Lia Sinclair El sonido insistente de mi puerta me despertó,nme levanté aturdida, todavía con el pijama de algodón y abrí, ahí estaban el chofer que había conocido en el penthouse de Amir y Cristian, el hombre que me había entregado el vestido. —Señorita Sinclair —dijo Cristian, formal y sin emociones—, hemos venido a buscarla. —Aún no he arreglado mis cosas —respondí, sintiéndome desubicada. —No es necesario su presencia y sus pertenencias personales son suficientes. Les pedí que pasaran y les ofrecí un vaso de jugo. Rápidamente, tomé la maleta más grande que tenía y metí lo más importante mis documentos, las fotos de mis padres y algunos recuerdos sentimentales, sentía una mezcla de tristeza por dejar este lugar que me había visto crecer pero al mismo tiempo de alegría porque

