Santiago
No puedo seguir viviendo de esta manera. Aferrado a una mujer que ha desaparecido hace algunos años sin ninguna explicación. Los detectives que he contratado a lo largo de los años no han podido localizar a Amber. Sin embargo, algo en mi corazón me dice que ella está viva. Si la hubiera protegido como le prometí, nada de esto habría sucedido y estaríamos juntos.
Mi hijo siempre pregunta por su madre y me duele darle la misma respuesta. Axael es el reflejo de Amber, con sus mismos ojos y esa sonrisa que ilumina mi mundo. Rebeca entra al despacho.
—¿Hasta cuándo seguirás desperdiciando el dinero en detectives por una mujer que se largó sin importarle su hijo? —sus ojos se llenan de ira, dejando de lado a la mujer que hacía mis días más llevaderos desde la partida de Amber.
—Lo que haga con mi dinero no es asunto tuyo —me levanto y abro la caja fuerte para guardar los informes que me han entregado de Amber—. Estoy cansado de tus peleas, me tienes harto, Rebeca.
—Eso lo digo yo. Estoy cansada de que mi hermana, aunque esté lejos, siga siendo el motivo de nuestros problemas —se acerca y apoya las manos en el escritorio—. ¿Hasta cuándo será este infierno, Santiago?
—Hasta que decidas firmar el divorcio, esta es la única manera en que podamos vivir en paz.
Su rostro se transforma al escuchar el tema sobre el cual hemos discutido tanto en los últimos años. Nos estamos lastimando, y ella no logra entenderlo. Se aferra a una reconciliación que jamás ocurrirá.
—Si piensas que te dejaré el camino libre, estás muy equivocado —toma una foto de Amber y la lanza contra la pared—. Estoy cansada de que esa mujer arruine lo que tanto me costó.
Rebeca está fuera de sí y no puedo permitir que mi hijo presencié este tipo de comportamiento de la mujer que ha sido como una segunda madre para él a lo largo de estos años.
—No te amo, jamás lo hice. Mi vida es y siempre será Amber.
—No seas hipócrita; no te importo dejarla para casarte conmigo —me recuerda.
Sé que tiene razón. La culpa de que Amber no esté conmigo es mía. Y eso me está lastimando.
Salgo del despacho, dejándola con la palabra en la boca. No quiero seguir discutiendo por lo mismo de siempre. En la sala me encuentro a mi padre, lo que me faltaba para que mi día se arruinara por completo.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó de mal humor.
—¿No puedo visitar a mi hijo?
—No. ¿Qué quieres?
—No me hables en ese tono, soy tu padre y merezco respeto —responde con voz dura.
Salgo de casa con una rabia que me consume por dentro. El portón está abierto y no miro atrás; necesito alejarme de esta locura de matrimonio que me asfixia.
Conocí a Rebeca durante mi viaje a Canadá por negocios. Lo primero que me atrajo de ella fue su humildad y su manera de ayudar a quienes estaban a su alrededor. Dejé de lado el amor que sentía por Amber y me aferré a lo que Rebeca me prometía, sin saber que mi padre estaba detrás de todo. Al casarnos, su amor se volvió tóxico, y la situación empeoró al enterarse de la relación que tenía con su hermana.
Jamás quise lastimar a ninguna de las dos. Todo se me escapó de las manos y no pude hacer nada mientras veía mi mundo desmoronarse ante mis ojos. Creí que, casándome con Rebeca, estaba haciendo lo correcto, pero me equivoqué.
Por eso estamos en esta situación, por mis malas decisiones. Pero es el momento de tomar las riendas; mi hijo no merece vivir esta vida. Con la mente un poco más despejada, regreso a casa. Axael ya debió llegar del colegio.
Entró a la casa y escucho su risa, así que me apresuré a llegar a la sala.
Está jugando con la hija de la sirvienta. Él se percata de mi presencia y se levanta.
—¡Papi! —mi hijo corre hacia mí y se lanza a mis brazos—. Te extrañé mucho.
—Y yo a ti, campeón —digo mientras me siento en el mueble con él en mis piernas—. ¿Cómo te fue en el colegio hoy?
—Bien, papi.
Axael se parece tanto a Amber. Siempre anhelé con todas mis fuerzas que mi hijo hubiera tenido la oportunidad de conocer a la grandiosa mujer que fue su madre. Pasamos la tarde jugando y me hace feliz disfrutar de estos momentos con él. Sus ojitos se cierran a causa del sueño, así que lo cargué y lo llevé a mi habitación. Acomodo las almohadas a su alrededor, ya que se mueve mucho cuando está dormido y me da miedo que se caiga cuando no estoy a su lado. Le doy un beso en la mejilla antes de salir. Al bajar las escaleras, la puerta se abre y entra Rebeca.
Sus ojos están rojos. Se sujeta de lo que se encuentra en el camino para no caer por la borrachera que le embriaga.
—No puedo creer que, otra vez, estés en esta situación, Rebeca —le recrimino—. Te estás destruyendo.
—Oh —se lleva la mano al corazón y finge estar conmovida—. Mi esposo se preocupa por mi estado; esto debería salir en todos los periódicos del país.
—Llevas toda la semana llegando borracha a casa —me acercó un poco más—. No podemos seguir en esta situación, Rebeca.
—¿Qué quieres? —responde con amargura.
—El divorcio.
—No puedes dejarme —me empuja con fuerza.
—No entiendes que no te amo —le grito—. Este matrimonio se ha convertido en un infierno para mí.
Se arrodilla y llora. No puedo creer que se humille de esta manera.
Mi mal humor ha alcanzado hoy su límite. La dejé en medio de su crisis y entré al despacho. Me preparé un whisky; no soy de beber, pero lo necesito para calmarme y evitar cometer una estupidez.
—Será mejor que te vayas olvidando de ese divorcio —la rabia aumenta en mi pecho—. Lo mejor que le ha pasado a esta familia ha sido Rebeca, y no voy a permitir que dañes a nuestra familia por un arrebato tuyo.
—Tu opinión me dejó de importar hace mucho tiempo, padre —le recuerdo, mientras dejo mi copa sobre la mesa—. Ya no soy el mismo idiota que hacía lo que a ti te daba la gana. No, ya no; será mejor que te acostumbres. A partir de hoy, todo va a cambiar, te guste o no.
—Eso es lo que crees, hijo —palmeó mi hombro y se inclinó hacia mí—. Será mejor que no me desafíes, porque el único perjudicado será Axael.
Escucho los gritos de mi hijo y salgo del despacho junto a mi padre. Subo las escaleras y, cuando abro la puerta de mi habitación, mi corazón comienza a latir con fuerza al contemplar la escena que tengo delante. Rebeca está de rodillas, con las muñecas llenas de sangre. Axaell no deja de mirar a Rebeca. Tomo a mi hijo y se lo entregó a mi padre. Busco un trapo y lo colocó en sus muñecas, tratando de detener la sangre que no deja de fluir; está pálida.
—No me dejes, por favor —susurró.