Capitulo 1. Clementine. Parte 1/2
En los callejones oscuros, Clementine acecha, con ojos de hielo, su mirada refleja.
En la sombra se mueve, silenciosa y certera. Su nombre susurran, con temor en la vera.
Pero en un castillo, erguida en su esplendor, Verónica reposa, con fuerza y con calor. Su coraje despierta, como llaman en la noche, defiende su honor, con garras y derroche.
Dos mujeres distintas, en mundos distintos. Una busca redención, la otra, ser testigo mudo. Clementine elige sombras, Verónica la luz. Pero ambas en su camino, son dueñas de su cruz.
Que el destino las cruce, en un encuentro fugaz. Dónde el bien y el mal se entrelacen en paz. Clementine y Verónica, dos almas en danza. Cada una en su camino, buscando esperanza.
-Cantos de los habitantes de Anharia.
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De niña me gustaba escaparme, ir a la orilla de la playa. El sonido de las olas rompiéndose antes de llegar a la orilla como un manto azul y espumoso, era algo que me resultaba relajante. Podía pasarme horas sentada, sin hacer nada, solamente contemplando el mar, respirando el aire fresco, dejando que la brisa del viento golpeara mi rostro.
Mi padre todos los días sin falta pasaba a buscarme para llevarme a casa. Sabía cuánto me fascinaba el mar. Me contaba historias de piratas que robaban barcos mercaderes, o que desenterraban cofres repletos de oro, cargando sus mapas amarillentos y dejándose guiar por la aguja de una brújula hacia su destino. Me contaba de monstruos marinos, acechando en las profundidades oscuras del océano. Sirenas que ahogaban a los hombres, atrayendolos con su dulce voz, para después devorarlos con sus afilados dientes. Historias de fantasía, eso eran. Siempre supe que mi padre me las contaba para evitar mis escapadas. Aún así, la curiosidad de una niña de cinco años es más fuerte que cualquier historia de miedo o de fantasía.
Mis padres eran una pareja modelo, amorosos entre ellos y amorosos conmigo y con mi hermano. No pudo decir que vivíamos entre lujos, pero nunca faltaba comida en la mesa.
Describiendo un poco a mi hermano, él era cinco años mayor que yo, de cabello castaño y ondulado, ojos verde olivo como los de mi abuela materna, una sonrisa resplandeciente que nunca olvidaba, y unos pequeños hoyuelos marcados en sus cachetes rosados. Al menos es lo que recuerdo de él.
De mis padres solo recuerdo que, mi padre tenía el cabello cobrizo como el mío y ligeramente ondulado, algo que herede de él. De mi madre su hermoso cabello castaño, largo y lacio. Siempre vestida con unos hermosos vestidos que ella confeccionaba.
Sentada en la orilla de las escaleras espere a mi padre. El sol cada vez se ocultaba y la luna salía. Las historias de sirenas que mi padre me contaba comenzaron a erizarme la piel. Apresure la marcha para llegar a casa, crece la arboleda y la cerca de mi casa. Al abrir la puerta solo sentí el jalón de brazo que me dió mi padre. Nunca lo había visto con esa expresión. Una expresión de terror, angustia y miedo.
- ¡Trae a Salomé!, ¡RAPIDO!. - Le gritaba mi padre a mi madre.
Ella subió corriendo las escaleras y regresó con mi hermano casi a rastras. Mi padre bajo un gran cuadro que estaba justo arriba de la chimenea. Al bajarlo se creaba un pequeño escondite hundido en la pared.
Tantas veces jugamos Salomé y yo por toda la casa, descubriendo pasadizos y escondites. Pero nunca éste.
-!Rápido vengan! - Nos gritaba mi padre.
Mi hermano fue el primero al que subió al escondite. Yo le seguí después.
-Por nada del mundo se atrevan a salir. - Nos decía mi padre.- Cuida a tu hermana Salomé, protegela y nunca sueltes su mano, nunca se separen y mayenganse juntos en todo momento.- Salomé solo asentía.
Estaba asustada al igual que yo, no sabíamos que estaba pasando. Cual era la razón del pánico de mi padre. Lo sentía como una despedida. Nos fundimos en un abrazo con mi padre, cálido y apretado, nos dios un beso en la frente y nos dedicó una sonrisa resplandeciente. Mi padre le entrego un bolso a mi hermano y unos papeles que metió dentro de éste.
-Aqui dentro tienen todas las insteucciones, víveres y el lugar a donde deben ir. -Nos diu un último abrazo.
Mi madre se acerca mi, al contrario de mi padre ella estaba llorando.
-Inclinate cariño- Sentí como abrochaba algo alrededor de mi cuello. Era un lindo collar de cristal en forma de una media luna. -Hermoso -dijo mi madre acariciándome la mejilla. Sentí sus labios en mi frente y una lágrima de ella caer en el puente de mi nariz, me dió un abrazo fuerte y cálido. -Los amo. - Me dió una mochila- Cuida esto Clementine, obedece a tu hermano.
-¿Mamá que está pasando?.- Pregunto Salomé
Mi madre se limpio las lágrimas. Luego nos miro a ambos con ternura.
-Mi luna y mi sol. cuidense y jamás se separen. Ven esa soga que está en la esquina? - ambos sentimos- Cuando la jalen se abrirá una escotilla debajo de ustedes, bajen con cuidado, los conducirá directo al bosque, alejense los más que puedan y no regresen aquí. -Nos da un apretón en la mano- ¡Prometanlo!.
-¡Lo prometemos!- Dijimos al mismo tiempo.
-¡Axya ya están aquí!.- Mi padre se acercó y la quitó, nos dió una última mirada y nos hizo una seña para guardar silencio.
Con cuidado subió el cuadro y lo coloco en su lugar, dejándonos así a oscuras. Solo unos finos hilos de luz entraban por dos orificios que tenía el cuadro.
Salomé y nos acercamos para vernos través de los orificios. Se escuchó un fuerte golpe en la puerta. Mi padre la abrió y entraron varios hombres con espadas. Daban mucho miedo.
-Pero si es Carsan. Venimos por el pago, me imagino que ya lo tienes ¿no?.-Dijo el hombre.
Alto y robusto, vestido en una capa verde con capucha que le cubría la ffente y los ojos, dejando a la vista una cicatriz aue ina desde la comisura de sus labios hasta la mitad de su pómulo. Cómo media sonrisa.
-Por favor dame más tiempo- le contestó mi padre- Hay poco trabajo ahora, tal vez si me das unos dias yo...
-¿¡Más días!?.- Interrumpió el hombre- Orynox te lo advirtió.- El hombre robusto caminó lentamente hacia mi padre.- El no da segundas oportunidades apostador.- Sacó un arma del costado de su cinturón y le apunto a mi padre.- Pagarás con tu sangre y la de tu familia.
-¡Por favor dame más tiemp...- Sonó un estallido repentino y fuerte, seguido por el eco breve y distante.
Salomé me abrazaba. Ambos temblabamos.
El cuerpo de mi padre se desplomó en el suelo, seguido por el grito desgarrador de mi madre, que fue sustituido en segundo por un segundo disparo.
-¿No tenían hijos?.- Pregunto otro hombre.
-Recisen la casa, si los encuentran no los maten. A Orynox le pueden servir.
Escuchamos los pasos de los hombres subir por as escaleras y revolver todo a su paso. Mire a Salomé que al igual que yo estaba temblando y llorando en silencio.
Uno de los hombres se acercó al cuadro, lo miraba con detenimiento, lo examinaba.
-¿Valdrá algo este cuadro?- dijo
-Es basura- Dijo el hombre de la cicatriz.
El hombre ya estaba dando la vuelta cuando yo al querer retroceder deje resbalar una pequeña caracola que cayó y atrajo la atención del hombre.
-¡Hay algo aquí!.- Le gritó a los demás.
Salomé jalo la cuerda y abrió la escotilla justo antes que tumbaran el cuadro.
-¡Los hijos! ¡Se escapan! - Grito el hombre.
Salomé me hizo saltar primero. Justo cuando iba a saltar, el hombre lo tomo del brazo.
-¡CLEMENTINE!, ¡Llévatelo rápido, corre!.- dejo caer la mochila que papá le había dado.
-¡SAlOME!.- grité
-¡Vete!
Tome la mochila y salí corriendo por el pasadizo pequeño. Era húmedo y terroso. Corri tan rápido como pude hasta salir al bosque. Me quedé parada tratando de escuchar algo proveniente de mi casa. Se escuchó un disparo, luego otro, y otro, y otro. Seguí corriendo, corrí por mucho tiempo sin rumbo, adentrandome en las entrañas del bosque. Mi mente solo reproducía las últimas 2 horas, una y otra vez como bucle. Rebobinando cada imagen.
Apenas esa mañana comíamos y reíamos todos en la mesa. Jugaba con Salomé, recibía los abrazos de mamá, escuchaba las historias de papá, respiraba la brisa del mar. Camine y corrí toda la noche, por miedo a que alguien me estuviera siguiendo. Toda la noche sin descanso. El color que sentía en el corazón era más fuerte que el dolor que sentía en los pies. Al amanecer llegué a un arroyo. Estaba tan cansada que decidí descansar. Desperté en una habitación cálida y en una cama cómoda.
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