocara, la invadió. Carrie salvándola del sujeto de los boletos, compartiendo su ropa, brindando por su nueva amistad. Lágrimas bajaron por su cara. La extrañaba. Apenas la había conocido como mucho hacía unos quince minutos pero sentía que habían sido amigas del alma toda la vida. Un sollozo la sacudió. No era justo. No era justo que ella no sobreviviera. ¿Por qué ella sí y Carrie no? Quería volver atrás en el tiempo y lanzarse a ella y agarrarle con fuerza de la mano y tirarla hacia sí. Quería salvarla… ¡Y, no podía! Se largó a llorar.
Los lagrimones caían y caían con fuerza. No podía parar de llorar. Debía haber hecho algo. ¿Cómo pudo haberla dejado morir? Su cuerpo se sacudió con más fuerza.
-Oh, no, no, cariño, no llores.-una brazo le rodeó suavemente la escalda y llevó hacia sí. La manera en que le frotaba la espalda y consolaba le recordaba a Carrie.
Se hizo para atrás mirándole a través de las lágrimas.- ¿Carrie?-
La mujer sonrió con tristeza.-No, lo siento, cariño. Soy Megan.-
Otro sollozó le atravesó y lloró de nuevo. La mujer, llamada Megan, la atrajo a su cuerpo, dándole su hombro para que dejara salir todas sus emociones.
Al cabo de largo tiempo, las lágrimas habían parado y se había calmado. Se secó las mejillas húmedas con el pañuelo que Megan le había dado. –Lo siento.-se disculpó.
-¿Por qué? Estás en un hospital. Es normal que quieras llorar.-
Arabella sólo le miró. Suspiró y bajó la mirada a sus manos con el pañuelo en su regazo.
-Lo siento, mi humor es demasiado sarcástico a veces.-se disculpó ahora ella.
Sacudió la cabeza. –Está bien. Es sólo que la extraño.-
-¿A tu amiga?-
Le miró sorprendida.- ¿Cómo sabes?-
Hizo un leve encogimiento de hombros. -Bueno, he estado yendo y viniendo al hospital para culminar unos trámites de donaciones que mi…-se calló y carraspeó.-que yo estoy haciendo y no fue muy fácil evitar escuchar sobre el accidente de tren en que estuviste y que andas delirando.-
Suspiró. -Debes creer que estoy loca.-
-No, claro que no, como dije, estás en un hospital, es normal que tu mente esté un poco sacudida y confusa.-
-No estoy confundida.-dijo con vehemencia. La mujer parpadeó sorprendida.- Lo siento.-
Megan se le quedó mirando un segundo más y explotó en una risa.-Deja ya de decirlo. Estás en tu derecho a estar sensible.-
-Pero no estoy loca.-
-Vale.-
Le mantuvo la mirada y no supo si Megan le creía o creía que ella lo creía. Se pasó una mano por la frente, sintiendo su dolor de cabeza regresar.-Debería entrar.-dijo pero no hizo atisbo de hacerlo.
Se quedaron en silencio un rato antes de que Megan preguntara:-¿Tienes familia?-
Esa pregunta le tomó por sorpresa y llenó de montones de emociones tristes. Exhaló bajando la mirada. No contestó, no podía, su pecho se estrujaba dolorosamente cada vez que pensaba en todo lo que ocurrió en esos últimos cinco meses.
-¿Tienes dónde regresar cuando salgas de aquí?-le preguntó cuando ella no contestó.
-No.-dijo apenas un susurro.
-¿Qué harás?-
Se encogió de hombro.-No lo he pensado.-
Hubo otro silencio.
-¿Te puedo proponer algo?-
Arabella levantó la mirada del pasto verde. Megan mantenía su cara al frente, su expresión en blanco. Volteó los ojos a ella seguido del movimiento de su cabeza. Una sonrisa misteriosa tirando de sus labios.