El coche avanzaba despacio por la carretera rural. Ethan miraba por la ventana, viendo pasar campos verdes, casas solitarias y caminos de tierra. Todo le parecía nuevo, como si fuera un turista en un país desconocido. Su padre, al volante, no dejaba de mirarlo de reojo, como temiendo que desapareciera de pronto. —Aquí creciste… —dijo con voz baja, como tanteando el terreno—. Tu madre te esperaba en el porche cada tarde cuando volvías de la escuela. Ethan no respondió. La palabra “madre” le provocó un nudo en el estómago, pero no porque la recordara, sino porque no podía. No había un rostro, ni una voz, ni una sensación que llenara ese vacío. Cuando llegaron, el viejo portón de hierro chirrió al abrirse. La casa era grande, de fachada desgastada, con ventanas antiguas y un porche que par

