Cuando tenía diez años de edad, mi padre me llevó a una ceremonia bastante ostentosa sin decirme cuál era el motivo de celebración. Aprovechó el momento de las largas presentaciones por parte del organizador para explicarme que no estaría mucho tiempo conmigo, pero que haría algo de gran importancia para la empresa. Al día siguiente, supe que éramos dueños de tres nuevas empresas en j***n y dos más en Tailandia. Cuando lo vi cruzar con semblante victorioso a través del piso con mosaicos blancos y negros, similares a los de un tablero de ajedrez, lo asocié con el rey, el padre de la princesa que yo me creía y, desde entonces, me hice a la idea de que los negocios eran como la guerra. Leí libros como el Arte de la Guerra y El Príncipe y cada vez me convencí de que yo debía convertirme en u

