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Mi tormentoso pasado

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los opuestos se atraen
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Descripción

Amber regresa a Venezuela impulsada por un profundo deseo de venganza y la necesidad de recuperar los años que perdió cuando le arrebataron a su hijo. Sin embargo, su retorno no solo desatará el rencor de su propia familia hacia ella, sino que también revelará secretos ocultos. Amber descubrirá que no todos los que la rodean son los villanos de una historia mal contada; algunas personas que consideraba enemigas podrían tener motivos y verdades que cambiarán por completo su visión del dolor y la traición que ha vivido. Su viaje se convertirá en una búsqueda de justicia, pero también en un desafío con las dificultades del amor, la lealtad y el perdón.

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Capítulo 1
Amber Han pasado seis años desde aquel desgarrador día en que me quedé rota y sin mi hijo. El vacío y el dolor que siento no me han permitido vivir. No tener lo que más anhelo, no haber visto crecer a mi hijo, es lo que me destruye. Es lo que me impulsa a regresar y a vengar lo que mi familia me hizo. El odio que siento hacia ellos ha crecido con el paso de los años. Muchas veces me he cuestionado por qué no luché, porque no hice más; dejé que manejaran mi vida a su antojo. Pero de algo estoy segura; les haré pagar cada una de sus humillaciones. Es el momento de regresar a Venezuela y vengarme. Estoy tan sumida en mis pensamientos que no escucho la puerta abrirse. Me giré y miré a Esteban; le dedicó una sonrisa. Me siento profundamente agradecida por haber coincidido en esta vida con el. —No sabes cuándo desearía borrar cada dolor y limpiar tu pasado, dejando solamente lo más valioso para ti —toma mi mano. —Ojalá pudiera, pero muchas veces el dolor me recuerda lo que he perdido y me da la esperanza de que puedo recuperarlo. —Te prometo que tendrás a tu hijo a tu lado. —Gracias por no dejarme sola —respondo mientras lo abrazo. Esteban ha sido mi sombra desde que nos conocimos en aquel bar de mala muerte. Yo estaba ahogando mis penas, como siempre, al recordar a mi hijo, cuando él apareció. Mantenía una conversación un poco acalorada con el mesero debido a las nueve cervezas que me había tomado y que no tenía un peso en mi cartera para pagarlas. El hombre estaba furioso y yo solo quería seguir ahogándome en el alcohol. Al ver la escena, Esteban se acercó y pagó mi deuda, sin saber quién era yo. Me sujeta del brazo y me arrastra fuera del bar antes de que el dueño aparezca y todo en mi vida empeore más de lo que ya está. Le gritó que me dejara en paz y me dejó caer al suelo, chillando como una niña pequeña. Él no hace nada, solo permite que deje salir todo aquello que me ha llevado a esta situación. —Ven conmigo. Alce la vista y, sin más remedio, lo sigo. Él me llevó a su casa, me dejó bañar y esperó el tiempo que necesité. Salí con ropa nueva y me senté en el sofá, frente a él. Le conté sobre mi vida y todo lo que había sucedido; no me juzgó, solo me abrazó y me permitió dejar caer las últimas lágrimas, porque serían las últimas, me prometió. Nuestro regreso a Venezuela ha llegado. El día de mi venganza se aproxima; la hora de tener a mi hijo nuevamente conmigo se vuelve más real, y no puedo estar más agradecida. Los brazos de mi mejor amigo son mi refugio, así que cierro los ojos y me dejo llevar por el sueño. **** Me levanto sobresaltada y miro a mi alrededor, buscando a Esteban, pero no está. Me pongo la bata y salgo de mi habitación. El frío de está madrugada en España es reconfortante. Llegué a la cocina y estaba escribiendo algo en su laptop. —No son horas para estar despierto —cierra la laptop y fija su mirada en mi cuerpo. Odio cuando hace eso. —Sabes que me cuesta conciliar el sueño, así que prefiero —señaló el ordenador—. Trabajar. —¿Estás preocupado por nuestro regreso a Venezuela? Se ríe y niega con la cabeza. Luego se levanta y se acerca a mí. Me toma del mentón y me obliga a mirarlo fijamente. —Mi preocupación eres tú, preciosa —acaricia mi mejilla—. Mataría a cada una de las personas que te hicieron daño. Pero sé que no es lo que deseas y respeto tu decisión. Te lo advierto, no me temblará la mano para defenderte de tu familia. —Soy más fuerte de lo que crees. —No tengo dudas al respecto. Se sienta en el mueble, y tira de mí para colocarme entre sus piernas. Me recuesto en su pecho y él besa mi cuello. Esteban es mi amigo, mi superhéroe y mi mayor aliado en esta venganza. No puedo dejar que mis emociones me dominen; tengo que mantenerme firme, porque lo que se avecina no será fácil. Mi único objetivo es estar con mi hijo. Tenerlo a mi lado ha sido lo que siempre he deseado durante todos estos años. Sé que lograré que me ame y que entienda que su única madre soy yo. Las maletas son subidas por nuestros guardaespaldas a la avioneta que nos espera. La madrugada recibe al sol que ansía salir y deleitarnos con su belleza. Son las cinco de la mañana, y los nervios que siento en este momento me tienen el estómago revuelto y sin ganas de probar bocado. Tengo miedo de devolverlo todo. Esteban habla por teléfono y, al fijarme en el traje que lleva hoy, no puedo evitar reconocer lo guapo que está. Daría todo por enamorarme de él y sacar de mi corazón a Santiago. Esteban regresa a dónde estoy y juntos subimos al avión. Elegimos los asientos del medio y nos acomodamos en nuestros lugares. Recuesto mi cabeza en su hombro, abrumada por el torrente de emociones que me invade en este momento. Al cerrar los ojos, recuerdo lo que viví junto al hombre que creí que sería mi salvador y me ayudaría a enfrentar los problemas con mi familia. No fue así. Solo logró que me odiaran aún más. Santiago y yo nos conocimos a través de amigos en común. Desde el primer momento en que lo miré a los ojos, supe que sería mi perdición, y no me equivoqué. Comenzamos a salir; no era algo serio para ninguno de los dos, pero no podíamos negar la atracción que sentíamos al estar juntos, y eso era más que suficiente. Salíamos a diario y, en varias ocasiones, nos escapamos fuera del país en busca de más privacidad, porque ninguno de los dos queríamos que nuestra familia estuviera al tanto de nuestra relación; preferíamos esperar un tiempo. Un año estuvimos en ese plan. Una mañana, recibí la noticia de que se iría a Canadá por trabajo y para ayudar a su padre con algunos negocios. Aunque no quería que se fuera, no podía decírselo. Solo éramos dos amigos que se gustaban. El primer mes hablábamos todos los días; no importaba la hora, siempre había una llamada de su parte. Pero todo cambió bruscamente cuando cumplió tres meses de estadía en Canadá. Las llamadas se volvieron menos frecuentes; solo me escribía cuando yo lo hacía y eso me molestaba. Hasta que una noche, en medio de una discusión por videollamada, me grita que ya no quiere seguir con este juego porque conoció a alguien más. En ese momento, mi mente hizo clic y supe que ya me había enamorada, como una idiota, de Santiago. No dije nada. No sabía cómo reaccionar ante tal declaración. Colgué el teléfono y, esa noche, sentí lo que era tener el corazón roto. Pasaron los meses y el dolor seguía intacto. Aunque salía con mis amigos para intentar olvidar, todo era en vano, pues todo me recordaba a Santiago. Sin embargo, la esperanza de una nueva oportunidad renació en lo profundo de mi ser. Santiago había regresado a Venezuela; había una chispa de esperanza para nosotros, y me aferraba a ella. Otra noticia que me tenía feliz era el regreso de mi hermana de Canadá. Sus estudios habían finalizado y no puedo estar más agradecida de tenerla nuevamente en casa. Mi padre reunió a la familia para una cena celebrando el regreso de Rebeca y también su compromiso con un empresario importante, lo que llenó a mi padre de alegría, al saber que una de sus hijas había conseguido un “pez gordo”. Me terminó de arreglar y me miro de cuerpo completo en el espejo. He escogido un vestido ajustado con una abertura en la pierna; quiero lucir sexy para Santiago. Estoy segura que mi padre lo ha invitado. Mientras bajó las escaleras, escuchó la música y la alegría de los invitados. Al llegar a la sala, unos socios de mi padre me saludan y me elogian por cómo estoy vestida esta noche. Conversó con varios primos que no había visto en años. A lo lejos, distingo a mi hermana, que está acompañada de un hombre alto, aunque no logro verle el rostro porque está de espaldas. Rebeca clava sus ojos en mí y me sonríe, haciéndome señas para que me acerque. Cuando finalmente me coloco a su lado, el hombre se gira. Es Santiago. —Hermana, te presento a mi prometido —dice mientras lo abraza— Santiago Linares. Él toma mi mano y la besa. ¡Qué hombre tan descarado! —Un gusto, Amber. —Igualmente —dije, retirando mi mano con asco mientras miraba a mi hermana—. Luego hablamos; tengo que seguir saludando a los invitados. La peor excusa, lo sé. Pero no quería estar un segundo más con ese mentiroso. ¿Cómo se atrevió a fijarse en ella? ¡Me enamoré del prometido de mi hermana! Esto no puede estar pasando. Me estoy ahogando en la desesperación que siento en ese momento. Evitó a todos y subo a mi habitación. Abro la puerta y, en el momento que estoy a punto de cerrarla, alguien me toma del brazo. Mi cuerpo reacciona a su caricia, así que sé de quién se trata. —Será mejor que te vayas, si no quieres que grite y todo el mundo se entere de lo repugnante que eres. —Haz lo que quieras —me dice mientras entra conmigo—. Pero necesitamos hablar. —¡No quiero escuchar tus mentiras! —le gritó. —Lo harás —me apunta con el dedo—. Por primera vez, deja de comportarte como una niña. —¿Una niña? —Lo empujó—. Esa niña jamás te hubiera hecho lo que tú me hiciste, desgraciado. —Así me amas… —Am, preciosa —me quejo—. Despierta, tienes que desayunar. Abro los ojos y miro a Esteban, que está comiendo. —Lo siento. Me levanto. Entro al baño, lavo mi cara y me cepillo los dientes. Arreglo mi cabello y me cambio por algo más cómodo para soportar tantas horas en este avión. Cuando regresé a mi asiento, encuentro mi desayuno ya servido en la mesita. Me siento y empiezo a comer. Solo faltaban horas para que cada uno experimente lo que es sentirse humillado y despreciado. Todos pagarán por mi dolor.

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