Gastón: —¿Por qué tiemblas? —le pregunto preocupado, luego de verla contestar la llamada—. ¿Qué ocurre? Tan sólo me mira y veo que sus ojitos se le llenan de lágrimas. Me acerco hacia ella pero retrocede. Me quedo quieto, y vuelvo a formular: —¿Con quién hablas? ¿Por qué retrocedes? Una lágrima se le escapa. Y la preocupación me invade. No quiero ni siquiera pensar que puede estar llorando por alguna mala noticia sobre su hermano. —¿Es sobre él? ¿Es sobre Isaac? No me mira y tampoco me contesta. Y eso me pone loco, impaciente. —¿Puedes responder? Haces que me preocupe, Brisa. Me acerco de nuevo y esta vez no se va hacia atrás. Le levanto el mentón para que me mire. Sus ojos derraman lágrimas nuevas y es ahí cuando decido quitarle el teléfono y poner el alta voz. Intenté obtener

