Meg se dio cuenta y enseguida se subió el cuello del jersey para cubrirse la marca. —No tienes por qué tapártelo, ¿sabes? —le ladró Marcus —. No voy a ponerme a llorar porque ahora te estés tirando a otro tío, ni pensaba llamarte… Meg se giró hacia él de golpe, con las cejas arqueadas. —Llamarme, ¿cómo? —No era ningún insulto, te puedes relajar. No suelo perder el tiempo metiéndome con los demás, y menos con quien no tiene tiempo para mí. Ella apretó los labios. —Me tapo porque no quiero que nadie lo vea, no porque tema por tus sentimientos. Tengo derecho a un poco de privacidad. —Por supuesto —espetó, agarrando tan fuerte el vaso que fue una suerte que fuera de cristal y no de cartón. Fue a decir algo más, pero pensó que sería de mal gusto y se largó dando grandes zancadas. Marcus

