bc

Mi engañoso multimillonario

book_age16+
927
SEGUIR
3.2K
LEER
arranged marriage
heroína genial
multimillonaria
drama
comedia
bxg
ciudad
de enemigos a amantes
like
intro-logo
Descripción

Ginny es un cheque billonario, o al menos así es como la ve su madre. Cuando su abuela paterna murió, ella heredó el cincuenta y un por ciento de la empresa familiar, convirtiéndose en la accionista mayoritaria con nueve años de edad. Sin embargo, cuando crece y se convierte en mayor de edad, su madre hará lo imposible por arrebatarle las acciones y con ello, toda la empresa. ¿La solución? Un muchacho desheredado, hijo del CEO de una de las empresas más poderosas del país, que desea regresar a la primera clase para probar algo. ¿Qué podrá hacer una ejecutiva en decadencia y un desheredado pobre para tomar lo que siempre les perteneció? No hay alternativa: deben casarse.

chap-preview
Vista previa gratis
El cheque con rostro de niña
¡Hola! Como ésta es una historia basada en los dramas coreanos, decidí crear un "soundtrack". Cada capítulo tendrá una canción que se relacione con la trama. La mayoría son canciones de dramas que existen, así que sirve para recomendar (para que entren a ese maravilloso mundo si no lo conocen). ST: If You Were Me - JIMIN (feat. Yoo Hwe Seung) [Drama original: Una Odisea Coreana] Odio a las personas cobardes, en especial las que huyen. Yo jamás lo he hecho, ni siquiera durante el divorcio más conflictivo de mi padre, donde mi madre me vio como a un cheque billonario. Yo tenía nueve años y mi abuela acababa de morir por un paro cardíaco durante la noche, así que un día desperté siendo dueña del cincuenta y un por ciento del total de la empresa familiar Sun House. No había visto a la abuela más que en un par de ocasiones, pero eso bastó para que ella creyera que yo era mejor opción que su ingenuo y sensible hijo único. Era obvio que mi padre sufriría una nueva crisis de autoestima por eso, pero mi madre vio una oportunidad en la suma de los eventos. A mi madre jamás le gustó mi padre, eso me lo susurró muchísimas veces antes de dormir, como el cuento de las buenas noches. Me contó que lo había conocido en una reunión de negocios a la que había acudido gracias a su último ex-novio. Cuando supo que la empresa de la familia de papá estaba valuada al doble que la de su novio, echó a correr hacia su nuevo objetivo: la cuenta bancaria de mi padre. Lo vio como una aventura o como un amor de verano; la clase de relaciones que creas para olvidar tan rápido como te aburres de ellas. Después de todo, ella tenía un plan: yo. “No hubo duda de que tú fueras su hija”, me susurró al oído, como si una heroína me contara su máxima hazaña. “Tenías los mismos ojos y esa extraña manía de sujetar con fuerza cualquier objeto cuando te ponías nerviosa, incluso siendo una bebé. Y cuando te registramos, supe que yo podría ser libre, gracias a ti.” ¿Libertad? Mi madre era mi madre, la que me tuvo en el vientre durante nueve meses y la que me parió luego de siete horas de esfuerzo. Pero eso era lo único que yo le reconocía. Tan pronto como salí de su cuerpo, ella me mandó con la nodriza (como si no fuera toda una vergüenza tener una nodriza a finales del siglo XX) y le dijo que solicitara una cita si deseaba verla para consultarle. Su concepto de libertad era no tener ninguna responsabilidad; tenerlo todo y no dar nada. Comer y levantarse. Yo no fui la excepción. Crecí rodeada de empleados, personas de servicio, chóferes, niñeras y maestros de casa. Me trasladaban de mano en mano, como a un objeto. Para mi madre, era como una cuenta bancaria. Escuchaba de los grandes desfiles que organizaba, la cantidad de invitados que acudían a sus fiestas y de los famosos amigos que tenía alrededor del mundo. Aunque ella venía de una familia relativamente pequeña, nuestro apellido era una buena carta de presentación para hacer lo que se le diera la gana. Se volvió en una mujer tan famosa que era difícil suponer que no fuera la heredera de la familia, que tuviera una hija, un esposo y un apellido de adorno. Aunque se divorciaron cuando yo tenía seis años, ni siquiera lo noté. Como inversión que era, mi madre jamás me hacía demasiado caso, siempre que se asegurara de que siguiera en su cuenta bancaria. Jamás acudía a mis cumpleaños, sus asistentes eran los que me enviaban regalos y felicitaciones y me daba la impresión de que se olvidaba de mi nombre cada cierto tiempo si no había un alguien cerca para recordárselo: ¿Julia? ¿Julieta? ¡¿Jazmín, como la princesa?! Ah, no. Era ese nombre anticuado de cortesana que tu abuela insistió en ponerte. Ginevra, ¿verdad? Mi padre siempre procuró llamarme Ginny, al menos una vez al día. No siempre estaba de buenas y la mayoría de las veces su agenda le impedía verme, pero mi nombre adquiría un sonido dulce todos los días gracias a él. Me mandaba mensajes, me enviaba cartas que la criada me entregaba durante el desayuno o ponía una nota sobre la lechuga de mi sandwich para asegurarse de que la encontrara. No necesitaba hacer mucho para que yo le reconociera como un padre; sólo tenía que decir mi nombre. Así que, cuando la abuela murió, mi madre decidió que era hora de culminar con el plan. Entró a mi habitación sin preguntar, me puso un vestido n***o Chanel que ella misma había comprado en Francia y me susurró: “Hoy es el funeral de tu abuela, el día en que conseguiremos nuestra libertad”. Creo que apreté los labios para no reír a carcajadas. Mi madre todavía me creía una pequeña de cuatro años que escuchaba sus patéticos lamentos con atención. La miré y sonreí suavemente; la realidad era que no tenía idea de cuánto había cambiado su pequeña hija. La única razón por la que ella se encontraba en la sala de juicios orales para discutir la herencia de la abuela era yo. Yo era menor de edad, mis padres estaban divorciados y ella había estado luchando por mi custodia durante las últimas dos semanas. Lo justo era que yo pasara a ser propiedad de mi madre y que así ella obtuviera ocho millones de dólares como compensación, ¿no? A mí me resultó increíblemente ridículo, pero de todas formas ahí estábamos, en pleno juicio sobre mi custodia. “Somos muy unidas y yo soy en quien más confía Juliet”, dijo mi madre en el estrado; su voz era increíblemente apasionada y, aunque no llevábamos más de diez minutos en el lugar, lágrimas falsas ya asomaban en sus mejillas. Ni siquiera noté en qué momento se llevó la ampolleta de lágrimas falsas a la cara. “No puede pasar un día sin enseñarme el último modelo Prada junior de zapatos. Todo lo que le emociona, todo lo que quiere... ¡sólo yo puedo saberlo!” “Perdón”, murmuró el juez con cabello canoso y anteojos de lupa, mientras rebuscaba en el escritorio los resúmenes sobre el caso a analizar. “¿Me equivoqué de caso? Pensé que la niña se llamaba Ginevra.” Mi madre se puso tan roja como un tomate, pero sonrió sin una pizca de sarcasmo. Si no hubiera estado en un juicio público, habría sonreído plácidamente luego de chasquear, diciendo: “Ah, es cierto. Tienes mucha razón, gracias por recordarme.” “Es que suena muy romántico, ¿no cree? Romeo y Julieta es la historia de amor más popular de todas, así que a Ginevra le encanta que le llamen así, ¿verdad, Juliet?” Mi madre me miró expectante, su sonrisa le llegaba hasta las mejillas, al grado en que me pregunté si no se le había entumido la cara. Su cabello de hongo lucía un poco más ovalado que de costumbre, como los insectos que se contraen cuando se sienten amenazados. “Lo siento, pero todavía no es turno de la niña”, dijo el juez con repentina parsimonia; quizás ya había entendido en qué clase de caso se encontraba. “Pero comprendo su punto. ¿Hay algo más que le gustaría decir al respecto?” “¿Algo más?”, musitó mi madre, levantando una ceja. Si es que quería decir algo más, tenía que sacarse la mejor mentira del bolso de tonterías que siempre llevaba. Me miró un instante y luego oteó al ventanal detrás de mí. A lo lejos podía escucharse el barullo de los reporteros que estaban detrás de una fila de vallas a varios metros de distancia. Intentaban atrapar alguna expresión extraña para hacer revuelo en los medios, aunque fuera una foto de muy mala calidad. Sonreí. ¿Qué diablos se le ocurriría con eso? Mi madre chasqueó los dedos una vez más. Si en general jamás se le dio la mentira, porque no intentaba aparentar su descaro, el chasquido la delataba horriblemente. “¡Shanghai! Mi hija me ha mandado muchas fotos de Shanghai. Quiere ir ahí con todo su corazón desde hace mucho tiempo. Es por eso que hace poco comenzó a estudiar mandarín. Estoy muy orgullosa de ella, ¿verdad, cariño?” Volvió a asomar sobre el hombro, bajo el riesgo de que le diera tortícolis y cerró los dedos en el borde del estrado; casi pude ver que atravesaba la madera con sus largas uñas rojas de predador frustrado. ¿Qué esperaba que dijera? ¿Que sabía que estaba orgullosa de mí, que me amaba aunque apenas y me conocía? “*** (Wǒ bùyào)”, respondí. “¡¿Lo ve?! Es la hija perfecta.” “Sea lo que sea, Anna, te juro que nos repartiremos el tiempo justamente. Tú puedes tener más, si así lo deseas, pero ¡no me la quites!”, gritó mi padre desconsolado, junto a su abogado. Yo sabía que mi padre era la clase de hombre que evitaba las películas donde los perritos morían o que lloraba con los programas de cacería del National Geographic, pero todos los demás no. La abuela siempre se encargó de crearle una imagen de un hombre muchísimo más duro de lo que mi padre jamás hubiera imaginado, de manera que verlo llorar no era del todo creíble para el público. Los testigos alrededor de mí parecían confundidos. ¿A quién debían creerle? ¿A la mujer con cuentos incongruentes o al hombre de las lágrimas de cocodrilo? Carraspeé. No me gustaba que cuestionaran la sinceridad de mi padre, pero tampoco podía defender sus debilidades. El hombre podía ponerse de rodillas por mí, en frente de toda la prensa, de haber sido necesario. Yo no podía permitir que se exhibiera de tal modo por alguien como mi madre. Mi padre no ganaría el juicio por sí solo, así que yo habría de encontrar la manera de vencer a mi madre. “Está bien, pueden tranquilizarse”, dijo el juez. “Los juicios no se resuelven con sentimentalismos, sino con la justicia. ¿Algo más?”, preguntó, mirando a mi madre. Ella contrajo el rostro horriblemente, esperando que las lágrimas acudieran en auxilio de su actuación, pero nada emergió de sus ojos. Estaba tan seca en el exterior como siempre estuvo en el interior; no conocía la verdadera tristeza o la idea de la tristeza. Para ella, el dinero le había otorgado la felicidad eterna. Y antes de sucumbir a la desesperación por perderlo, haría hasta lo imposible para evitarlo. “No entiendo qué pruebas necesita en realidad. Yo engendré a esta niña. Salió de mi cuerpo y tiene mi rostro, así que ella es mía por derecho natural.” La sala permaneció silenciosa. Ya estábamos en pleno siglo XXI, pero todavía existía un horrible estigma sobre la relación entre las madres y sus hijos, como si su amor fuera automático e incondicional; sagrado. ¿Quién se atrevería a cuestionar el amor más puro y legendario de todos? Incluso yo, alguna vez leí que el amor sincero sólo era posible entre el creador y su creación, que era el fruto final de todos sus esfuerzos y aspiraciones. Fruncí el ceño. Ser un objeto, el fruto de esfuerzos y aspiraciones, era muy diferente a ser tratado como un hijo. Me mordí la parte interior de mi mejilla para controlarme hasta que sentí la sangre inundándome la boca. El sabor a hierro era agrio y serio; me despertó. Como sea, el objeto tenía derecho de elegir su propio destino. Mi madre no tuvo que decir nada más. Bajó del estrado, cubriéndose el rostro como parte de su actuación y fue a abrigarse junto a su abogada, una mujer de expresión seria y decidida. Era poco probable que le creyera y eso le daba una enorme ventaja sobre todos los presentes: sabía bien qué podía perder y qué podía ganar. Luego me llamaron al estrado. Me hicieron subir sobre un par de bancos de diferentes tamaños para que pudiera alcanzar a mirar sobre el estrado. No era una posición muy cómoda que digamos. Yo era muy pequeña, todos me veían y me aislaban para sacarme lo que querían escuchar. Aunque mi madre era una actriz bastante mala, la historia de amor entre una madre y su hija que deseaban escapar del multimillonario corrupto sonaba muy atractiva para la prensa. Fui presentada como Ginevra, no como Sung Ginevra, porque eso habría supuesto la propiedad de mi padre sobre mí y el poder de decisión de su enorme empresa familiar sobre todo lo que yo era. Leí ese significado detrás de lo que dijo la abogada de mi madre, cuando solicitó que no se dijera mi apellido. No es la clase de cosas que sueles pedir en un juicio, pero igual la respetaron. Era una cosa terrible que las madres no puedan poner sus apellidos sobre sus hijos por mera costumbre, ¿no era así? Me pareció una jugada astuta, pero yo también lo era. “Cuéntanos sobre la relación con tu padre”, me pidió el juez con tono cuidadoso. Otra vez, suponían que yo no era más que una niña, víctima de mi padre. Asentí, tragué saliva y miré a todo mi público por igual. Luego sonreí a mi madre y le lancé una mirada de comprensión a mi padre. Esperaba que comprendiera mi plan antes de herirlo con mis palabras. “Mi padre es una persona horrible. Todos estos años, desde que tengo memoria, no ha hecho más que esforzarse por molestarme”, comencé. Los boqueos de asombro me rodearon. Mi padre levantó ambas cejas con gran tristeza; sus ojos se cristalizaron de inmediato. Yo apreté los labios y me apresuré en seguir con mi historia. “Es natural que el CEO de una empresa tan grande como Sun House esté ocupado gran parte del día, pero mi padre siempre hallaba la manera de salirse con la suya. Como esa vez, durante una Navidad, la empresa estaba teniendo problemas con el valor de sus acciones en la bolsa. En lugar de quedarse a resolverlo, dejó todo a su subordinado, fue a verme y me avergonzó frente a todos los amigos que había invitado a cenar. Compró un disfraz de Santa Claus y se puso a bailar en frente de todos nosotros. Nos entregó dulces de bastón y hasta se ofreció para cargarnos de caballito, aunque ya teníamos unos seis años. ¡Todo lo que quería era avergonzarme frente a mis amigos!” Mi madre se quedó con la boca torcida al escucharme. Mi padre sollozó. No importaba que estuviera diciendo los testimonios en la forma más superficial y sarcástica posible; lo único que él escuchaba eran las malas palabras. “¿Y tu madre dónde estaba?”, preguntó el juez. “¿Estaba con ustedes?" “¿Mi madre?”, inquirí, colocando los codos sobre el estrado con gran seguridad. En realidad, los bancos sobre las que estaba parada me hacían perder el equilibrio. “Oh, cielos, no. Ella jamás sería tan terrible conmigo. Como sabe que una niña de seis años necesita de toda la privacidad del mundo, procura no molestarme demasiado. Creo que ese año sólo la vi durante una junta de accionistas, pero no se acercó a saludarme. Supongo que comprendió que yo me sentía muy asustada entre todos esos adultos. Imagínese cuánto me habría angustiado tener a mi madre a mi lado en una situación como esa.” Los susurros escandalosos volvieron a rodearme e incluso percibí un par de carcajadas. Entonces, la confianza regresó a mí. “Y la historia de Romeo y Julieta”, seguí. “Mi madre sabe que no me interesan esas mentiras, pero es muy considerada y sabe que no puedo evitar para siempre lo que no me gusta. Así que me dice Julieta para que aprenda a soportar tonterías ajenas. Por eso, ***** (Wǒ duō xǐhuān tā).” El eco de bocanadas agitadas me sorprendió. Me sentí completamente satisfecha. Mi madre frunció el ceño y clavó la mirada sobre mí. Yo levanté la barbilla, aunque sostenerme sobre el estrado casi por completo me lo dificultaba. “Y así ha sido mi vida siempre”, concluí. “¿Le gustaría saber algo más?” El juez negó energéticamente. “No, no. Ya puedes bajar.” El juicio duró muy poco gracias a mí. Mi madre supo que ya no podía inventar tonterías que yo no pudiera usar en su contra y mi padre se sentía tan afectado que olvidó su larga educación en negociación y pidió, a manera de súplica, que la custodia se quedara como estaba. Al final, mi madre tuvo que aceptarla y figuró expresiones de alivio, como si hubiera conservado lo más valioso que tenía. En realidad, se dio cuenta de que yo había frustrado sus intentos y que, si no se iba con cuidado, podía quitarle hasta el último centavo si así lo deseaba. El arma se había vuelto contra el asesino; mi declaración había servido para amenazarla. Cuando todo terminó, la miré directamente y señalé a mi padre discretamente. Si se atrevía a volver a usarme en contra de mi padre o si hacía cualquier cosa que lo afectara a él en lo más mínimo, lo pagaría caro. Ella giró bruscamente y salió corriendo con las zapatillas Corthay de tacón de quince centímetros. El tintineo que generaba al caminar se desvaneció rápidamente, aunque nunca se alejaría de las cenas, los cócteles, viajes y presentaciones auspiciadas por la familia. Huyó, como era lógico, usando la cantidad de acciones que le era posible administrar por ser mi madre. Mientras el acuerdo de consanguinidad firmado por el dinero estuviera saldado, no esperábamos que se volviera a acercar a nosotros. Cada vez que escuchábamos su nombre en las noticias o veíamos su rostro en anuncios de maquillaje o patrocinio, intentábamos ahogar el incómodo silencio con cualquier distracción. La herida que le había hecho a mi padre tendría que sanar en algún momento. Y, luego de que mi padre se volviera a casar un año después, estaba segura de que ella no regresaría. Pero los humanos no son tan fáciles de apartar como los animales heridos; los humanos siempre regresan.

editor-pick
Dreame - Selecciones del Editor

bc

Mil Caminos

read
108.8K
bc

Tras Mi Divorcio

read
574.9K
bc

Bajo acuerdo

read
48.5K
bc

Mafioso despiadado Esposo tierno

read
26.1K
bc

Una niñera para los hijos del mafioso

read
56.2K
bc

Después del divorcio, me gané la lotería de Navidad

read
1.5K
bc

La esposa secreta del CEO

read
27.7K

Escanee para descargar la aplicación

download_iosApp Store
google icon
Google Play
Facebook