Manada Guaico
Transilvania-Rumania.
Algunas horas después...
Estaba cómodamente dormida en una muy deliciosa cama. Puedo decir que aunque la pereza no me permita abrir los ojos creo que estoy en el cielo. No puede existir algo tan, pero tan cómodo en esta vida. Bueno, tal vez sí, pero realmente indagar no quiero. Supongo que dormir un poco más no debe ser tan problemático y sé que mi nana Mara, vendrá en cualquier momento a despertarme de mi sueño.
Me remuevo en la cama sacando un pie fuera de mi cobertor. El frío del aire acondicionado traspasa mi piel haciéndome sentir más a gusto en la cama.
Esperen un momento...
Estaba arropada hasta la cabeza porque realmente el frío era muy fuerte, me quito la cobija como bestia y me siento en la cama, froto mis ojos y pausadamente los voy abriendo.
—¿En dónde estoy? —murmuro para mí.
Miro alrededor de la habitación y claramente, no es la mía. Todo parece muy salvaje. Las paredes son de madera con toques rústicos, la mesa de noche, los muebles y el closet es de color marrón y toques verdes. El suelo es de piedras y las ventanas están cubiertas por unas cortinas marrones.
Por lo visto a alguien aquí le gusta mucho el color marrón.
Me levanto de la cama y miro mi ropa. Aún cargo el pijama que está toda asquerosa y sucia. Mis pies están llenos de raspones y varias manchas de sangre. Camino hacia un espejo que debe tener miles de años aquí. Observo mi estado deplorable y empiezo a reírme.
—Ay, Sara... eres digna de ganar el miss universo —le digo a la imagen que se refleja de mí.
Reviso los cajones y tomo una toallita húmeda que había. Quito un poco la suciedad de mi rostro y me recojo el cabello haciéndome un moño.
—Mucho mejor —miro nuevamente mi reflejo y sonrío.
Mi padre siempre dijo que me parecía a él y mucha gente estuvo de acuerdo en eso. Soy una chica de un metro sesenta y dos centímetros, mi cabellera es larga y lacia. Quería ser rubia muchas veces, pero lamentablemente los colores claros en mi cabello, tienden a ponerse naranja. Así que soy una chica de cabello castaño, ojos marrones claros y que ama comer demasiado.
Tengo un desorden hormonal y aunque hay meses que como demasiado, hay días que ni me provoca comer, y en caso de que coma lo suficiente... no engordo.
—Desorden alimenticio, le decían en mis tiempos —la voz de una mujer me hace sobresaltar.
—¿Quién anda ahí? —me giro mirando a todos lados—. No es la primera vez que me hablas. ¿Quién eres y por qué me estás espiando?
Silencio.
Con mi corazón acelerado y los nervios a nada de tener una crisis existencial, me dirijo a la puerta para ver en dónde estaba.
Que yo recuerde la torre no era así.
*****
Primero, no estoy en el palacio o en la torre.
Segundo, me perdí en esta casa.
Tercero, creo que fui secuestrada por un viejo.
Seguiremos informando dependiendo de lo que vaya investigando.
Me giro por un pasillo después de 15 minutos tratando de encontrar la salida. Llego a unas escaleras bastante amplias.
¿Será que fui secuestrada por un hombre viejo y rico?
Perfecto, no pedirá rescate por mí. O sea que mi reino se irá al drenaje.
Bien.
Empiezo a bajar las escaleras mientras miro las fotos colgadas en las paredes. Parecen personas importantes y serias, porque en ninguna foto sonríen y en las pocas que vi que lo hacían, la sonrisa ni les llegaba a los ojos.
—Si tan solo supieras quienes son —nuevamente habla la voz de la mujer, esta vez solo la ignoro aunque me asuste cuando habla.
Termino de bajar las escaleras y hay dos arcos enormes.
—¿Derecha? —miro hacia un arco que está a oscuras— ¿Izquierda? —miro hacia el otro arco dónde había luz—. No me crean idiota, no soy como en las películas de terror que elige la mala opción.
Camino hacia el arco de la luz y para mí sorpresa, es una enorme y hermosa cocina. Todo es plateado con blanco y hay un mesón cuadrado en medio de toda la cocina.
Mi estómago gruñe por atención y recordé que desde hace bastante rato mi organismo no ha recibido algún bocado de comida. Voy hacia la nevera, la abro y busco algo que sea comestible.
¿Nada?
¿De qué vive este viejo con plata? Ok, eso estuvo mal.
Otra vez.
¿De qué vive mi nuevo sugar daddy?
Reviso todos los cajones de comida y no logro conseguir nada. Tal vez se le olvidó hacer mercado antes de secuestrarme.
Debe ser eso, claro que sí.
Vuelvo a revisar la nevera, pero está vez, voy al congelador y a los cajones de verduras y legumbres.
¡Bingo!
Consigo unas papas y un estofado congelado. Voy al microondas a descongelar el estofado de carne y empiezo a pelar las papas.
Qué bueno que mis padres me dejaron hacer lo que yo quería. Para ellos todo lo que yo dijera estaba bien, pero la única condición era obedecer sin poner resistencia. Mientras estuve en el colegio aprendí a tocar piano, a dibujar, natación, ballet, a cocinar, primeros auxilios, idiomas, artes marciales y quería aprender a leer el lenguaje corporal... pero no pude.
Tenía otras obligaciones que no me lo permitieron.
—¿Alguna vez hiciste algo que te gustara a ti? —habla la voz de un hombre, miro hacia los lados soltando una papa, no veo a nadie más en la cocina.
Suspiro y continuo pelando las papas. Sí, honestamente logré hacer algo que me gustara.
Ayudar a la gente.
Tengo fundaciones para niños con problemas de calle, mujeres maltratadas y hombres también. Hay colegios y he creado becas de estudios para niños, adolescentes y los adultos que deseen continuar sus estudios.
Todos merecen una oportunidad.
—Entiendo, no tienes algo que te apasione a ti. Solo vives por los demás —responde nuevamente la voz del hombre, dejo de pelar las papas y me giro para ver si hay alguien más a parte de mí.
¿Está respondiendo mis pensamientos ese hombre?
Cierro los ojos con fuerza y trato de pensar en dónde estoy. Mi estómago vuelve a gruñir y olvido lo que me está pasando.
—Por ahora solo voy a comer y después voy a pensar —trato de convencer a mi corazón acelerado.
Continúo picando las papas y las empiezo a freír. Busco en el microondas el estofado para ponerlo a descongelar, y mi sorpresa es, que ya está caliente y servido en un tazón.
Ok, tal vez fui yo y no lo recuerdo.
Sirvo las papas fritas en otro plato, les pongo sal y pongo todo en el mesón, enciendo la televisión después de que conseguí el control remoto y me dispongo a comer.
Dios mío, ¿en dónde estoy metida?
*****
Después de comer y lavar las cosas que anteriormente había ensuciado, me quedo en la cocina sentada en una de las sillas viendo la televisión. Sinceramente no tengo ganas de moverme y descubrir dónde estoy realmente.
No entiendo cómo pude ser secuestrada de la torre y tampoco entiendo muy bien cómo fue que termine en esta casa con mi sugar daddy.
¿Dónde estás, Sara? Recuerda un poco…
—Bienvenida a Rumania, Yara —abro los ojos hasta más no poder—. Me llamo Cheeses, soy la hermana menor del Alfa y la bruja de la manada Guaico.
No... ¿En serio lo había olvidado?
Me levanto de la silla con desespero haciéndola caer, doy algunos pasos hacia atrás tropezando con la nevera, niego con la cabeza y me voy a paso rápido de la cocina. A mano derecha encuentro una puerta enorme a medio abrir, y antes de poder irme de ahí, la voz de la mujer vuelve a hablar.
—¡Yoraco está aquí! Por favor, no te vayas y me alejes una vez más de él —miro nuevamente con desespero a mi alrededor sin poder entender nada
—¡Basta, por favor! —grito, colocando mis manos en mis odios, tapándolos mientras mis ojos siguen buscando algo—. ¡¿Que alguien me explique en dónde estoy?!
Mi corazón continua palpitando con fuerza y, lo que con tanto miedo me comí, mi estómago estaba empezando a rechazarlo.
—Yara, cálmate. No hay nada que temer estando aquí —la voz masculina, hace acelerar más mi corazón.
—¡Me llamo Sara! —grito exasperada—. Por favor, basta. Salgan de mi cabeza esto es demasiado aterrador... basta de jugar con mi mente.
La puerta de la casa es abierta haciéndome girar y quitar las manos de mis oídos. La mujer que se hizo pasar por una niña y otras personas más, entran a la casa.
—¿Ustedes me secuestraron? —los señalo con miedo, la risa de uno de los hombres me hace helar la piel—. Mi padre...
—Tu padre nada —responde el hombre, intento tener una mejor vista de quienes son, pero de la nada la luz se va de la casa—. ¡Cheeses, estás asustando a la humana y Velkan te dijo que la dejaras en paz!
—Pero Slack, es que es divertido ver sus reacciones —responde la chica.
—Por favor, déjenme ir, prometo no poner ninguna denuncia en su contra —pido a la oscuridad.
—Ella no sabe quiénes somos, Slack —vuelve a hablar la chica—. Es nuestra luna y no sabe de nosotros.
Silencio.
Nadie vuelve a decir nada y las luces siguen sin regresar. La única respiración que se escucha es la mía. Paso mis manos con desespero intentando peinar mi cabello, tratando de mantener mi autocontrol en línea.
—Ella es de Velkan, hermano —la voz de un chico me sobresalta—. Deja de verla como lo haces, Velkan no será bondadoso contigo si se entera.
—Es hermosa... Yara —responde, otro hombre.
—Disculpen, ¿pueden encender las luces? Esto da más miedo que antes y estoy a punto de tener un infarto —interrumpo—. Me llamo Sara, no Yara. Les pido encarecidamente que dejen de confundirme con esa chica.
Silencio.
Silencio.
Silencio...
—¡Hace rato estaban hablando! —les grito—. Si van a matarme háganlo ya. Estoy lo suficientemente asustada de ustedes mismos por lo que me están haciendo.
Se escuchan unos pasos a lo lejos, mi corazón empieza a latir con más fuerza haciéndome asustar mucho más. Los murmullos se hacen presentes y las luces vuelven a la casa. Todo el lugar estaba alumbrado y frente a mi había seis hombres y la mujer que se transforma a niña.
Todos hacen un asentimiento de cabeza. Fue algo poco visible, pero estoy tan acostumbrada a este tipo de cosas en mi país. La mirada de los siete pares de ojos cae en mí, cuando otro hombre llega al pasillo donde estábamos.
—Buenas noches —la voz del hombre retumba por todo el lugar, me mira de arriba hacia abajo haciéndome sentir incómoda—, espero que se encuentre cómoda estando aquí.
Frunzo el ceño mientras lo detallo bien. Hombre bastante musculoso, tez canela, cabello rizado castaño medio largo, cejas pobladas y despeinadas, un tatuaje le sobresale por el cuello y tiene una mirada para nada amigable. Aunque va vestido de traje, el aspecto salvaje se le nota muchísimo más.
¿Qué edad tendrá? No parece muy viejo.
Ladeo mi cabeza mientras lo veo haciéndolo reír.
—Pues no estoy para nada cómoda —admito—. Esa jovencita ha estado jugando con las luces y las voces de varias personas se escuchan por los altavoces —alza una ceja, miro a sus ojos y son color miel—. ¿Esto es una casa embrujada y está gente son sus empleados?
Sonríe.
—Son mi familia y no es una casa embrujada —responde con diversión—. Estás en Rumania y este es un lugar seguro para ti.
—¿Seguro? Si te diste cuenta de que tu casa parece un lugar encantado —lo miro incrédula.
—Pero estás segura aquí y no en el bosque —responde con simpleza.
Lo miro algunos segundos a los ojos antes de apartar la vista. Parece un hombre rudo, obviando la parte de su musculoso cuerpo. Su voz es gruesa y su mirada profunda... pareciera que quisiera decirte muchas cosas, pero elige callar.
—Necesito volver a mi casa. Mi padre y mi prometido deben estar preocupados por mí —confieso, mi corazón que anteriormente había estado calmado se vuelve acelerar.
—Eres mía, Yara. Nadie te ve, nadie te toca. Eres solamente mía —la voz de ese hombre vuelve a asustarme.
Miro hacia los lados y veo al resto de las personas tranquilas.
—¿No escucharon a ese hombre? —pregunto, solo los veo sonreír—. ¿Qué les pasa? Debo volver a casa, así que me iré de aquí.
Una brisa fría pasa por el medio del pasillo haciendo cerrar la puerta con fuerza. La brisa fue tan fría que me hizo dar escalofríos.
—Es de noche, por la mañana hablaremos de como debes volver a casa —la mirada del chico es fría—. Cheeses dile a nuestra nana que le consiga ropa y le prepare una habitación a Sara.
Iba a hablar, pero no me dejó.
—Tienes desde que llegaste a Rumania diciendo que te llamas Sara —suspira—. En la mañana hablamos así que toma una ducha y ve a descansar.
—Gracias por permitirme quedar hoy aquí —sonríe con malicia—. ¿Cómo te llamas?
—Soy Velkan, buenas noches —se despidió y se fue.
Creo que tendré problemas para irme de aquí.