El viaje de Ethan hacia la casa de sus padres fue un trayecto silencioso, apenas roto por el rugido del motor. La carretera se extendía larga y fría frente a él, y en su cabeza solo resonaban recuerdos difusos de su madre: su risa apagada, sus manos cansadas, el olor a café por las mañanas. Cada kilómetro era un peso más en su pecho. Ya casi llegando al pueblo, la lluvia comenzó a caer con fuerza, golpeando el parabrisas como si quisiera borrarle el camino. Ethan, cansado y con los pensamientos oscuros devorándolo, apenas reaccionó cuando un camión apareció de improviso en el cruce. —¡Mierda! —fue lo último que alcanzó a decir. El impacto fue brutal. El sonido de metal retorciéndose, vidrio estallando y el grito de los frenos quedaron suspendidos en el aire antes de que todo se volviera

