Lia Sinclair
El primer haz de luz matutino se coló por las cortinas pesadas de seda oscura me desperté de golpe, mi corazón latiendo un ritmo frenético contra mis costillas.
Un momento ¿Dónde estaba? El olor a sábanas limpias y un perfume masculino intenso, algo amaderado y especiado, me golpeó luego, la memoria el penthouse, amir.
Me giré lentamente sobre las almohadas el estaba a mi lado, durmiendo profundamente, un brazo doblado bajo su cabeza a la luz tenue de la mañana, su belleza era aún más impactante su perfil tallado, la sombra de su barba más densa, los músculos de su brazo perfectamente definidos y relajados era un cuerpo hecho para el trabajo duro, pero envuelto en una opulencia que gritaba dinero y poder pero el remolino placentero de la noche anterior se secó de golpe mi estómago se cerró
Mi mirada se detuvo en una mancha oscura sobre la sábana blanca, un pequeño recordatorio sangriento de mi primera vez, de mi rendición total a un extraño la vergüenza me inundó
¿Qué había hecho?
Yo Lia Sinclair, la huérfana autosuficiente, la pragmática, la recién graduada, ¿acostándome con un hombre cuyo nombre apenas conocía, que me intimidaba y que obviamente vivía en otro universo?
Amir se movió, y entré en pánico.
Me deslicé fuera de la cama con movimientos silenciosos y rápidos mis jeans, mi camiseta de graduación, mi ropa interior... todo estaba disperso como evidencia del crimen. Me vestí a toda prisa, sin mirar atrás, sintiendo el calor de sus ojos azules imaginarios en mi espalda mi mente estaba en blanco, excepto por una palabra: Huir.
No podía enfrentarlo.
No podía hablar de lo que había pasado.
No podía lidiar con la inevitable incomodidad de un adiós frío o un "¿cuánto te debo por el taxi?".
Salí de la habitación, crucé el salón de mármol que parecía un museo y me dirigí a las puertas del ascensor al llegar abajo, respiré el aire frío como si me estuviera ahogando estaba a punto de ponerme a caminar cuando una voz seria me detuvo.
—Señorita Sinclair —dijo un hombre con traje oscuro que estaba junto a la camioneta blindad—, el Señor Volkov me instruyó para que la llevara a su destino.
Mi corazón dio otro brinco mortífero. ¡Amir le había dado mi nombre! ¿O había adivinado el apellido? La vergüenza se triplicó el lo había planeado había un chofer, un coche esperándome.
—No. No es necesario. Gracias, pero no —mascullé, ignorando el miedo de mi pobre cuenta bancaria a un viaje en taxi.
El chofer, inexpresivo, abrió la puerta.
—Por favor, señorita son órdenes.
Negué con la cabeza, mis mejillas hirviendo, y comencé a correr, casi tropezando, sintiendo que huía no solo de Amir, sino de su mundo entero logré parar un taxi amarillo casi al instante.
—Bajo Manhattan el vecindario de la calle Catorce —dije, sintiendo alivio al escucharme tan normal.
Al llegar a mi pequeño apartamento, me sentí segura el lugar era diminuto, la cocina abierta a la sala de estar y el dormitorio poco más que un nicho pero era lo que podía pagar y ahora que tenía mi diploma y ya no tenía que desangrar mis ahorros en matrícula, me sentía optimista las cosas mejorarían.
Tenía que irme mejor.
Me quité la ropa sucia y la tiré a la cesta bajo la ducha, el agua caliente era un bálsamo pero no lograba limpiar la intensidad de la noche.
Cerré los ojos, y de inmediato, reapareció.
Amir...
Sus manos grandes y fuertes, la forma en que su cuerpo se cernía sobre el mío recordé el roce tierno de su barba en mi cuello, el gemido bajo que hizo cuando me tomó la verdad era que no me arrepentía fue una noche de liberación, una noche mágica con un hombre increíblemente apasionado.
Pero era eso una noche.
Al salir, tomé mi teléfono la pantalla se iluminó con seis llamadas perdidas de Emma. ¡Maldición!le había prometido avisar la llamé inmediatamente. Marcó dos veces antes de que ella contestara, su voz somnolienta, pero instantáneamente alerta.
—¡Lia Sinclair! ¿Estás bien? ¡Estaba a punto de llamar a la policía!
—Estoy bien, lo siento, Emma de verdad es que... bueno, conocí a alguien.
Ella se rió, el sonido de la risa familiar me calentó el corazón.
—¡Lo sabía! ¿Estaba bueno?
—Estaba... —dudé, buscando la palabra adecuada—... espectacular sucedió después de que te fuiste fue totalmente casual.
Le conté, omitiendo los detalles más íntimos, pero no la intensidad.
Emma soltó un grito de alegría.
—¡Estoy tan feliz! ¡Al fin te sueltas, chica! Con esa independencia que tienes, parecía que ibas a terminar sola con un título y cuarenta gatos.
—Oye, solo fue una cosa de una noche, Emma. De verdad. Estuvimos juntos, pero ya está.—Emma suspiró.
—¿Estás segura? Con esa chispa... seguro te busca de nuevo.—Negué con la cabeza, aunque ella no pudiera verme.
— No, el era... rico muy rico penthouse con chofer, yo no soy ese tipo de chica yo voy a trabajar a la floristería en autobús el tiene el mundo, yo tengo mi pequeño estudio el no es mi tipo de hombre y yo definitivamente no soy su tipo de mujer.
—Pero, Lia... —intentó decir Emma.
—Escucha, debo colgar necesito irme a trabajar te llamo luego —la interrumpí, cortando el hilo antes de que ella pudiera argumentar que el amor no conocía clases sociales yo sabía que sí.
—¡Espera! —exclamó Emma—. Tienes que venir a cenar hoy mi tío ya está aquí, llegó esta mañana, es una cena pequeña, familiar y tú eres de la familia, lo sabes además, solo es cuatro años mayor que yo ¡Tienes que venir a conocerlo!—
Un murmullo en mi interior me dijo que no fuera, que me quedara segura pero Emma insistía.
—Está bien, de acuerdo ¿A qué hora?
—A las siete en punto ¡Sé puntual! Te quiero y de nuevo, ¡qué bueno que te diviertes!—Colgué
Me quedé mirando la pared la cena sería un buen bálsamo para mi resaca emocional me vestí con unos pantalones sencillos y una blusa agarré mi cartera y mis llaves apartir de hoy no más taxis.
Al salir, el sol de la mañana brillaba sobre mi pequeño vecindario caminé las tres cuadras hasta la parada de autobús, subiéndome al número 24 que me llevaría al distrito más elegante donde estaba mi trabajo.
La floristería 'Petal & Vine' olía maravillosamente, una mezcla calmante de jazmín, lavanda y tierra fresca mi jefa, la señora Henderson, una mujer de cincuenta y tantos con el pelo plateado y una pasión por las peonías, me saludó con una sonrisa amable.
Ella era mi salvavidas económico.
—Lia, qué bueno que llegas yay un par de pedidos urgentes de arreglos de condolencia que necesitan salir en la próxima hora.—Me até el delantal y me puse a trabajar mis manos se movían con la familiaridad de alguien que lleva años en el oficio, seleccionando tallos, podando hojas, envolviendo cintas.
Mientras mis dedos trabajaban con las rosas blancas, mi mente regresó a las sábanas de seda a sus ojos azules a la ternura inesperada de un hombre que se veía tan duro
Amir...
Deseaba volver a verlo deseaba sentir esa intensidad, ese fuego pero al mismo tiempo, el miedo era más fuerte si lo veía de nuevo, si me daba una segunda noche, sabía con una certeza aterradora que me enamoraría de él, enamorarse de un hombre que vivía en una torre de cristal mientras yo viajaba en autobús era la receta perfecta para la autodestrucción.
No tenía oportunidad.
Lo mejor no tener contacto, no arriesgar mi corazón por un hombre que, seguramente, ya me había olvidado